22 feb 2020

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memoria histórica

Reinhumación de Franco: Aquelarre franquista en Mingorrubio

Una concentración de nostálgicos del antiguo régimen recibe al dictador en su nuevo cementerio entre muestras de fervor hacia su figura

Tejero se presenta por sorpresa en la reunión y es ovacionado como un héroe.

Juan Fernández

TAMARA ROZAS

Reinhumación de Franco: Aquelarre franquista en Mingorrubio
Un grupo de personas concentradas en el acceso del cementerio de El Pardo-Mingorrubio. 

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Este año, el 20-N se ha adelantado 28 días y no se ha celebrado en el Valle de los Caídos, donde cada otoño se concentraban los nostálgicos del antiguo régimen para honrar la figura de Franco en el aniversario de su muerte, sino en la colonia de Mingorrubio, contigua al camposanto que a partir de ahora albergará sus restos. El escenario ha cambiado, pero el ambientillo que se respiraba este jueves en los aledaños de la nueva morada de Franco era el de los 20 de noviembre más animados que se recuerdan. Hubo ondear de banderas con el águila estampado, reparto de utilería franquista, emocionados vivas al dictador y oraciones improvisadas por la salvación de su alma.

La Delegación del Gobierno había desautorizado la concentración que en días pasados había promovido la Fundación Francisco Franco para honrar al antiguo jefe del Estado, pero la prohibición no persuadió a los simpatizantes más acérrimos del régimen franquista, que a lo largo de la mañana fueron acercándose hasta esta barriada del distrito madrileño de El Pardo con el sentimiento -y el atrezzo- de las mejores ocasiones. "Este es mi arma, fíjese si soy peligrosa", clamaba una mujer de unos 70 años blandiendo en el aire un rosario de nácar junto al control de la Policía que le impedía el paso al camposanto con los primeros rayos de sol.

A esas horas, el cadáver de Franco seguía aún bajo la losa que lo ha cubierto durante los últimos 44 años, pero por la colonia de Mingorrubio empezaron a dejarse ver los nostálgicos de su figura. Según avanzaba la mañana y aumentaba el número de asistentes, los concentrados se iban animando a exteriorizar su estado de ánimo, a caballo entre la indignación por "la profanación de la tumba de Franco" y el deseo de rendirle honores en una jornada con sabor a cita histórica.

Abrigos de pieles y bufandas rojigualdas

Los abrigos de piel de ellas se fueron abriendo para dejar ver las bufandas rojigualdas que llevaban dentro y las banderas constitucionales que algunos traían de la mano fueron cediendo protagonismo a las enseñas franquistas que portaban otros sin disimulo mientras iba subiendo el tono de las declaraciones a voz en grito.

"En Catalunya deberíais estar poniendo orden, y no aquí, que somos gente de paz", le lanzaba un matrimonio de jubilados a una pareja de policías. A su lado, un grupo de señoras de edad avanzada reclamaba su derecho a oír la misa que había prometido oficiar el prior del Valle de los Caídos en el interior del cementerio. "Vivimos en un país libre, esto es una democracia, tenemos derecho a pasar", exigían con furia alzando una mano ante los agentes mientras con la otra portaban enseñas preconstitucionales.

A media mañana, la concentración improvisada a las puertas del camposanto de Mingorrubio devino en reunión del frikismo franquista más selecto. Chen Xiangwei, conocido en Madrid como ‘el chino falangista’, llegó con un ramo de flores "para depositarlo sobre el hombre que salvó a España", un sacerdote con sotana y alzacuellos apareció jurando haber viajado desde Rumanía "para honrar al héroe que venció al comunismo" y un asistente vestido de legionario clavó sus botas junto a la carretera y prometió no moverse de allí hasta que pudiera cuadrarse "ante el féretro del Generalísimo de los Ejércitos de España".

Según iban llegando, los asistentes se saludaban con la familiaridad que da haber coincidido en infinidad de citas similares e intercambiaban chamarilería franquista en un ambiente de camaradería roto únicamente por los insultos a Pedro Sánchez que lanzaban los más exaltados con el cuello hinchado, seguidos al unísono por la concurrencia, o las invitaciones a cantar el Cara el Sol, rezar un Padrenuestro o entonar el himno de España con la letra de Pemán que se sucedieron a lo largo de la mañana a la sombra de los plataneros.

Y en estas, apareció Tejero. A la misma hora en que los nietos de Franco sacaban el ataúd de su abuelo de la basílica de Cuelgamuros, un repentino tumulto se generó entre los asistentes a la concentración, pero no era en protesta por la exhumación, sino de la emoción de ver llegar al guardia civil golpista, que fue recibido entre muestras de fervor y gritos de "¡Valiente!", "Arriba España" y "¡A tus órdenes, mi teniente coronel!".

La inesperada irrupción de Tejero causó un problema de seguridad a los agentes. Si lo dejaban suelto entre los asistentes, corría peligro de fallecer estrujado por los abrazos y apretones de sus admiradores, pero tampoco podían darle acceso al cementerio, al carecer de permiso. Tras un momento de confusión digno de haber sido rodado por Berlanga, los uniformados optaron por conducirle hasta una calle aledaña. Desde aquí, acompañado por su mujer y uno de sus hijos, Tejero aguardó la llegada de Franco.

"El Generalísimo a 30 minutos de casa"

La aparición del helicóptero que portaba el féretro del dictador fue recibida entre gritos de "¡Francisco Franco, presente!" y nuevos insultos contra el "Gobierno profanador". Brazo en alto, los asistentes a la concentración volvieron a arrancarse con melodías franquistas hasta que alguien apareció con un aparato de megafonía que puso orden en el desconcierto musical y empezó a emitir himnos militares y el ‘Novio de la muerte’, que fue coreado con emoción por la concurrencia.

Después de saludar el paso de los dos minibuses que traían a los familiares de Franco, pendientes ya todos de las pantallas de sus móviles, la reunión de fieles del dictador se fue disolviendo, pero no sin antes citarse de cara a la próxima convocatoria. "¿Nos vemos aquí el 20-N?", discutían en un grupo de manifestantes. "No sé, yo creo que volveré este domingo. Antes tardaba más de una hora en subir al Valle. Ahora tengo al Generalísimo a 30 minutos de casa", zanjaba un asistente.