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EL AMBIENTE DE LA MANIFESTACIÓN

'Sant Tornem-hi'

El independentismo cumplió con profesionalidad, pero sin euforia, su rito anual a la espera de la sentencia del 'procès'

La ausencia de un 'algo' a hacer a las 17.14 h cerró de modo desangelado la manifestación

Xabi Barrena / Fidel Masreal

Manifestantes a la altura de la avenida Maria Cristina.

Manifestantes a la altura de la avenida Maria Cristina. / JORDI COTRINA

Para volver hay que irse. O si se usa el '¡Volveremos!' en términos metafóricos, hay que ser derrotado. Douglas MacArthur, general de cinco estrellas del ejército norteamericano lo usó en primera persona («'I shall return!'») en modo literal y metafórico cuando los japoneses le derrotaron y él tuvo que irse de Filipinas para Australia. El Govern escogió su ‘Tornarem’ como lema de esta Diada. Una aceptación, en el fondo, de su derrota y, a la vez, una reivindicación ('No estamos acabados') y un aviso a navegantes. Muy macarthurista todo.

El catalán tiene, además, un término que designa cierta resignación. Se aleja de la épica y casa estupendamente con el día a día. Es el ‘Sant Tornem-hi’. Un '¡Vamos allá!' más fruto de la obligación, del deber (por ejemplo, el retorno al colegio este jueves, a ojos de un niño) que de la devoción. Aplicado a la Diada de ayer podría valer el  '¡Que no se diga!', especialmente en Madrid, que el independentismo flaquea.

Y la manifestación respiró un poco de todo esto y un mucho de madurez. De conductas ya dominadas, como las que puede tener un aficionado al futbol que va asiduamente al estadio. El símil futbolístico es el comodín que encaja con todo, hay que reconocerlo. Pero justo es decir que la sociedad entera tiende a la futbolización. Por ejemplo, ¿qué diferencia hay entre el cambio anual de modelo de la camiseta del Barça y el de la ANC?

Si la manifestación fue, por octava vez, un éxito, lo mismo cabe decir de la camiseta turquesa de la ANC. Sí, hubo quien rescató unidades antiguas, de color amarillo o salmón, pero el turquesa lo invadió todo. En el metro hacia plaza de Espanya, las camisetas oficiales punteaban los vagones, de nuevo como los días de partido. Y ya junto a las Torres Venecianas, poco antes de las tres, eran el color predominante. Y, como pasa con las camisetas del Barça, hubo falsificaciones. Manteros sin manta las ofrecían a cinco euros, 10 menos que el precio oficial. 

Eso sí, el arrastrar los pies y vencer a la pereza del ‘Sant Tornem-hi’ no está reñido con cierto ambiente festivo. De nuevo cabe remitir a las puertas de los colegios de este glorioso, para los padres, 12 de septiembre. Por la plaza de Espanya se vio gente portando una guillotina caricaturizada con regusto a revolución francesa y una campana de la libertad, a lo Liberty Bell de Filadelfia, donde se firmó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Y pancartas de todo tipo. Mucha reivindicación de los presos, pero sin ese punto de de rabia incontenida de hace uno o dos años. Parece que a todo se acostumbra uno.

Falso lleno 

A las cuatro de la tarde, la Gran Via, hasta más allá del paseo de Gràcia estaba ya repleta. Había más gente que en el 2014. Pero, ojo, en aquella ocasión, en la que la ANC proyectó el dibujo de la V de victoria, el tramo se alargaba hasta la plaza de las Glòries, de donde salía el otro brazo, el de la avenida Diagonal, hasta la calle de Numància. En números globales, mucha menos gente. Aun así, un gentío que no resiste comparación con cualquier otro movimiento sostenido en el tiempo en el mundo y parte del extranjero. «Sinceramente, creía que no llenaríamos», explicó aliviada Mireia, una madre de dos niños que revoloteaban en patinete.

Pancartas. Muchas críticas, más o menos contenidas, hacia los partidos mayoritarios, es decir la posconvergencia y ERC. Roser de Pallejà apuntó que «el objetivo es la independencia, no quien manda». De fondo, gritos de «unidad, unidad» y «absolución, absolución». Porque en el ambiente pesó, sin duda, la sentencia del juicio al ‘procès’ que se conocerá en breve.

Podía haber alegría, pero no euforia. Y, además, que este año, en la hora mágica de las 17.14, no hubiera previsto un algo que produjera un momento álgido, un levantar los brazos, una onda sonora, cualquier cosa, dejó la sensación de obra inacabada. «Disculpe, ¿este año qué hay que hacer?» preguntó una señora a un tipo circunspecto que anotaba cosas en una libreta. 

A las 17.35, 20 minutos después de la hora mágica que antes alteraba los sismógrafos en días como ayer, por la Gran Via a la altura de la plaza de Tetuan, aun se acercaba gente a la manifestación, con esa tranquilidad de paso del abonado de décadas que hace la digestión y no le importa perderse los primeros minutos del partido contra un penúltimo clasificado. Muy profesional, que diría Pazos, el personaje de Airbag. 

No es difícil pronosticar que, en cinco o seis ‘diades’ aparezcan los primeros tribuneros, aquellos que se sitúen donde se mande a las 4 y, a las 17.05, 10 minutos antes del punto álgido, abandonen la manifestación para no toparse con el gentío.