29 oct 2020

Ir a contenido

La Contra

Madrid o el desespero

La autoridad sanitaria ha permitido que Isabel Díaz Ayuso fuera desangrándose políticamente entre el estupor y la perplejidad de buena parte de su población

Josep Cuní

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. / JOSÉ LUIS ROCA

Hay varios frentes abiertos en la batalla de Madrid. El primero, el sanitario, por supuesto. Este esconde a su vez las intenciones reales del Gobierno autonómico para buscar su enfrentamiento con el Ejecutivo central como si se tratara de reeditar un Dos de Mayo” actualizado. Las tropas napoleónicas serían hoy las orientaciones del gobierno de Pedro Sánchez a través del  Ministerio de Sanidad para aconsejar, sugerir, negociar y pactar un acuerdo ampliable al resto de comunidades que dejaba claro que no hay privilegios porque Madrid es España. O peor, que España reside en Madrid. Después, observar, esperar, desdecir, renunciar y lamentar la ruptura unilateral del acuerdo. Lanzar por fin un ultimátum e  imponer por decreto las medidas rechazadas. Y todo esto para acabar en los tribunales que es donde la política actual parece destinar sus objetivos. Opción a la que el PP se ha hecho adicto porque le resulta más cómodo que un árbitro al que conoce por afín tome las decisiones que la falta de coraje político no se atreve a asumir.  

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

Todo este proceso ha durado una semana larga durante la cual hemos descubierto otros muchos flancos mientras la pandemia iba extendiendo su terror. Y en este tiempo de pánico, cuando la máxima autoridad sanitaria nos iba enviando mensajes de alta preocupación, observábamos que tampoco ella actuaba con la contundencia esperada resistiéndose a cortar por lo sano la hemorragia. Así permitía de manera elegante y sutil, lenta pero eficaz, que Isabel Díaz Ayuso fuera desangrándose políticamente entre el estupor y la perplejidad de buena parte de su población que no daba crédito a lo que sus ojos veían, sus oídos escuchaban y su corazón sufría. Una reacción, la del ministro Salvador Illa, de legítima defensa ante el asedio conservador al fortín rojo de la Moncloa instalado en el epicentro del conservadurismo español.

La prueba del doble desatino la aportó Pablo Casado ordenando a sus autonomías cerrar filas con su heroína tras algunas dudas razonables. Y así fue como la batalla de Madrid se amplió a guerra de la independencia, versión covid-19. Y con el hacedor de Aznar intentado replicarle en perfil mujer, apuntándole discursos, diseñando tácticas y construyendo un relato nacionalista para disfrazar a Díaz Ayuso de Manuela Malasaña, la joven bordadora, hija de un francés españolizado, que habría muerto por un tiro del invasor mientras facilitaba a su padre la pólvora con la que éste defendía la capital desde el balcón de su casa.

A este despliegue de frentes hay que añadirle también el que mantienen PP y Ciudadanos en el mismo gobierno autonómico que supuestamente comparten. A estos socios por necesidad que no por convicción, les pasa como a los que se conllevan en el govern de la Generalitat. Que la vigilancia permanente que se dedican no les permite vivir como quisieran ni dormir con quien desean. Y esto, más que política es interpretación de malos aficionados que ni se percatan de que el público ya hace tiempo que descubrió las tramoyas que esconden el falso decorado que les inspira.

Pasa, no obstante, que al ocupar la zona central saben que concentran la atención de todo el público que entre pitos y aplausos entona: 'Madrid, Madrid, me desespera, levanta ya tus posaderas, de tanto mover las caderas se van a reír de ti'. Los Sirex. 1984.