26 nov 2020

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Santiago Abascal, durante la moción de censura.

DAVID CASTRO

CONTRACRÓNICA

Una intoxicación ultra

Vox convierte su gran cita en una moción de censura contra el mundo: el Gobierno, la UE, China, la inmigración, el ecologismo, la igualdad, la ciencia y la vestimenta informal

Juan Ruiz Sierra

La oposición está siempre constreñida por el reloj. El Gobierno interviene sin límite de tiempo cuando comparece en el Congreso, pero la oposición debe ceñirse a márgenes estrictos. La batalla suele ser desigual. Pero no en las mociones de censura. Aquí el grupo que la propone puede hablar cuanto quiera, y por partida doble, a través de quien la presenta y quien se postula para sustituir al presidente. Nunca Vox había tenido un escaparate de este tipo, nunca antes se habían escuchado sus furiosas diatribas de extrema derecha tan a fondo en el Parlamento, durante más de tres horas y media en sus discursos iniciales, primero Ignacio Garriga y después Santiago Abascal, con los diputados presentes (solo la mitad, debido a la pandemia) escuchando en silencio, sin ningún abucheo, cómo la formación ultra arremetía contra todo.

Porque esto no es solo una censura al Ejecutivo del PSOE y Unidas Podemos. Es una moción contra el mundo: del Gobierno en sí mismo al ecologismo, pasando por la UE, China, la inmigración, la igualdad, la ciencia e incluso la vestimenta informal. El efecto del discurso fue contradictorio. En parte, escandalizó; en parte, y de forma simultánea, provocó sopor. Dentro y fuera del hemiciclo. Manuel Castells, ministro de Universidades, se durmió varios minutos. José Luis Escrivá, titular de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, le miró en un primer momento con sorpresa, quizá pensando en si debía dar un leve codazo a su colega para que abriera los ojos. Pero el sueño, como el coronavirus, es contagioso. Así que Escrivá también aprovechó justo después para echarse una cabezadita.   

"¡Viva el Rey!"

South Park, la vitriólica serie de dibujos animados, explica en un capítulo que cada vez que Morgan Freeman da un sabio consejo en una película, algo que ocurre muy a menudo, al actor le aparece una nueva peca en la cara. Algo parecido ocurre con Vox y la Monarquía. Cada vez que los ultras gritan "¡viva el Rey!", crece el republicanismo en España. Pero tanto Garriga como Abascal lo gritaron a menudo, cosechando solo los aplausos, por momentos desganados, casi de trámite, de sus diputados, los únicos que votarán mañana a favor de la moción, que se convertirá en la menos apoyada de las cinco que ha habido durante el periodo democrático. La única ocasión en la que el grupo ultra, formado por 52 escaños, aplaudió de forma vibrante fue cuando su líder, ya por la tarde, contestó a EH Bildu citando los nombres de los más de 800 muertos a manos de ETA, en una burda utilización de las víctimas de la banda terrorista.   

El largo discurso ultra provoca efectos contradictorios: causa escándalo y sopor. Castells se duerme unos minutos

Y en el resto del hemiciclo, silencio absoluto, sopor y alguna mirada escandalizada. Pero no muchas. Al fin y al cabo, nada de lo que dijeron Garriga y Abascal era nuevo. En una coyuntura política como la española, de ritmos tan frenéticos, la presencia de la extrema derecha, tras décadas desaparecida en el Congreso, ya se ha convertido en algo casi normal. Lo único novedoso fueron los tiempos, en una especie de versión ampliada de los grandes éxitos ultras.

"China debe pagar"

El Gobierno es "una mafia" que provoca "ruina y muerte". Pedro Sánchez, un "traidor" que "gobierna con golpistas y testaferros de asesinos". Pablo Iglesias, un vicepresidente que "ha hecho de España una serie televisiva en la que cada capítulo es peor". La memoria histórica, una iniciativa con muchos puntos en común con "los talibanes", porque así como los ultrarigoristas islámicos de Afganistán dinamitaron los Budas de Bamiyan, el Ejecutivo, tras exhumar el cadáver de Francisco Franco, quiere "volar" la enorme cruz del Valle de los Caídos. La manifestación por la igualdad del pasado 8 de marzo, días antes de que se declarara el estado de alarma, una convocatoria de "engaño, negligencia y crimen". El coronavirus, un mal del que China es responsable y por eso "debe pagar". La UE, un "megaestado federal que se parece demasiado a la Unión Soviética o a la Europa diseñada por [Adolf] Hitler". El confinamiento, una medida "propia del siglo XVI". La lucha contra el cambio climático, puro "chamanismo". Y las críticas al patriarcado, un intento de "caricaturizar las bellezas de las costumbres familiares".  

Si hubo propuestas concretas para gobernar, en principio necesarias, ya que Abascal se presenta para sustituir a Sánchez en la Moncloa, pasaron desapercibidas. En política fiscal, por ejemplo, el líder de Vox se limitó a señalar que "hay que bajar todos los impuestos y eliminar muchos de ellos", pero sin aclarar cuánto ni cuáles. ¿Qué más daba? Aquí se trataba de cargar contra todo y contra todos, salvo el Rey y Donald Trump, de aparecer como los verdaderos líderes de la oposición y continuar atrayendo a antiguos votantes del PP, probablemente el más perjudicado por esta moción.

Corbatas obligatorias

Todo sería cómico, incluso desternillante, si no fuera porque la ultraderecha continúa estando muy fuerte, esparciendo su división y  reivindicando la dictadura franquista, algo que Abascal volvió a hacer, al sostener que el actual "es el peor Gobierno en 80 años de historia de España". También, sobre todo, Vox propaga el miedo. En algunos puntos de España, "las calles son escenarios de robos, violaciones y agresiones de todo tipo". Y los menores extranjeros no acompañados (los llamados menas) son una fuente de "violencia y delincuencia", porque "atemorizan a las madres" y "agreden a los hijos en el parque del barrio", dijo Garriga, algo que las estadísticas oficiales desmienten.

Entre sus escasas propuestas concretas, Abascal reclama que las corbatas sean obligatorias en el Congreso, por "respeto a los ujieres"

Aun así, hubo momentos muy divertidos, por puro banales. El caso más claro, la cruzada de Vox contra el atuendo de algunos diputados. "Ustedes se ponen sus mejores galas para ir a un ceremonia de la industria del cine, pero acuden aquí vestidos algo peor que como exige la etiqueta en los botellones de la universidad. Exigimos respeto para los ujieres, para los camareros, para el personal de limpieza de esta cámara. Esto no es una 'herriko taberna', ni una casa okupada, ni un mercado negro", señaló Abascal. El líder ultra debe de otorgar muchísima importancia a esta reflexión, porque la transmitió al poco de comenzar su primer discurso, al establecer las bases de su candidatura.

"Puede que perdamos", había dicho a primera hora de la mañana un optimista Garriga, candidato a la Generalitat en las elecciones catalanas del próximo 14 de febrero, quien el día anterior se retiró a rezar al Cerro de los Ángeles, en Getafe (Madrid). "Pero hoy ya hemos ganado. Porque solo pierde quien no tiene convicciones. Que Dios bendiga a nuestra patria", concluyó. Y por si no quedaba claro, añadió, con la mano en el corazón: "España".