Crisis migratoria entre España y Marruecos

Ceuta pasa del miedo a la solidaridad con los migrantes

Dos migrantes almuerzan invitados en una terraza de Ceuta. / José Luis Roca

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En las elecciones generales de noviembre de 2019, el único escaño en disputa en Ceuta se lo llevó Vox con 11.752 votos de los 33.746 que se emitieron, pero eso no significa que todo el vecindario de esta peculiar ciudad de frontera piense exactamente lo mismo que la formación de extrema derecha. Pero una considerable porción de la población, aún azorada y temerosa ante la oleada humana del lunes, no ve a los migrantes morenos que vagan por la ciudad como un ejército invasor, sino como una legión de menesterosos.

Y puede que por eso, al joven abogado Javier Hermoso, que come en la terraza del Café Plaza, le ha dado un arranque y, al ver pasar a dos de los miles de deambulantes sin rumbo de la ciudad, les ha preguntado “¿Habéis comido?”. Y como quiera que no han comido, ha llamado a Fran, el camarero y le ha dicho: “Ponles un bocadillo y de beber, que lo pago yo”.

Y cuando ha salido el camarero con dos cocacolas y dos durums envueltos en papel de plata, y los dos migrantes los han cogido de pie para seguir su camino, les ha dicho: “Pero sentaos en la terraza. ¿No vais a comer? Pues sentaos como los demás, porque vais a comer”. Así que los dos se han sentado en los bordes de sendas sillas, como no ocupando del todo el mueble, y en una mesa de esquina; los dos ahí, tomando algo como los ricos.

Y el abogado Javier ha continuado su comida, que es especial, porque el padre, Gregorio, cumple 73 años. La mesa familiar que forman es muy ceutí: un ingeniero de minas jubilado que se vino de Huelva; un hijo abogado con despacho en la ciudad; Laura, su pareja, que trabaja en el único centro comercial; y Rachida, de 64 años, la señora que cuida al padre y a la que el cierre de la frontera decidido por Marruecos en marzo de 2020 la lleva atrapando en la ciudad un añito y dos meses.

“Esto se hace por principios, porque hay que hacerlo”, explica el letrado. “Yo no puedo ver a la gente pasando hambre. Mira, hambre no, de ninguna manera”, levanta Laura la voz. “Tienen dos piernas y dos manos, y una nariz, como nosotros ¿No los vamos a ayudar?”, pregunta el anciano.

Daban miedo

La crisis migratoria sin precedentes que vive Ceuta, la segunda ocasión en la que el gobierno de Pedro Sánchez ha tenido que sacar el Ejército a la vía pública, es una historia de enfrentamiento diplomático y también de violación de acuerdos internacionales, pero a ciertas horas del día es una historia de generosidad.

La furgoneta de Cáritas Ceuta ha repartido no saben ya sus voluntarios cuántos cargamentos de agua y bocadillos; los sanitarios de la Cruz Roja se meten entre gentíos de pobres sin mascarilla hasta llegar donde uno se anda quejando; los soldados de Caballería del Regimiento Montesa 3, con el fusil a la espalda, bajan de sus vehículos Vantac botellones de agua y se los terminan dando a los caminantes que llegan extenuados al punto de retorno a Marruecos en el Tarajal.

José Manuel, caballa de toda la vida, expresidente de un club ciclista, también ayuda. Ha contraído esclerosis, y sabe que no volverá a hacer deporte. Por eso ha agarrado todas las camisetas que tenía del club y se ha puesto a repartírselas a los recién llegados. "Mas de 200 llevo hoy", relata.

Cuando vino la gran ola de gente del otro lado, lo primero que sintieron muchos caballas, que es como se hacen llamar los ceutíes, fue miedo. Lo cuenta Laura. “Era como una invasión; no sabíamos si venían a por nosotros, a pegarnos, a robarnos o a qué”.

El segundo sentimiento, la pena -en Ceuta compatible el miedo- vino después, cuando comprobaron que había millares de jóvenes buscando un futuro sin más. Y el gesto de solidaridad subsecuente se desarrolló en torno a los móviles: dejar cargar los teléfonos, prestar alguna batería, dejar los datos para escribir a casa, dejar el terminal para llamar a la familia.

El pasado martes, cuando un vigilante jurado con chaleco blindado se colocó por orden de la empresa a la puerta de la tienda de telefonía en la que trabaja Laura, ella se alarmó. “Me daba miedo verlo; no sabía hasta dónde podía llegar todo esto”.

Después, al salir de trabajar, cuando iba a coger un taxi camino del Carrefour, la rodearon muchos niños, “algunos muy pequeños”, a pedirle una moneda. Vio entonces lo famélico de esta legión invasora. “Compré un montón de kit-kats para tener para repartir. Ya los he dado todos”, cuenta.

“Mira, aquí habrá el problema diplomático que haya, y los ceutíes nos sentimos abandonados por el Gobierno –explica Hermoso-, pero esto no es Gaza. Esto sobre todo esto es un tema de humanidad”.

Menores migrantes no acompañados son custodiados por la policía en las naves industriales de Ceuta. / José Luis Roca

Rachida hace de traductora para la pareja que come en la mesa esquinada. “Dice Ahmed que ha cruzado porque quiere ir a la península, que tiene un hermano trabajando en el campo en Almería y que quiere hacer como él”.

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Ahmed, el más joven de los migrantes, come con la cabeza gacha, un poco receloso y un poco avergonzado por suscitar tanta atención. Acomoda su mierada en un móvil negro que tiene sobre la mesa, tan apagado como su mirada. “Dice que, al venir nadando, le ha entrado agua y no le funciona”, explica la marroquí.

Ha salido el camarero con una tarta helada de straciatella y un 73 de cera de colorines. La familia le canta el cumpleañosfeliz al abuelo; le encienden las velas; le dice el hijo: “Pide un deseo, papá”. Y Gregorio, el jubilado, completamente feliz dice: “Yo ya... Mi único deseo sería darle la vuelta al número este”.