02 abr 2020

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DESDE MADRID

Euskadi, Catalunya y los canallas

La comparación de Álvarez de Toledo está falta de rigor y busca deslegitimar las negociaciones entre ERC y el PSOE

La sociedad vasca sigue con su convivencia en una tensión muy diferente a la catalana

José Antonio Zarzalejos

La portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, en Bilbao

La portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, en Bilbao / EUROPA PRESS

Los catalanes, sea cual sea su militancia ideológica o el signo exclusivo o compartido de su identidad, harían bien en contemplar el pasado reciente y algunos aspectos del presente de Euskadi con una particular prevención. Y no dar pábulo a comparaciones tan odiosas y ausentes de rigor como esa que ha formulado Cayetana Álvarez de Toledo, diputada al Congreso por Barcelona y portavoz en la Cámara del grupo popular, según la cual el "momento político actual en Catalunya es más difícil" que el del País Vasco cuando ETA asesinaba. Se trata de un error de juicio –quizás de una valoración torticera de la parlamentaria conservadora– porque allí se produjo, y sigue en términos diferentes, una tragedia de proporciones históricas. Nada que ver con la naturaleza de la crisis en Catalunya.

Euskadi fue la cuna y el principal escenario –no el único, porque también en tierras catalanas se padeció el crimen indiscriminado (Hipercor en 1987) y el selectivo (Ernest Lluch en el 2000)– de un fenómeno terrorista persistente durante 50 años, el último en Europa, y que dejó, además de un balance inconmensurable de dolor y muerte, una enfermedad social de muy honda raíz que se manifiesta en el crédito y la reputación, en determinados sectores sociales, que aún mantienen los ejecutores de aquel desastre de sangre y fuego.

En Euskadi abundan los canallas. Los son aquellas personas "despreciables" o "ruines" que como el etarra José Ramón López de Abetxuko, se permiten el inmenso descaro moral de comparecer en la Universidad Pública Vasca para impartir una conferencia sobre los presos de ETA. El pasado martes fue recibido con aplausos por los asistentes al acto. El "ponente" asesinó en 1980 al jefe de la policía foral de Álava, Jesús Velasco, cuya familia es un referente de entereza y probidad moral en Euskadi, y ametralló, también en 1980, a Eugenio Lázaro, jefe de la policía local de Vitoria.

Revisión o regresión

El etarra ha cumplido condena, pero como en los casos de los hirientes 'ongi etorris' (bienvenidas populares a los etarras excarcelados), los vascos que quieren olvidar, perdonar y reclaman justicia, exigen también pudor y conmiseración ante los sentimientos a flor de piel de las víctimas de aquel terrorismo inmisericorde. La decidida voluntad de EH Bildu –constatada por los analistas más avezados en la situación vasca como el colega Luis Rodríguez Azpiolea en 'El País'– de frenar cualquier tipo de revisión crítica de la trayectoria etarra, ha introducido la convivencia en el País Vasco en una regresión que nada tiene que ver con la tensión en la sociedad catalana.

La crisis de Catalunya, que en ocasiones bordea el precipicio de la incivilidad, algo innegable, es de una naturaleza distinta y sería un pésimo favor a toda España, y a este país en particular, establecer paralelismos del problema que plantea el independentismo aquí con el que, como espantajo, esgrimió ETA allí durante décadas, secundado en tantas ocasiones por un PNV que ahora está en esa fase difícil para sus bases de recoger velas de años de complacencias y silencios.

Iñigo Urkullu se ha disculpado por la historia de ambigüedad de su partido y ofrece un rostro diferente del nacionalismo democrático que, sin embargo, se ha dado de bruces con una izquierda radical aberzale que le pisa los talones. El dictamen de los cinco expertos (uno por cada partido parlamentario) sobre el texto de un nuevo Estatuto vasco que sustituya al actual de 1979, que fue una obra de ingeniería jurídica y política de innecesaria derogación, podría plantear un 'procés' a la vasca, que tomaría del catalán algunos mimbres.

Legitimidad imposible

Siempre, sin embargo, habrá una diferencia esencial: el separatismo está deslegitimado por el crimen en Euskadi y el independentismo no lo está en Catalunya. El proceso soberanista es discutible por completo, objetable de principio a fin, pero está fuera de los registros trágicos de lo que ocurrió en el País Vasco hasta hace poco tiempo. Por eso, los que conocen por vivencia personal y familiar lo que ocurrió –y sigue ocurriendo– en Euskadi, sienten escalofríos cuando observan a Arnaldo Otegi sentado en la misma mesa con Pere Aragonès firmando una declaración por el derecho a la autodeterminación, o cuando contemplan imágenes en las que este dirigente, todavía inhabilitado por la comisión de un delito terrorista, se entremezcla en las manifestaciones independentistas en Catalunya. Esas presencias le interesan más al 'abertzalismo' radical que al secesionismo catalán.

Por lo demás, si simetrías de esa naturaleza buscarían deslegitimar operaciones políticas que, aun siendo de altísimo riego y no deseables para muchos por sustanciales motivos de carácter político, como la negociación entre ERC y el PSOE, la estrategia resultaría inadmisible. La intención última de pretender dar continuidad narrativa a ETA en la crisis catalana es un recurso perversamente hiperbólico y rechazable. Es verdad que el lenguaje que se utiliza es tramposo porque los etarras siempre han hablado de "conflicto vasco" y ahora se habla también del "conflicto catalán", aunque esas expresiones acojan realidades particularmente diferenciadas.

Así lo piensan no solo la izquierda sino también amplios sectores de la derecha democrática española, y, por supuesto, las víctimas del terrorismo, que se han crispado con el arbitrario juicio de valor de Cayetana Álvarez de Toledo. La sedición, la malversación y la desobediencia no son delitos, en definitiva, que admitan comparación, ni cualitativa ni cuantitativa, con los que se cometieron en Euskadi durante los años oscuros. Este tema, aparentemente lateral, ha conmocionado al Madrid político en plena negociación, opaca y difícil, entre ERC y el PSOE, con Sánchez ya en modo de candidato a la investidura.