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DESDE MADRID

La reciprocidad Abascal-Torra (y los rusos)

Hay un amplio consenso en considerar al independentismo el factor reactivo que ha fortalecido a Vox, que se alimenta del discurso de Torra y de las injerencias extranjeras

Si se forma Gobierno con la colaboración de ERC y los otros partidos de la secesión se radicalizan, el partido de Abascal se consolidará frente al PP con la desaparición de Cs

José Antonio Zarzalejos

El presidente de Vox, Santiago Abascal, el pasado 8 de noviembre, en Madrid.

El presidente de Vox, Santiago Abascal, el pasado 8 de noviembre, en Madrid. / JOSÉ LUIS ROCA

Vox (3.640063 votos, el 15,09% de los emitidos, 52 escaños en el Congreso y 2 senadores, obtenido todo ello el pasado 10-N) es un fenómeno reactivo, pero no por ello necesariamente fugaz o transitorio. Existe una coincidencia en los análisis en establecer que ha sido el independentismo catalán en dos fases distintas el precipitante de la emergencia del partido presidido por Santiago Abascal que se sitúa en los parámetros de la extrema derecha.

El proceso soberanista que culminó en los hechos del otoño del 2017, abonó el terreno para que Vox fuese esa idea "poderosa" a la que le había llegado su gran oportunidad. Asomó su fortaleza en Andalucía en las elecciones de diciembre del 2018; estuvo por debajo de sus expectativas demoscópicas (24 diputados) en las elecciones generales del 28-A; mejoró posiciones estratégicas en las locales y autonómicas del 26 de mayo, alcanzando también representación en el Parlamento de la UE y formando una tríada con el PP y Cs en varias administraciones territoriales.

Eclosionó con una fuerza preocupante el pasado 10-N, después de que los graves incidentes de Catalunya tras la sentencia del Tribunal Supremo percutiesen durante días sobre una opinión pública perpleja ante la dimensión de la crisis de orden público que discurrió con la complacencia del Govern. Este espectáculo de violencia amparado como una suerte de distócica libertad de protesta por el separatismo catalán, unido a la exhumación de Franco en unas fechas inconvenientes, determinaron un resultado impensable tiempo atrás: Vox es la tercera fuerza política en el Congreso y, por mucho que se pretenda establecer un 'cordón sanitario' parlamentario, sus márgenes de acción política se han ensanchado.

La "alerta antifascista" lanzada por Pablo Iglesias no solo  fue inútil, sino que acentuó la fidelidad de los ya votantes de Vox y produjo un 'efecto llamada' sobre sectores de la derecha: el 10-N el partido de Abascal acogió más de 650.000 votos procedentes de Cs y pellizcó casi dos centenares de miles de otros partidos, incluso del PSOE en zonas en donde la inmigración se percibe como un "problema". Por otra parte, contemplado el mapa electoral de España, Vox es un fenómeno más del centro-sur del país que del norte, lo que ofrece alguna pista más sobre la incidencia del factor catalán en su robustecimiento.

El propio Iglesias ha reconocido en un artículo en 'The Guardian' que la crisis catalana ha sido como la "gasolina" que ha propulsado a Vox y que seguirá haciéndolo hasta un punto ahora insospechado. Abascal y la dirección de su partido no precisan esforzarse en mantener prietas las filas de su electorado si Quim Torra mantiene alegatos como el que lanzó ante el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC) el lunes pasado y en RAC-1 el jueves, persiste la movilización de los CDR, continúa el discurso dinamitero de Carles Puigdemont y, sobre todo, si el tándem [PedroSánchez-Iglesias logra un acuerdo con ERC para la investidura del socialista con contraprestaciones insensatas.

Encadenados intereses

Ocurre que también Torra y el independentismo más radical necesitan de Vox para añadir un "enemigo exterior" adicional al propio Estado y cohesionar más la voluntad de sus bases, de tal forma que se genera así una mutua relación de encadenados intereses. Esta simetría de antagonismos permite que los extremos se mantengan sólidamente instalados en los electorados respectivos porque ambos participan de factores definitorios parecidos. Vox es un partido ultranacionalista, maneja un esencialismo español dieciochesco y sazona ese núcleo duro de su identidad con una auténtica histeria contra la inmigración, la aversión radical a la ideología de género, abjura del Estado de las autonomías, presenta perfiles euroescépticos y muestra unos rasgos de confesionalidad que hilvanan un integrismo remitente a un país que creímos superado.

Atribuir la emergencia de Vox solo a una reacción frente al independentismo en Catalunya resultaría demasiado simple. No, sin embargo, señalarlo como causa principal y determinante de su crecimiento y, ahora ya, de su nutrición estratégica. De modo tal que el separatismo no solo ha causado el terrible mal de una crisis de convivencia entre catalanes, no solo ha provocado un desafecto con el resto de españoles, no solo ha situado la Constitución española en un trance delicadísimo, sino que ha servido también para introducir en España lo que no existía: una derecha extrema (que no fascista, y al efecto léase el imprescindible ensayo de Emilio Gentile titulado 'Quién es fascista', editado por Alianza, en el que el historiador de este movimiento impugna la frívola generalización del término) con  corresponsalías en Hungría y Polonia y parentescos en Francia e Italia.

Cuando se pronuncia Torra y todos los clones de Puigdemont que abundan en la Catalunya insurrecta, Vox adquiere un mayor sentido para sus propios votantes, dificulta la labor de cortocircuitar sus argumentos ideológicos y movimientos estratégicos y pone en más aprietos a la derecha democrática española que ha dejado con los 'voxistas' demasiados pelos en la gatera. La conclusión es que si se forma un Gobierno con la colaboración de ERC y el resto del independentismo sigue montaraz y agreste como es de prever, se sellará de forma tácita una alianza de antagonismos recíprocamente rentables entre Vox y los partidos irreductibles de la secesión.

Lecturas extremas

Para que todo empeore, las noticias según las cuales agentes rusos habrían apaleado el avispero catalán en el 2017, introducen una variante de injerencia política en España que Vox ha comenzado a explotar con alto rendimiento. Catalunya como teatro de operaciones de una conspiración moscovita desestabilizadora resulta un ingrediente esencial en un planteamiento que es tan explosivo como favorable para las lecturas más extremas. Y Vox está ahí en compañía de Torra, observando cómo Ciudadanos se diluye en la nada ideológica, estratégica e institucional.