24 nov 2020

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LA CALIDAD DE LA DEMOCRACIA

"España no va bien, su democracia sí"

El sistema de libertades goza de buena salud pero el Estado es incapaz de responder a los problemas de los ciudadanos, según la Fundación Alternativas

Marta Fraile, investigadora social en el CSIC: "La gente está desesperanzada porque nadie le dice claramente cuál es la hoja de ruta"

Eva Cantón

Manifestación en los alrededores del Congreso de los Diputados.

Manifestación en los alrededores del Congreso de los Diputados. / JOSÉ LUIS ROCA

A principios de año, la Universidad de Cambridge lanzaba una alerta: el malestar con la política crece en todo el mundo y la insatisfacción ciudadana con sus gobernantes bate el récord de los últimos 25 años. En España, el 2019 fue el año del bloqueo, de idas y venidas a las urnas, de escaramuzas para formar Gobierno, crispación, controversias judiciales y tensión territorial.

Lo que llevamos del 2020 tampoco es glorioso. España se defiende particularmente mal de la pandemia de covid–19 en un contexto de trifulca política permanente. Sin embargo, por paradójico que suene, la democracia española goza de buena salud, según la radiografía que hace la Fundación Alternativas en su Informe sobre la Democracia en España 2019.

"Si se observan las cosas con cierta sobriedad, la democracia no debe de tener tanta culpa de lo que nos pasa. España tal vez no, pero la democracia sigue yendo bien", dice el análisis ¿Dónde está entonces el problema?. El laboratorio de ideas vinculado al PSOE cree que en la falta de eficacia de la acción gubernamental y el mal funcionamiento de los servicios públicos.

Disponemos de lo que una democracia necesita para proteger la libertad, pero el sistema político es ineficaz para resolver no ya conflictos, sino problemas urgentes, como la respuesta a una pandemia. Es decir, la democracia funciona, pero el Estado no. "No se desarrolla la inteligencia colectiva y no acertamos con las soluciones ni aprovechamos los recursos que tenemos. Es un estado un poco tonto", explica a EL PERIÓDICO Alberto Penadés, director del informe.

¿Y cuál es la solución? Para empezar, Penadés coincide con otros expertos en la urgencia de reformar la Administración. "No se pueden hacer las políticas anunciadas por el presidente Sánchez cuando el país ni siquiera es capaz de recoger datos de lo que ha hecho y evaluar si se ha hecho bien", advierte, recordando que España está a la cola de los países de la OCDE en cuanto a modernización administrativa. "Hay que profesionalizar la Administración, independizarla de la política y hacer un Estado más fuerte", concluye.

La soledad del ciudadano

La doctora en Ciencias Sociales e investigadora del CSIC Marta Fraile comparte el análisis de que la democracia española no está en peligro, pero alerta de que los ciudadanos se sienten cada vez más solos. "La pandemia ha puesto a prueba el aparato burocrático del Estado de manera extrema y ha demostrado que no funciona –ni el central ni el autonómico– y es fácil obstaculizar una decisión con excusas políticas. Al final, el ciudadano tiene la sensación de que todo depende de su propio comportamiento", lamenta.

Fraile apunta otro déficit de nuestra clase política: la falta de liderazgo. "La gente se siente desesperanzada porque nadie le dice de manera clara cuál es la hoja de ruta. Necesitaríamos una Angela Merkel [canciller de Alemania], una Jacinda Ardern [primera ministra de Nueva Zelanda] o un Justin Trudeau [primer ministro canadiense] que tuviera la valentía de apostar por algo para luego pedir la colaboración ciudadana", añade, abundando en la idea de que hay recursos que las instituciones no usan porque les faltan los canales para implementarlos de forma rápida y eficaz.

Deriva soberanista

La Fundación Alternativas menciona también el aumento de la polarización ideológica y la erosión del consenso territorial como dificultades añadidas para lograr consensos. "La deriva soberanista en Catalunya, la radicalización de los partidos nacionalistas que antaño habían servido a la formación de mayorías legislativas estables y el fin del bipartidismo tras la aparición de nuevas formaciones parlamentarias de carácter estatal que intentan capitalizar el descontento con la gestión política, económica y territorial de los partidos tradicionales dificultan mucho el acuerdo entre los mismos", argumenta. Por otro lado, alerta de la anomalía de carecer de Presupuestos teniendo en cuenta el carácter excepcional de las medidas para afrontar la crisis de covid–19.

Al final, todo contribuye a minar la confianza en las instituciones. "La gente termina metiendo a todo el mundo en el mismo saco y el Parlamento, en los políticos y los partidos están muy mal valorados", señala la investigadora del CSIC. Según la última oleada de la Encuesta Social Europea, España es junto con Francia, Italia y los países del Este uno de los que menos cree en las instituciones.

¿Y cuál es la visión desde fuera? De acuerdo con el último informe del Instituto Elcano sobre la reputación de España en el mundo, se percibe una debilidad en la calidad institucional. Las valoraciones más bajas las obtiene en ética y transparencia, tecnología e innovación, entorno político-institucional y uso eficiente de los recursos. Lo más valorado sigue siendo su calidad de vida.