Diego Camacho, oficial que investigó el 23-F

“Pude entrar en el Congreso porque parte del CESID participaba en el golpe”

  • El relato del testigo clave de uno de los aspectos menos conocidos y estudiados de la asonada: la implicación de mandos de los servicios secretos

  • Más información sobre la trama oculta del 23-F

Entrevista a Diego Camacho , ex Coronel del CESID.

Entrevista a Diego Camacho , ex Coronel del CESID. / David Castro

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En la tarde del 23 de febrero de 1981, pocos minutos después de oír en la radio los tiros de metralleta que atronaban en el Congreso, el capitán de los boinas verdes Diego Camacho comenzó a entender el porqué de tanta comida que vio acumulada en la cocina del chalé en el que entonces operaba como miembro del CESID.

Los espías operativos del Centro Superior de Información de la Defensa –que es como se llamaba entonces el servicio de inteligencia- se repartían por chalés y pisos de Madrid, donde tenía tres discretas bases la Agrupación Operativa de Misiones Especiales, AOME, el brazo ejecutor del Centro. Y esa jornada Camacho había visto en su base bocadillos y bebidas de cuyo pedido no había sabido nada pese a ser oficial.

“Se había hecho un acopio de comida y bebidas para muchas personas en el chalé, cuando lo normal en una jornada ordinaria es que se quedaran tres agentes de guardia como mucho. Era un volumen de comida y bebida totalmente inusual”, relata el hoy coronel retirado, uno de los pocos espías que denunció en vano la participación de parte del servicio secreto en la organización del golpe.

El papel del CESID

La compra de comida no fue lo único de lo que hasta ese momento no tenía noticia. Camacho sospechó que lo habían “encapsulado”, apartado de algún tipo de información; en concreto, la del golpe de Estado.

A lo largo de aquella tarde, otro compañero suyo, también entonces capitán y del que se guarda el nombre, le comentó otro detalle que a él le había extrañado: “Esa mañana habían estado falseando matrículas y se habían llevado varios coches por orden de Cortina”. Se refiere Camacho a José Luis Cortina Prieto, entonces comandante jefe de la AOME, que sería procesado por su implicación en la organización del golpe, pero absuelto por falta de pruebas.

Y esa tarde un brigada de la AOME, Juan Rando, le cuenta que un compañero le ha confesado presa de un ataque de nervios que varios agentes del CESID habían estado guiando y coordinando los autobuses de guardias con los que Tejero tomó el Congreso. 

“¿Viene usted a hablar con Tejero?"

Diego Camacho y su compañero capitán de la otra base del CESID fueron los únicos ajenos al golpe que lograron entrar en la sede de la cámara baja la noche del 23 al 24 de febrero. Y fue por pura casualidad que Camacho relata minuciosamente a EL PERIÓDICO:

“Sobre la una de la madrugada, estoy en mi despacho sin hacer nada. Y se me ocurre ir al Hotel Palace, no al Congreso, porque oigo por la radio que al general Aramburu Topete y el general Santamaría, directores de la Guardia Civil y de la Policía, no les habían dejado entrar en la cámara y estaban allí. Como no estaba haciendo nada, decidí irme a donde estaba montado el cuartel general de los que estaban fuera, a ver si me enteraba de algo. Y con mi compañero me fui hacia el Palace…”

"Esto está siendo fácil"

Camacho y el otro capitán dejaron el coche aparcado en la puerta del Hotel Ritz, y bajaron caminando hacia la plaza de Neptuno, donde estaba el perímetro policial que aislaba la zona cero de la asonada. “Allí había una barrera guardada por un policía que nos detuvo; me identifiqué como capitán del CESID y nos abrió la barrera –recuerda-. La segunda barrera estaba en una esquina de la Carrera de San Jerónimo. Había dos policías nacionales, pero nos abrieron a diez metros de llegar, porque habían visto que el primero nos abría. Y cuando subíamos hacia el Palace, le digo a mi compañero: “Oye, esto está siendo fácil ¿Y si tiramos para arriba a ver hasta dónde llegamos?””.

En las cercanías del palacio de las Cortes vio a un guardia civil de una unidad especial, la UEI, “y de pronto veo que es mi cuñado, que era cabo –cuenta Camacho-. Se me cuadró y me dijo: 'A tus órdenes, mi capitán, ¿dónde vas?' Y yo le dije: 'Arriba, al Congreso'. Y él: '¿Vas a hablar con el teniente coronel Tejero?' Y yo: 'Claro'. Y me acompañó. Al llegar a la puerta había varios guardias civiles, pero entré. Luego ya comprendería por qué me fue tan fácil pasar identificándome como capitán del Cesid: porque parte del servicio estaba participando en la coordinación del golpe”.

Frustración

Cuarenta años después de aquella noche, cuenta Camacho que lo que vio dentro era un grupo confuso de soldados y guardias civiles presas de “un clima de frustración, un sentimiento de traición y decepción, y de resistencia numantina. Era gente que pensaba que había ido allí a una cosa y se veían utilizados para otra. Un sentimiento que se extendía hasta Tejero, que fue hasta allí a una cosa y de repente se encuentra con que le muestran una lista de gente que él no pensaba, y se choca con que, en vez de salir, como pensaba, como hombres que habían actuado en servicio de España tendrían que salir escondidos hasta Torrejón, coger un avión e irse a Portugal”.

Dentro del palacio, pero no en el hemiciclo, le recibió el comandante de Infantería Ricardo Pardo Zancada, que había entrado de noche con una compañía de la Policía Militar. Pardo le preguntó: “¿Viene usted a hablar con Tejero?”. “Yo le contesté que íbamos como oficiales de información –rememora Camacho-, que no tenía ningún mensaje para Tejero, y le pedí que nos dejara estar por allí con los oficiales que había. Fueron ellos los que nos transmitieron ese cúmulo de sensaciones que tenían, y cómo Tejero había desautorizado a Armada delante de ellos”.

Diputados secuestrados

Después de estar un rato los dos visitantes pidieron permiso para ver a los políticos, pero Pardo Zancada se lo consultó a Tejero, y Tejero dijo que sí… si pensaban quedarse allí hasta el final. No fue posible ver a los 360 diputados que en ese momento estaban secuestrados.

A la salida, Camacho y su compañero se fueron al número 5 de la Castellana de Madrid, donde el CESID había establecido un puesto de mando. Al frente, el secretario general del servicio, el entonces teniente coronel Javier Calderón.

“Cuando llegué, vi en un pasillo a Perote [Juan Alberto, que luego se haría muy conocido], capitán que estaba de guardia. Dentro estaban Cortina y Calderón. Desde el pasillo les dije: ‘¡El jefe del golpe es el general Armada!’, y Calderón me contestó: ‘¡Qué disparate! ¡Eso no puede ser!’”.

Al día siguiente, Camacho se citó con Calderón en la cafetería de las Torres de Colón, en la madrileña calle de Génova, y allí, sin Cortina delante, de quien ya desconfiaba, le cuenta todo lo que sabe de la implicación de la AOME en el golpe. “Calderón me dijo: ‘Bueno, tú te vas a apartar de la investigación. La voy a llevar yo personalmente. De esto no hables con nadie’”, explica Camacho.

El entonces capitán se fue a su casa, a dormir por fin. Pero sonó el teléfono. Era el brigada Rando: “Mi capitán, ¿tú le has contado a alguien lo que yo te he contado a ti? Es que me acaba de llamar Cortina y me ha citado en el parque Berlín a la una y media de la mañana”. Camacho le dijo que ni se le ocurriera acudir.

Alianza sagrada

La clasificación como secreto de lo investigado sobre el 23F impide de momento saber si hubo decretos previamente redactados –quizá luego destruidos o borrados del archivo del CESID- por los que peligrara la vida o la libertad de dirigentes de izquierda. “No lo creo -aventura Diego Camacho-, porque sobre el golpe pesaba una orden terminante de que no hubiera ni un muerto. Y precisamente gracias a que no hubo víctimas se pudo cerrar el golpe en falso, sin reclamar todas las responsabilidades”.

Absuelto salió el comandante Cortina. Su estilo era muy comentado en el centro de inteligencia. Intentaba imbuir a sus hombres de la AOME de una mística guerrera particular, un compendio de compromisos de lealtad férrea aliñado con frases como “somos una orden de caballeros con una alianza sagrada” o “los políticos pasan, nosotros permanecemos”.

“Cortina trataba de revestirnos de monjes soldado, dotar a todo aquello de un espíritu cruzado. Era una especie de doctrina falangista edulcorada para las Fuerzas Armadas. Ese tipo de frases nos hacían reír por bobas y cursis. Era un intento de dar a los agentes procedentes de la Guardia Civil una mística que yo creo que no funcionaba, porque allí había gente de todas las ideas, y nadie creía que hubiera allí una misión de unidad de destino en lo universal. Solo lo creía Cortina, creo yo”.

La mística, recuerda Camacho, procedía de la enseñanza recibida por Cortina en la academia Forja de preparación de cadetes en los años 60, fundada por el comandante Luis Pinilla, que luego fue general director de la Academia General Militar y el sacerdote José María Llanos.

Pajarillos muertos

Quince años después de declarar contra Cortina, Calderón y otros dirigentes del CESID, el coronel Diego Camacho, el brigada Rando y otros testigos de la implicación de agentes del Centro en el 23F fueron expulsados en 1996, en una purga de 28 espías de todo tipo organizada por Javier Calderón, ya teniente general, cuando accedió a la dirección del centro con el primer gobierno Aznar. “Los autores intelectuales del golpe no es solo que salieran indemnes, es que quedaron como salvadores de la democracia” dice Camacho en este 40 aniversario.

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En marzo de 1981, pasada la asonada, cuando comenzó el momento de investigar judicialmente lo ocurrido, en la AOME se extendió un intento de omertá. Testigos como Diego Camacho fueron sometidos “a una combinación sabia de palo y zanahoria –cuenta-. Si callas y haces lo que te digo te asciendo o premio en especie, y si no haces lo que te digo, te castigo. Empezó a haber compañeros que no me dirigían la palabra, al tiempo que había jefes que decían que se estaba pensando en mí para cargos de responsabilidad en el servicio… O bien te dejaban pájaros muertos”.

Esa era una señal inequívoca. Sobre el techo del coche de Diego Camacho, guardado en un aparcamiento, en diferentes días aparecieron dos gorriones muertos. “Me daban pena los pajarillos”, recuerda.