Voto ultra

Los 102 votos de Vilamalla que dan el triunfo a Vox

  • El pequeño pueblo del Alt Empordà da la sopresa al convertir a Vox en la fuerza más votada

  • Algunos de sus habitantes se lo veían venir: " Es el voto de la gente 'emprenyada'", dicen

Entrada al pueblo de Vilamalla

Entrada al pueblo de Vilamalla / David Aparicio

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Nunca 102 votos levantaron tanta polvareda. 102 votos en Vilamalla. A Vox, claro. Este pueblo del Alt Empordà es el único de Girona que ha elevado a la extrema derecha hasta el podio. 102 votos entre un censo de 878 votantes de los que solo la mitad depositó el votó en las dos mesas disponibles. 102 votos que han convertido a esta población tranquila y peculiar, un lunes frío y desapacible, en un improvisado plató de televisión y en el objetivo de unos cuantos medios que van a la búsqueda del fascismo en “el feudo independentista de Girona”, como dice la enviada especial de una cadena que repite mil veces, ante la nada, ante la más absoluta ausencia de público, el falso directo con el que empezará su reportaje.

¿Cómo saber por qué Vox gana en Vilamalla? Esta población, que viene avalada por documentos de la Alta Edad Media (en el siglo X, la entonces Villa Dalmalia consta como propiedad del monasterio de Sant Pere de Rodes), ¿tiene entre sus 1161 habitantes a 102 “racistas, xenófobos y homófobos que campan libremente”, como leo en un tuit? Diría que no. De entrada, dos datos electorales. En las últimas municipales, JuntsxCat sacó nada más y nada menos que un 87% del voto y, por supuesto, los nueve concejales en liza. Con un matiz: solo se presentaban ellos. Cuatro años antes también había ganado CiU (entonces aún se llamaba así, ¿se acuerdan?). Con eso quiero decir que Vilamalla es de raíz convergente, de las de toda la vida, pero con el acento singular que le dio en su día, en los años 70, la construcción del complejo fitosanitario (el control del paso de alimentos por la frontera) y los entresijos que se derivan de una filiación más “proestatalista” (la presencia del Estado en forma de aduana) que la histórica tendencia federalista del Empordà. 

Núcleo antiguo y zona industrial

¿Qué tiene eso que ver con los 102 votos a Vox? Nada, seguramente, pero acaso tiene que ver con el dinero que ha corrido siempre por ahí (y con todo lo que conlleva el dinero) y por una extraña sensación que te invade cuando llegas al pueblo, que, en realidad, al menos son dos. El núcleo antiguo, con la bellísima iglesia de Sant Vicenç, un humilde románico del siglo XI; y la zona residencial cercana al polígono Pont del Príncep, una de las zonas industriales que convierten a Vilamalla en el centro logístico de la comarca y de más allá.

Un vecino del pueblo paseando al lado del ayuntamiento de Vilamalla.

/ David Aparicio

Algunos achacan el auge de Vox (que ya consiguió 84 votos en las generales de noviembre del 2019) o el triunfo de Ciudadanos en las catalanas del 2017 (291 votos, con un 40%) a una doble alma de Vilamalla. La de siempre y la de los polígonos. Me lo cuenta un anciano que camina lentamente cerca del ayuntamiento. Es muy arriesgado decir eso, sin pruebas. También hay otras valoraciones, como la que me suelta Dani, el propietario del estanco que es también verdulería. Me dice que se ha dramatizado y que “no somos un pueblo de Vox”, pero que existe el voto de castigo, el de la “gent emprenyada” con todo. “Aquí se oía hablar estos días, y más de uno aseguraba que iba a hacerlo”.

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En el restaurante de la plaza, Bar Carmen, con rótulos en castellano de callos y calamares a la andaluza (y con “conejo rustido”), me cuentan que también estaba en las conversaciones de los habituales. Que algo se podía prever, pero que no ha dejado de ser una sorpresa. Me encuentro en el bar, que tiene una decoración muy rara, con una cabeza de jabalí disecada, con sus cuatro patas, también disecadas, y con un par de perdices y algo parecido a una mustela, también hieráticas, con el colega Albert Soler, del Diari de Girona. Me propone que llamemos al alcalde, Carlos Álvarez, para tomar el café, pero el edil no puede. Por teléfono nos indica que “aquí no hay problemas”, dice, “por no tener, no tenemos ni inmigración, solo una familia”. No hay explicaciones para los 102 votos y se queja que “por una vez que salimos en los medios, que sea por esto”.  Y añade después el del estanco: “Es una cosa puntual, sin más”.

Doy una vuelta por los polígonos, que son como todos, y por la zona residencial, que me parece anodina y nada no ostentosa, y choco contra una horripilante escultura de hierro en una rotonda. Como en casi todo el mundo. Me voy del pueblo por la otra entrada, la más rural, y contemplo alguno de los olivos que aún resisten tras la helada del 1956, y un par de almendros en flor. Leo a la poeta Montserrat Vayreda. En su libro “Els pobles de l’Alt Empordà”, una edición de bibliófilo recuperada por Edicions Vitel·la. Dice: “La llum que t’embolcalla, Vilamalla, et dona serenor”. Serenidad en la luz que te acoge. Lo escribió hace cuarenta años pero, al final, esta tarde que ha alejado el sopor gris del día después parece confirmarlo. Me voy con esta idea. Que son 102 votos. Sin más dramatismos. 

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