ANÁLISIS DEL CLIMA POLÍTICO

¿Qué les pasa a los políticos?

  • La debilidad del actual sistema de partidos es, en opinión de los analistas, la causa del nerviosismo que se ha instalado en la vida política española

  • Los episodios vividos estos días en Murcia y Madrid revelan más tacticismo que estrategia en las organizaciones, que toman decisiones sin medir las consecuencias 

  • El resultado, según los expertos, es una forma de hacer política que recuerda a las series de televisión pero que solo consigue generar descrédito ante la opinión pública

Pedro Sánchez, Pablo Iglesias e Isabel Díaz Ayuso.

Pedro Sánchez, Pablo Iglesias e Isabel Díaz Ayuso.

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Juan Fernández
Juan Fernández

Periodista

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Eva Cantón
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Como si de un culebrón de intriga política se tratase, en las dos últimas semanas hemos asistido a una sucesión de acontecimientos en la vida pública española que reta la imaginación del guionista de series más retorcido: una moción de censura en Murcia acabó desencadenando una cascada de iniciativas similares en Castilla y León y Madrid, el adelanto electoral en esta última comunidad, la salida del Gobierno de Pablo Iglesias y el desmoronamiento orgánico de Ciudadanos, con la mitad de sus cuadros en retirada o fugándose a otras formaciones. Y todo en plena pandemia.

Cuesta encontrar un episodio más agitado en la historia reciente de este país. El vodevil se ha desarrollado ante la mirada perpleja de una población que algunos días se ha sentido incapacitada para digerir tanto giro inesperado de guión. ¿Qué señales emite esta efervescencia política? ¿A qué responde esta forma de actuar de los representantes públicos? Los analistas alertan de debilidades sistémicas en el panorama político español que explican lo ocurrido estos días.

¿QUÉ DELATA ESTE VÉRTIGO?

Hay unanimidad a la hora de interpretar en claves históricas la convulsión política vivida estos días: nada de esto habría pasado en tiempos del bipartidismo. “Pero aquello saltó por los aires en 2015 y lo que llegó después no fue un sistema nuevo, sino un escenario inestable. Los partidos de la nueva política hacen aguas y el panorama se está reajustando”, entiende la politóloga Cristina Monge.

La volatilidad de la vida política española no ha empezado en 2021. Solo hay que recordar las cuatro elecciones generales que hubo entre 2015 y 2019. Pero ahora confluyen nuevos factores que ayudan a elevar la temperatura ambiental. “La pandemia ha acrecentado la polarización y todos están muy nerviosos. La debilidad les lleva a agudizar la astucia”, advierte Paloma Román, profesora de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid.

España tiene hoy más gobiernos mixtos que en toda su historia, pero la coalición parece seguir siendo una asignatura pendiente para la cultura política del país. “Los partidos no están acostumbrados a gobernar con otras formaciones. No saben gestionar las diferencias ni llegar a acuerdos”, señala Jorge Santiago, director del Centro Internacional de Gobierno y Marketing Político (CIGMAP) de la Universidad Camilo José Cela. Y esta debilidad, advierten algunas voces, se deja notar igual en los gobiernos autonómicos que en la Moncloa. “Si la coalición fuera más sólida, a Iglesias le habría costado más dejar la vicepresidencia”, interpreta Ignacio Sánchez Cuenca, profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III.

¿EL TACTICISMO HA SUSTITUIDO A LA ESTRATEGIA?

Ninguno de los movimientos llevados a cabo por los partidos en las dos últimas semanas responde a una demanda ciudadana. En todos los casos, han sido el cálculo electoral y el interés propio los que han motivado los golpes de timón, una forma de actuar que, según los expertos, tiene que ver con el clima combustible que se respira. “Los políticos viven hoy anclados en el cortoplacismo y solo piensan en sí mismos. No hay proyectos de país ni de ciudad, no se habla de educación ni de impuestos, no les preocupan sus formaciones ni los ciudadanos. La personalización de la política es mayor que nunca”, denuncia Jorge Santiago.

Fruto de esta urgencia, más personal que política, el carrusel de decisiones al que hemos asistido recientemente ha recordado más a un juego de regates cortos que a un planteamiento de estrategias a largo plazo. “Toman decisiones rápidas e irreflexivas para salvar situaciones difíciles, pero no calculan las consecuencias”, observa Paloma Román. “El primer movimiento de este episodio sí fue premeditado, pero no supieron ver las réplicas que aquello podía tener. La inestabilidad lleva a los políticos a actuar con exceso de tacticismo”, añade Sánchez Cuenca.

Solo los despachos donde se cocinaron estas decisiones conocen las variables que se pusieron sobre la mesa, pero esta sucesión de maniobras transmite una sensación de atropello y precipitación. “Sí, ha habido demasiado tacticismo, y también malos estrategas que diseñaron estrategias erradas. ¿De verdad en Ciudadanos no valoraron que Ayuso estaba esperando el momento para hacer lo que ha hecho?”, pregunta Cristina Monge.

¿LA POLÍTICA SE HA CONVERTIDO EN UNA SERIE DE NETFLIX?

El pasado martes, la candidata de Más Madrid a la presidencia de la comunidad madrileña, Mónica García, rechazó la invitación de Iglesias de acudir juntos a las elecciones con este argumento: “Madrid no es una serie de Netflix”. Más allá de la ironía –y el pellizco- que portaba la excusa, con aquella frase la líder autonómica ponía el foco sobre una percepción que parece haberse instalado últimamente en la ciudadanía, de forma especial tras las dos últimas semanas: la vida política española se parece cada vez más a un serial de intrigas palaciegas.

“Da la sensación de que el público está ávido de acción y sorpresas, que eso es lo que engancha, como las audiencias que ven un episodio de una serie y después quieren ver otro. Pero al final, esto es tóxico”, señala Marta Fraile, investigadora del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC.

La saturación informativa a la que se ve sometida la población acaba generando, según los expertos, fenómenos de sobreactuación en la política. “La dinámica es muy perversa porque, al final, parece que lo que no es espectáculo no interesa. Esto lleva a los malos estrategas a moverse cuandotodos se están moviendo, que es justo el momento de estar quietos”, explica Cristina Monge, quien añade: “Esta forma de hacer política revela la necesidad del político de hoy de estar presente, dejarse ver, generar titulares. Y, además, de forma cada vez más acelerada por la comunicación tan inmediata que tenemos hoy en día. Vivimos en la sociedad del espectáculo”.

¿QUIÉN GANA Y QUIÉN PIERDE EN ESTA SITUACIÓN?

“De este barullo salen ganando los que defienden aquello de ‘todos son iguales’”, alerta Sánchez Cuenca recordando que el índice de confianza en las formaciones políticas está tocando fondo, al no llegar al 5%. También se acentúa la desafección política, abunda Paloma Román, porque vaivenes de este tipo “desacreditan a los líderes” dado que la gente tiene la sensación de que “solo van a lo suyo”. Si, además, los ciudadanos observan que, en plena pandemia, los políticos se dedican a “jugar al parchís” el espectáculo puede beneficiar a la ultraderecha, opina Monge.

Lo que está claro es que cuando la clase política se entrega a los juegos estratégicos y apela a las emociones, se corren riesgos. “Puede generar olas de irracionalidad y situaciones sociales conflictivas. No se pueden implantar políticas públicas cuando la movilización se hace a costa de una polarización que divide a la sociedad en dos”, reflexiona el catedrático de ciencia política de la Universidad de Murcia, Fernando Jiménez Sánchez. Una tesis que comparte Marta Fraile: “A largo plazo, da miedo que la democracia evolucione por esa línea. En sociedades muy polarizadas, si se logran mayorías absolutas, pueden tomarse decisiones que no priman en interés general sino el de aquellos que te apoyan. Siempre hay perdedores y ganadores claramente identificados como consecuencia de las decisiones políticas, y eso no es bueno”.

Los analistas coinciden en que el “cortoplacismo” no saldrá gratis: “Nos estamos jugando el sistema. Tendrá un coste para todos”, avisa Jorge Santiago.

¿HAY PRECEDENTES DE ALGO SIMILAR? 

Si buscamos en nuestra historia reciente, aparecen varios momentos en los que cabría trazar algún tipo de paralelismo. En los años 30 del pasado siglo también se vivió una espiral de polarización, aunque entonces el contexto era distinto, señala Jiménez Sánchez, porque la democracia liberal tenía en frente un modelo alternativo (el marxismo-leninismo) que hoy no existe. “En la España actual no hay una alternativa clara al régimen democrático, pero la situación es grave porque el depósito de la legitimidad democrática se está reduciendo”, alerta.

Otro episodio similar se produjo al principio de la Transición. Fue el baile de partidos, la llamada ‘sopa de siglas’ por el centenar de formaciones que concurrió a las elecciones de 1977, recuerda Sánchez Cuenca. El sistema se estabilizó en 1982 y permaneció así hasta el fin del bipartidismo en 2015.

En los países de nuestro entorno hay igualmente ejemplos de inestabilidad. El más claro es Italia, donde la vida media de los gobiernos era muy baja hasta la llegada de Berlusconi, añade el sociólogo. ¿Se está “italianizando” la política española? Puede que sí, responde Marta Fraile, que introduce un matiz de calado: “Allí, al menos, hay un presidente de la República que tiene autoridad moral. Aquí no hay ninguna figura así”. Por otro lado, en países con tradición de gobiernos de coalición como los nórdicos pueden verse fluctuaciones, pero “ni tan abruptas ni en contextos tan duros como el de una pandemia”, observa Paloma Román.

¿CÓMO SE SALE DE AQUÍ?

No parece fácil romper la dinámica de una clase política atrapada en una espiral que les aleja de los ciudadanos.El diagnóstico de los analistas destila pesimismo y augura una larga temporada de inestabilidad hasta que se recomponga la relación entre partidos y votantes. Sánchez Cuenca pronostica “coaliciones cambiantes, gobiernos frágiles y elecciones frecuentes cada menos de cuatro años” y Cristina Monge vislumbra en el horizonte “nuevos episodios parecidos” a los seísmos vividos las semanas pasadas.

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¿Qué se ha hecho mal para llegar hasta aquí? Jiménez Sánchez cree que la respuesta hay que buscarla en la Transición, cuando los partidos empezaron a invadir todas las esferas sociales al tener anclajes sociales muy débiles. “El nivel de influencia que tienen los partidos en España es excepcional. No es igual en otros países, donde se ha consolidado una sociedad civil organizada que no depende del dinero público y no tiene que hacer cálculos para ver si esto o lo otro le gustará al gobierno de turno”.

En su opinión sindicatos, empresarios, asociaciones y fundaciones deberían tener sus propios canales de financiación y “ejercer de contrapoder” para que los partidos no hagan de su capa un sayo. “Ahora –incide- no hay ninguna presión para que los líderes se comporten de manera responsable”. Sugiere, además, mirar las reformas que ha hecho nuestro vecino Portugal para lograr un alto nivel de independencia de la Administración Pública e impedir la politización que caracteriza a la española.