24 sep 2020

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LA PUGNA CON EL PDECAT

Puigdemont: entre el fuego y las brasas

La negativa del PDECat a hacerse el 'hara-kiri' sume al 'expresident' en un dilema

O ir del brazo del post-CDC o renunciar a los derechos y subvenciones electorales

Xabi Barrena

El ’expresident’ de la Generalitat Carles Puigdemont el pasado día 13, en el Parlamento Europeo.

El ’expresident’ de la Generalitat Carles Puigdemont el pasado día 13, en el Parlamento Europeo. / AP / JEAN-FRANÇOIS BADIAS

Junts per Catalunya, o Junts, inició este sábado un congreso que finalizará el 3 de octubre, agrupando bajo el mismo epígrafe lo que suelen ser meses de trabajo precongresual y el cónclave culminante. Como si se llamara partido de futbol, no solo a los 90 minutos dominicales, sino también a los entrenamientos previos. ¿Por qué? Hay prisa.

Junts es, sobre todo, el esfuerzo último de Carles Puigdemont por dar la vuelta a las encuestas y ganar unas elecciones que le garanticen el protagonismo que precisa alguien que reside en Bélgica y no desea caer en el ostracismo. No es lo mismo tener a un presidente designado por uno mismo que a uno sobre el que no se ejerce poder alguno.

¿Y por qué su partido de toda la vida, con uno (CDC) u otro (PDECat) nombre ya no sirve hasta el punto de exigir el arrío de su bandera y su disolución? Porque el 'puigdemontismo' cree que la corrupción de CiU, federación matriz, vía CDC, del PDECat, y su acantonamiento en el centroderecha obstaculizan su lucha por la hegemonía con ERC.

Nunca tuvo Puigdemont un interés especial en la vida orgánica del partido. Aunque todo ello cambió con su subrepticia marcha a Bruselas, el 29 de octubre del 2017, para evitar a la Justicia española. En lo que para el independentismo es un exilio, Puigdemont descubrió que quedaba al albur de la dirección del PDEcat y que, si bien a corto plazo no tenía nada que temer, pues su liderazgo electoral era incontestable, a medio y largo plazo las cosas podían torcerse. 

Los fieles del 2017

Inició un camino de opas a la dirección del PDEcat con la intención de controlarlo. Su primera medida fue concurrir a las elecciones del 2017 con una alianza entre la fuerza demócrata y sus fieles, sobre los que levanta, ahora, el nuevo partido. Ironías de la vida, el nombre de esa coalición, que formalmente aun es entre CDC (que tenía los derechos electorales) y el PDECat, fue Junts per Catalunya. Ahora, los derechos electorales (espacios de propaganda y presencia en los debates de medios públicos) están manos del PDECat. También las subvenciones.

Tras el éxito electoral del 21-D, el ‘expresident’ apretó el acelerador por conseguir que el PDECat se integrara en una nueva formación bajo su control. La maniobra más audaz fue el lanzamiento de la Crida Nacional per la República.

La Crida Nacional nació pocos días antes del congreso del PDECat, y el agit-prop 'puigdemontismo' dentro del partido reclamó la disolución. La entonces coordinadora de la fuerza, Marta Pascal, salió respondona y acabó defenestrada. Pero el ‘expresident’ no logró el control.

David Bonvehí, presidente ahora del partido, se ha hecho fuerte en la defensa de la existencia del PDECat. Es decir, se niega a liderar el  'hara-kiri'  que se le exige. Y con el órdago del anuncio de concurrir en solitario a los comicios. La formación, junto a ERC, con más implantación territorial.

Sin opción, pues, a controlar la organización, Puigdemont cambió la estrategia y rediseñó la fuerza para tratar de doblegar por aplastamiento popular al PDECat. 

Si hay acuerdo con el PDECat significará que no podrá lavarse las manos ni del pasado, ni de la ideología de la antigua CDC. Si rompe con el PDECat tendrá el reto de crear el primer partido que, sin estar en los debates de máxima audiencia, gana unos comicios. O Málaga, o Malagón.