La endiablada investidura

Las otras negociaciones agónicas del 'procés'

  • El independentismo ha convertido los acuerdos sobre la bocina en una forma de hacer política

El vicepresidente del Govern, Pere Aragonès, y el ’expresident’ Carles Puigdemont, en Waterloo

El vicepresidente del Govern, Pere Aragonès, y el ’expresident’ Carles Puigdemont, en Waterloo / ACN / TWITTER

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Daniel G. Sastre
Daniel G. Sastre

Periodista

Especialista en política catalana y española

Escribe desde Barcelona

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ERC, JxCat y la CUP encaran los últimos días antes del debate de investidura sin un acuerdo cerrado. El 'procés', fértil en la aportación semántica al debate público -ahí están conceptos como la "jugada maestra" o el "mandato democrática"-, se ha caracterizado también por las negociaciones al límite de la bocina de los partidos independentistas en casi todos los momentos cruciales. Esa querencia por apurar las situaciones hasta el último minuto, que contribuye a dar a la política una apariencia de espectáculo más propia de la ficción, vive un auge innegable desde que Artur Mas se convirtió en presidente de la Generalitat.

El abrazo de Artur Mas y David Fernàndez el 9-N.

/ El Periódico

El 9-N mutante

En un prólogo de lo que sería su relación en los años siguientes, Mas y Oriol Junqueras ya negociaron hasta la extenuación el acuerdo de legislatura tras las elecciones catalanas de 2012, que llamaron "pacto de estabilidad parlamentaria". En esas conversaciones -eran otros tiempos, ahora han cambiado las tornas-, los republicanos se empeñaron en poner fecha a una votación sobre la independencia, que debía celebrarse en 2014. Cuando llegó ese año, Mas ya apuró hasta el límite para pulir el enunciado de la pregunta doble que acabó pergeñando, y propuso el 9 de noviembre para la consulta. Pero las advertencias del Tribunal Constitucional hicieron mella en el entonces 'president', que cambió la denominación de "consulta" por la de "proceso participativo". El enfado de ERC fue mayúsculo, pero acabó implicándose en la votación.

Mas, Romeva, Junqueras y otros integrantes de Junts pel Sí en 2015.

/ El Periódico

La creación de Junts pel Sí

Tras el 9-N, un éxito de imagen para Mas, el entonces 'president' presentó en público su plan de convocar unas elecciones "plebiscitarias" con una lista unitaria independentista. No convenció a la CUP, que concurrió a los comicios del 27-S de 2015 con una candidatura propia, pero sí torció el brazo de Junqueras tras ocho meses de negociaciones. En ese tiempo se rompió CiU. Junts pel Sí no logró la mayoría absoluta.

 Artur Mas, en su discurso de investidura frustrado, en noviembre de 2015.


/ JULIO CARBÓ

El "paso al lado" de Mas

Después de las elecciones de 2015, y durante dos meses, la CUP se convirtió en el centro de todas las miradas en Catalunya. Mas estuvo cortejando durante semanas a los 10 diputados anticapitalistas, pero no hubo manera de convencerlos de que facilitasen su investidura. "Vuelva el jueves", le dijo al candidato a 'president' el cabeza de lista de la CUP, Antonio Baños, en la primera votación. En la segunda, le dio un "no tranquilo". Nada sirvió, ni siquiera la propuesta de una "presidencia coral" en la que también estarían Junqueras, Raül Romeva y Neus Munté. Tras el histórico empate a 1.515 votos en la asamblea de la CUP en Sabadell, los antisistema rechazan definitivamente investir a Mas (después se jactarían de haberlo enviado a "la papelera de la historia"). Cuando todo estaba preparado para repetir las elecciones, el líder de Convergència dio un "paso al lado" y cedió el testigo a Carles Puigdemont, entonces alcalde de Girona.

Una urna del 1-O en la Escola Mediterrània de Barcelona


/ ACN / ELISENDA ROSANAS

Los preparativos del 1-O

Puigdemont demostró enseguida que había heredado el gusto por las negociaciones in extremis de su mentor. La CUP tumbó los Presupuestos de la Generalitat de 2016 y, el 'president' convocó una cuestión de confianza que superó prometiendo que celebraría un referéndum de independencia en 2017, con o sin acuerdo del Gobierno. La votación y su formato estuvieron en el aire hasta el último día por las presiones de la justicia. La ANC, por ejemplo, había propuesto que si no se podía entrar en los colegios se formaran largas colas que sirvieran como imagen internacional de la determinación independentista.

Carles Puigdemont y Carme Forcadell, tras la aprobación de la DUI en el Parlament el 27 de octubre del 2017.


/ JULIO CARBÓ

La DUI del 27 de octubre de 2017

Mientras hasta el 1-O las fuerzas soberanistas actuaron coordinadas en torno a un objetivo, en los días posteriores hasta la declaración de independencia frustrada mandó la improvisación. Primero Puigdemont dejó "en suspenso" la declaración el 10 de octubre; después, se convenció de convocar elecciones para volver luego a cambiar de opinión y llevar finalmente el texto al Parlament. En las jornadas previas, se vivieron momentos muy tensos y las acusaciones entre ERC y la posconvergencia llegaron a niveles nunca vistos. Después, con la argamasa de los encarcelamientos posteriores a la DUI, volvieron a pactar el nuevo Govern.

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El presidente del Parlament, Roger Torrent, durante el anuncio de aplazamiento del pleno de investidura.


/ JOAN CORTADELLAS

La investidura frustrada de Puigdemont

Puigdemont ganó contra pronóstico las elecciones del 21-D de 2017, convocadas por Rajoy en virtud del artículo 155 de la Constitución. El día elegido para su debate de investidura era el 30 de enero de 2018, pero la sesión no llegó a comenzar. El Tribunal Constitucional había advertido de que no se podía investir a distancia a Puigdemont, ya instalado en Bélgica. Y el presidente del Parlament, Roger Torrent, decidió no poner en riesgo penal a la Mesa. Junts per Catalunya todavía no se lo ha perdonado.