Voluntad bajo la lluvia en Barcelona

Colas con paraguas en el exterior de las mesas electorales de la Escola Industrial.

Colas con paraguas en el exterior de las mesas electorales de la Escola Industrial. / MANU MITRU

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Margarita, Margarita La Chula como ella misma se identifica, exige indignada la apertura del colegio electoral. Su marido golpea la puerta metálica con el bastón. Es la hora de los más vulnerables, pero en el instituto XXV Olimpiada, a escasos minutos de la Font Màgica de Montjuic, sobra energía para protestar. Ya pasan veinte minutos de las nueve de la mañana y el centro sigue cerrado. La lluvia arrecia, el frío se cala en los huesos y la cola suma ya varias decenas de personas.  

“Nos dicen que vengamos a primera hora y aquí nos tienen”. “El covid no será, pero el resfriado que vamos a coger…”. “La de pensiones que se van a ahorrar”. “Esto no me lo esperaba”, musita un hombre protegido de la lluvia bajo el paraguas que sostiene su nieto. La mirada trasluce más desencanto que irritación. Al otro lado de la verja de hierro se abre un patio escolar y, al fondo, un porche generoso, el paraíso desde la acera encharcada. La impaciencia va bajando de intensidad sonora, para irse tornando indignación sorda. 

El problema es la constitución de una de las mesas. Falta la llamada de confirmación para cerrar una sustitución. A las ocho de la mañana la jornada había empezado tranquila en el interior del recinto. Tranquila. Resignada. Estoica. Presidentes, vocales y suplentes habían acudido mayoritariamente a la cita. Algunos con sus alegaciones sin responder y que esperaban ver resueltas in situ: el hombre recién trasplantado, la mujer con una discapacidad auditiva que las mascarillas han convertido en insuperable…  

Sin mamparas

Sí, había resignación, aunque pronto afloraron algunas quejas al escrutar el lugar de votación. Las urnas no tenían mamparas que las protegieran. La persona que ejercía la presidencia de la mesa quedaba, pues, expuesta directamente a los votantes. Tampoco era factible mantener el espacio recomendado entre los tres miembros de la mesa. En un gimnasio, con el ruido ambiental, imposible hacerse oír a metros de distancia. 

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9.40 horas. La impaciencia anda desatada ya en la calle. En la cola, sillas de ruedas, bastones, cabellos canos e incredulidad. “¡Que la gente se moja!”, grita un hombre entre los barrotes de la verja. En la cola se contabilizan algunas deserciones. Margarita ya no está. Al fin, un agente de la Guardia Urbana toma la iniciativa. “Bajo mi responsabilidad”, afirma. Las verjas se abren y la cola se traslada al interior del recinto. Aún no se permite la entrada al lugar de votación, imposible hasta que todas las mesas estén constituidas, pero, al menos, algunos pueden ponerse a cobijo de la lluvia bajo el porche y la copa del árbol.  

“Esta generación lo aguanta todo”, reflexiona el agente sin ocultar su admiración. “Todo lo que tenemos es gracias a ellos y ellas. Y míralos”. Pues sí, ahí siguen. Bajo la lluvia, manteniendo la distancia. Faltan dos minutos para las diez cuando se abren todas las puertas. Entran, votan y se van. Todo en orden. Igual que en la inmensa mayoría de los colegios electorales de Barcelona. Las colas van y vienen. Como la lluvia. Queda la duda de que si Margarita regresó a votar.