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DESDE MADRID

Catalunya, en el epicentro del 10-N

La estrategia de ensanchamiento del PSOE es incompatible con la colaboración con ERC y la comprensión de Podemos al 'procés'

Las afinidades del progresismo son las sociales pero no las institucionales, ni las constitucionales, ni las terapias para Catalunya

José Antonio Zarzalejos

Catalunya, en el epicentro del 10-N

"La gente está hasta los bemoles de nosotros", exclamó Gabriel Rufián el pasado miércoles en el último pleno del Congreso de esta fallida legislatura. Pero a la actual situación se ha llegado, entre otras razones, por el comportamiento político irresponsable, seguramente ilegal y, en todo caso, subversivo del independentismo catalán en connivencia con la simpatía de los morados a un proceso constituyente que satisficiese de alguna forma las pretensiones del fracasado proceso soberanista.

El portavoz de ERC debiera recordar que fue su grupo parlamentario el que se negó a aprobar los Presupuestos Generales del Estado, provocando así la convocatoria electoral del 28 de abril, y que la contribución de su organización a la crisis en Catalunya es decisiva. Oriol Junqueras y otros compañeros de su partido no están acusados de rebelión por fruslerías políticas. Rufián y ERC, por eso, carecen de cualquier autoridad moral para reprochar a Pedro Sánchez y a los demás partidos déficits de una responsabilidad que ellos desconocieron mientras ha durado –y sigue– el proceso soberanista.

La situación política actual en España no se explica enteramente por la de Catalunya, pero tampoco si no se considera su carácter determinante. Sánchez advirtió reiteradamente de que no deseaba que su investidura –y luego, la legislatura– dependiesen de los independentistas (catalanes y vascos), y ha insistido en que uno de los aspectos de mayor desconfianza entre él y Pablo Iglesias, y entre el PSOE y Unidas Podemos, se refería a la forma de abordar la crisis catalana. De tal manera que Catalunya –además de la economía, en fase de enfriamiento– está en el epicentro de las motivaciones que nos llevan a las urnas el 10-N.

Comportamientos agrestes

Entre otras muchas razones, porque buena parte de la ciudadanía –dentro, pero sobre todo fuera de Catalunya– está también "hasta los bemoles" de que el independentismo irradie una permanente inestabilidad, incertidumbre y hasta angustia a través de actitudes y palabras amenazadoras para la tranquilidad social. Estos comportamientos agrestes como el de Quim Torra o tornadizos como el de ERC –incrementados a medida que se acerca la fecha de publicación de la sentencia del Supremo– disuaden al socialismo español de cualquier colaboración parlamentaria con el secesionismo, imprescindible tras el 28-A por la insuficiencia de la suma de los escaños del PSOE con Unidas Podemos (165) y por la incomprensible deriva de Ciudadanos.

Unidas Podemos, penetrado su grupo parlamentario por diputados 'comunes' abiertamente alineados con la propuesta de autodeterminación de los independentistas, no es una organización para un momento de crisis institucional, ni para una época de previsible recesión económica. No se produce –lo admitan o no los electores progresistas– esa sintonía que se proclama acríticamente entre socialistas y morados. De ahí que la coalición gubernamental provocase insomnio a Sánchez.

Existen entre ellos coincidencias en el ámbito social; pocas en el institucional y casi ninguna en la preservación del modelo constitucional. Ante la agudización negativa de la situación política en Catalunya ("confrontación", "boicot", "huelga de país", desobediencia y unilateralidad), Sánchez –y con él multitud– no apostaría un euro por el alineamiento de Iglesias y su grupo parlamentario con el Tribunal Supremo, la Constitución y, eventualmente, la aplicación del artículo 155 que en el último pleno del Congreso el presidente en funciones no descartó si se diesen los presupuestos de hecho que lo justificasen.

El PSOE en Catalunya es el PSC que, hoy por hoy, es una opción electoral en alza y unas siglas refugio incluso para los electores que provienen de un catalanismo de difícil regreso a la arena política electoral. La estrategia de Sánchez y del PSOE es ensanchar su espacio. Una vinculación –con la aritmética parlamentaria resultante del 28-A– con Unidas Podemos y con una parte del independentismo catalán no solo le constreñiría, sino que le incapacitaría para el desarrollo de una política de Estado reconocible como tal.

Cuatro condiciones

Superar la crisis en Catalunya requeriría de cuatro condiciones incompatibles con un Gobierno en España sostenido precariamente por Unidas Podemos y ERC: 1) un fuerte estirón electoral de los socialistas catalanes que convierta al PSC en imprescindible en cualquier combinación de gobierno; 2) la materialización electoral del desencanto de las bases independentistas con los partidos de la secesión; 3) la emergencia de fuerzas políticas moderadas que recuperen la parte no inservible del catalanismo y 4) la recuperación en Catalunya de las opciones de derechas que exigiría el abandono de sus recetas reactivas y aconsejaría el activismo argumentativo.

El 10-N mira, precisamente, a ese panorama tan distinto del actual y que cuenta con la jubilación –judicial o no– de la actual generación de políticos independentistas (que han fracasado sin paliativos) y con la reconstrucción de un proyecto común sobre las bases que siguen recabando más consenso social, es decir, la Constitución y su prescripción de autogobierno para sus nacionalidades y regiones.

Y todo este futuro posible se inserta en un proyecto europeo y occidental que se refleja en la ortodoxia del Gobierno en Bruselas integrado por representantes de las opciones conservadoras, socialdemócratas y liberales, inconciliables todas ellas con el unilateralismo secesionista y el populismo de raíces latinoamericanas, tan simétricas a las derechistas continentales y británica. Podría concluirse, a pesar del ambiente de cabreo popular con la clase política, que si la repetición electoral alberga muchas contraindicaciones, un Gobierno contradictorio y precario habría sido un remedio quizá peor que la enfermedad política que ahora padecemos.