DESDE MADRID

Sánchez-Arrimadas, del espanto al interés

La presidenta de Ciudadanos gira para ofrecer un nuevo perfil a su partido, ganarse su supervivencia y aumentar autonomía respecto del PP y Vox

El líder socialista vislumbra con nacionalistas vascos y los de Arrimadas un espacio más central para abordar los Presupuestos y la relación con la UE

Pedro Sánchez e Inés Arrimadas, en una reunión en diciembre del 2019.

Pedro Sánchez e Inés Arrimadas, en una reunión en diciembre del 2019. / EFE / FERNANDO VILLAR

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José Antonio Zarzalejos
José Antonio Zarzalejos

Periodista

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Transcurría una sesión bronca de la Diputación Permanente del Congreso en agosto del pasado año cuando Aitor Esteban, portavoz del PNV, atribuyó a Inés Arrimadas el propósito de "montar pollos" a cuenta de sus críticas al ministro de Interior, Fernando Grande–Marlaska, por los hechos sucedidos en el desfile del Orgullo. Luego, el independentismo empleó la descalificación de "montapollos" para zaherirla, recordándole de continuo que había "huido" de Catalunya a Madrid y reprobarle que su victoria electoral en diciembre del 2017 no había aportado nada para reformular la crisis catalana con algún planteamiento propositivo.

Eran aquellos tiempos en los que Inés Arrimadas se mostraba fiel escudera de Albert Rivera, alineada con sus tesis más duras y corresponsable de su última y peor decisión: no apostar tras las elecciones de abril del 2019 por una coalición con el PSOE que hubiese sumado 180 escaños y situado el Gobierno en el centro–izquierda. La dimisión de Rivera por el desplome del partido el 10–N (pasó de 57 a 10 escaños) absorbió toda la responsabilidad del desastre e hizo que se visualizase el liderazgo de Arrimadas como el único alternativo.

Con una audacia que pocos le atribuían, Inés Arrimadas ha diseñado una estrategia que busca la supervivencia de Ciudadanos, luego, un cierto desmarque del PP y Vox a pesar de sus acuerdos autonómicos y locales, o precisamente por ellos, y dotar a su exiguo grupo parlamentario de una funcionalidad específica: introducir contradicciones en la mayoría de la investidura. A esas intenciones –y a una autocrítica implícita de la gestión de Albert Rivera– responde el hecho de que Ciudadanos se haya constituido en un socio ya no ocasional del Gobierno. Los 10 escaños naranjas han apoyado las dos últimas prórrogas del estado de alarma, han respaldado también el ingreso mínimo vital (IMV) y la revocación de distinciones a policías del franquismo acusados de torturas y vejaciones. El miércoles próximo el Gobierno cuenta con su apoyo al decreto ley de "nueva normalidad".

Entente incómoda

Esta aproximación al Gobierno, simultánea a sus acuerdos con el PNV, provoca la incomodidad de ERC y EH Bildu porque la incorporación de Ciudadanos a las mayorías progubernamentales desdibuja la opción netamente izquierdista y antisistema que pretenden tanto Arnaldo Otegi como Oriol JunquerasArrimadas, no obstante, ha encomendado a Edmundo Bal el frente parlamentario para que sostenga contra viento y marea la nueva posición, mientras que Luis Garicano cubre el flanco europeo como vicepresidente del grupo liberal en Bruselas. Mientras tanto, el abandono del partido de los dirigentes más próximos a Rivera, le permite contar con una ejecutiva que secunda esta operación. Una operación que contaría con la simpatía de referentes ahora externos al partido: desde un Manuel Valls a un Toni Roldán.

El giro de Inés Arrimadas no hubiese prosperado si Pedro Sánchez no lo considerase una oportunidad aprovechable para ampliar su margen de gestión en el Gobierno. El socio más difícil para el PSOE es Podemos, pero el pacto de coalición neutraliza, en parte, su tendencia centrífuga de la institucionalidad. El socio más inmanejable para el presidente es ERC, y ante su típica volatilidad de criterio, ha optado por establecer un cierto modelo de relación estable con Ciudadanos para cubrir, con el PNV, un espacio más central en la política española, que habrá que cultivar con especial dedicación cuando las exigencias fiscales y financieras europeas resulten muy incómodas para las izquierdas independentistas y para Unidas Podemos. La 'cumbre' del pasado viernes en la Moncloa entre Carmen Calvo y Edmundo Bal, con sus respectivos equipos, da carta de naturaleza –se reconozca o no– a una corrección de la estrategia gubernamental.

Amarrar la colaboración de Arrimadas, teniendo desde el principio la del PNV, es una táctica subsidiaria ante los requiebros de la caprichosa mayoría de investidura y, en el futuro, un pasillo de tránsito hacia una ahora poco imaginable colaboración con el PP si la situación deriva en una gran emergencia económico-social como algunas instancias prevén. Esta proyección de un nuevo sesgo por parte de Sánchez podría culminar, si se alinean los astros, con la presidencia del Eurogrupo por Nadia Calviño, que quedaría definitivamente consagrada como una pieza imprescindible en la gestión de la crisis y a salvo de las hostilidades del sector morado en el Consejo de Ministros. Se impondría una línea socialdemócrata moderada y europeísta, a saber si compatible o no con los morados.

Semestre de inflexión

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Todos estos factores van conformando el escenario previo al debate de los Presupuestos, cuya aprobación será el punto de inflexión de la legislatura. Antes de que se aborden habrá que pasar por algunos episodios significativos: las elecciones gallegas y vascas del 12 de julio; las catalanas, que parecen inevitables el próximo invierno tras el señalamiento para el 17 de septiembre de la vista del recurso de casación de Joaquim Torra contra su inhabilitación (que, seguramente, será confirmada por el Supremo); y los acuerdos en la Unión Europea para articular definitivamente las ayudas a sus estados miembros. En ese contexto, Sánchez se ha encontrado con el giro de Arrimadas y esta, con las conveniencias del presidente, formando un matrimonio más de interés que de afinidad.

Si a la mayoría de la investidura le unió el 'espanto' borgiano a la derecha en sus tres versiones, al PSOE y a Ciudadanos les vinculan ahora recíprocas urgencias de mantenimiento, en un caso, y de supervivencia, en el otro, y el cambio drástico de la climatología política, social y económica de España, que avejenta el programa de la legislatura por el desastre sobrevenido de la pandemia, impone nuevas prioridades de todo orden y requiere de diferentes protagonistas. Es la expresión de estos tiempos líquidos.