01 dic 2020

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Perfil

Francisco Martínez, leal pero no mártir

El ex secretario de Estado de Seguridad ha vivido aislado y muy afectado la espera a comparecer ante el juez del caso Kitchen

Se cubrió las espaldas llevando a un notario los mensajes SMS que han motivado la llamada a declarar de Jorge Fernández Díaz

Juan José Fernández

Francisco Martínez en enero de 2013, cuando fue nombrado secretario de Estado de Seguridad.

Francisco Martínez en enero de 2013, cuando fue nombrado secretario de Estado de Seguridad.

"Eso no es de Paco", dicen algunos veteranos del Ministerio del Interior. Y cuando dicen "Paco", se refieren al ex secretario de Estado de Seguridad Francisco Martínez Vázquez; y cuando dicen "eso" aluden a la trama de uso de recursos públicos, funcionarios policiales y un mercenario disfrazado de cura para un espionaje que asegurara la omertá en el seno del PP.

O sea, que no creen que la operación Kitchen para arrebatar papeles a Luis Bárcenas fuera una orden que manara de su despacho, sino un mandato superior que "Paco" se tragó por pura y acrítica lealtad.

Y ahora es cuando viene a colación en ese ambiente del ministerio no tanto cómo llegó Martínez a la secretaría de Estado como por qué su antecesor, Ignacio Ulloa, dejó el cargo abriendo una brecha que se lanzó a tapar este letrado de las Cortes, alumno y docente de Derecho Administrativo en campus derechistas, que por entonces no se planteaba ser más en Interior que jefe de Gabinete del ministro Jorge Fernández Díaz.

Cabra y garaje

Martínez sucedió el 11 de enero de 2013 a Ulloa, hoy jefe de gabinete de la presidencia del Tribunal Constitucional y entonces un magistrado que se había rodado siete años en juzgados de instrucción de Figueres, Blanes y Sant Feliu de Guíxols antes de recalar en la Secretaría de Estado.

Ulloa había empezado a sentirse descolocado en la Secretaría de Estado casi desde el principio, en diciembre de 2011. "Era una cabra en un garaje", relata un viejo mando policial, no porque anduviera despistado, sino porque cada esquina le era hostil.

En su momento, se explicó oficialmente su salida por la necesidad de conciliar su vida laboral con la familiar; extraoficialmente, por sus continuos roces con arrecifes de la Policía cuando enjuiciaba con pulcritud de jurista la tolerancia con sucios procederes de comisarios, caso Interligare incluido. Si además no quiso aceptar algún encargo político especial del ministro entra, de momento, en el terreno de la conjetura.

Amenaza creciente

La Audiencia Nacional había devuelto a Bárcenas la condición de imputado el 15 de marzo de 2012, rectificando un archivo anterior de la causa de los dineros nefandos del PP. Corrió por Madrid un menudeo de filtraciones que sembraba el extesorero, azuzando el nerviosismo en el partido.

En la ciudad, amigos de Esperanza Aguirre salían al contraataque en mesas de restaurante contando historias sobre la inusitada riqueza acumulada por el extesorero del PP. "¿Sabes qué cuadros y que lujos tiene Bárcenas en su salón? Es obsceno, ofende", contaba un empresario habitual de las contratas aguirristas al poco de haber asistido a una copa navideña en casa de Bárcenas.

Cuando Ulloa se fue, aún quedaban dos semanas hasta que trascendieron los papeles del tesorero. Era el 11 de enero de 2013. Y ahí estaba Paco Martínez, el jefe de gabinete, para cubrir el hueco. "Se necesitaba un hombre de su carácter", decían en el Ministerio.

Siete años después, en marzo pasado, imputado ya en la Kitchen y próximo a comparecer ante el instructor, el hombre de carácter colocaba en el móvil del padre Silverio Nieto, el cura confesor de Fernández Díaz, la advertencia de que lo que podría contar en sede judicial provocaría llamadas a declarar al exministro y a Rajoy. Faltaba una semana para que el confinamiento por la pandemia congelara ese aviso.

Amarga soledad

Todo lo que se ha contado sobre la amarga soledad, el doloroso abandono de su partido que fue llevando a Martínez a desechar el camino del martirologio es más que cierto, aseguran quienes le tratan. "Lo está pasando mal, muy afectado, preocupado por el impacto del caso en su honor y en su familia", relata uno de quienes en la órbita de Interior tuvieron cercanía. Le vio triste, sin afeitar, inusualmente dejado en su habitual atildamiento.

Entre 2016 y 2019, como satélite de Fernández Díaz, cuando avanzaba la instrucción de Kitchen y se acuñaba el concepto "viejo PP", Francisco Martínez se hizo radiactivo, figura de la que apartarse en el partido, diputado terminal en el grupo parlamentario. Para las elecciones de abril de 2019 ya no había hueco para él en la lista electoral, y sí en el sumario judicial.

En el Ministerio, sus maneras suaves, hasta curiles, de hombre del Derecho nunca encajaron entre los caimanes de la Policía, por más que tuvieron ocasión de acostumbrarse a él, pues era de esos secretarios de Estado omnipresentes, que llaman con frecuencia a jefes superiores, comisarios, mandos de unidad, conectando el mundo operativo con las alturas del ministro.

En la Guardia Civil cayó mejor, sobre todo desde que secundó una férrea tradición de defensa corporativa cuando, la noche del 6 de febrero de 2014, 16 agentes repelieron el intento de entrada por mar en Ceuta de un grupo de inmigantes y 15 de ellos se ahogaron.

"Eso no es de Paco", insisten hoy sus amigos, pero el caso es que su presencia es abundante en el sumario de Kitchen. En las conversaciones de Villarejo con otros miembros de la trama citan a "Paco", también "Choco", como canal para informar al "asturiano", el mote con el que supuestamente aludían a Rajoy, de los avances del operativo Kitchen.

En una de esas conversaciones grabadas, Villarejo le convence de "hacer poli" a Sergio, el chófer de Bárcenas: "Paco, es la única forma de a este tío tenerlo trincado, por si un día se vuelve loco; si es madero, ya no nos va a derrotar".

Falibles

En octubre pasado, después de que el ex director adjunto operativo de la Policía, Eugenio Pino, y el ex jefe de la Unidad Central de Apoyo Operativo de ese cuerpo, Enrique García Castaño, señalaran ante el juez a Martínez como firmador de partidas de fondos reservados para la operación Kitchen, y como interlocutor de Villarejo, el exministro Fernández Díaz estaba presenando su libro "Cada día tiene su afán".

En quel acto, en corrillo con la prensa salió en defensa del que fue su número dos. O puede que no. Según la versión de Europa Press, primero dijo: "Tengo la convicción de que lo que hizo fue siempre dentro de la ley". Y después añadió un circunloquio: "Otra cosa es equivocarse, que somos falibles y eso forma parte de la condición humana. Una cosa es quivocarse y otra cosa es otra cosa. Y, de esas otras cosas, yo de Martínez no tengo ninguna duda".

Resulta que su fiel edecán tenía mensajes telefónicos guardados, seis ante notario, y algunas otras cosas para acreditar que falibles, en aquel ministerio, podían serlo todos, hasta el ministro.