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EL NUEVO CURSO JUDICIAL

Manual para esquivar la corrupción: "ranas", "cacerías" y "cosas del pasado"

Los dirigentes de todos los partidos comienzan denunciando conspiraciones y acaban por marcar distancias con los imputados

Miriam Ruiz Castro

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid / EFE / FERNANDO ALVARADO

Cuando Isabel Díaz Ayuso era candidata a presidir la Comunidad de Madrid, aseguraba que esperaba "tener cerca" a las dos mujeres que ocuparon el cargo antes que ella, Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes. "Mujeres valientes, ganadoras y que han convertido a Madrid en una región abierta, moderna, libre", decía en enero de las que fueron sus mentoras. Pero después de que ambas hayan sido imputadas por la presunta financiación irregular del PP, ese "cerca" ha pasado a estar más lejos, a "más de dos legislaturas" de distancia, que es donde la presidenta madrileña las ubica ahora. "Mi nexo con ellas es como el de cualquier militante del PP", asegura.

El argumento no es nuevo. Al pasado es adonde todos los partidos envían a quienes son señalados por corrupción. Pasó con Ignacio González y Francisco Granados, pero también con Rita Barberá o Francisco Camps. "Son cosas que pasaron hace mucho tiempo", decía la propia Cifuentes cuando se le preguntaba por la rama madrileña de 'Gürtel'. "Lo que está haciendo el PP es mirar al futuro, estos casos han pasado hace muchos años", repetía Pablo Casado, hoy líder del partido, sobre la trama valenciana.

Camps, Barberá, González y Granados, e incluso el extesorero del PP Luis Bárcenas. Cuando sus nombres aparecían en sumarios e investigaciones policiales, los populares insistían en que ya no militaban en el partido. "Hace mucho tiempo que esas personas ya no están en el PP", se defendía Mariano Rajoy cada vez que las "manzanas podridas" volvían a sacudir el cesto del partido. También en las filas socialistas el argumento es demasiado parecido. Muchas veces repitió Susana Díaz que los expresidentes andaluces, Manuel Chaves y José Antonio Griñán, a la espera de sentencia por el 'caso ERE', "hace mucho que no están en el PSOE". El mismo argumento que utiliza Pedro Sánchez.

Tierra de por medio

Poner distancia con los dirigentes señalados por la justicia suele ser un paso posterior. Antes de eso, cuando surgen las primeras informaciones y no existe acusación en firme, la respuesta del manual de los políticos suele ser también unánime: confianza en la justicia y presunción de inocencia, de un lado, y atacar a quienes señalan a los suyos por sus supuestos intereses espurios.

Cuando la fiscalía pidió tres años y tres meses de cárcel para Cifuentes por haber falsificado un acta tras salir a la luz las irregularidades de su máster, Ayuso dijo no entender "nada", habló de "linchamiento injustificado" contra su compañera e, incluso, se mostró "sorprendida" por la petición del ministerio público. Rajoy también defendía "la presunción de inocencia" de los imputados en 'Gürtel', "gente honrada, decente y honesta", y denunciaba una "trama contra el PP".

"Cacería política y persecución" que también denunció el portavoz del PSOE andaluz, Mario Jiménez, en los inicios del 'caso ERE', cuando Chaves criticaba el "afán justiciero" de la jueza instructora Mercedes Alaya. También en Catalunya, en el marco del 'caso 3%', Artur Mas tiró de 'argumentario' para arremeter contra una "operación" que no sabía "de dónde ha salido exactamente" y que no era más que "un montaje y una persecución" contra su partido, la antigua Convergència.

"Tolerancia cero"

Pero si hay un argumento que los líderes políticos abrazan con más fuerza cuando la sombra de la corrupción los acecha, es el de la mano dura contra lo que consideran excepciones. Aguirre hablaba de dirigentes que le habían "salido rana"; Casado, de los "garbanzos negros" y Cifuentes, de "casos aislados". Pero todos ellos presumían de su "tolerancia cero" con la corrupción. La misma que prometió Ayuso en su discurso de investidura, y que atribuía a Cifuentes cuando algún dirigente de la oposición la atacaba por los casos que asolaban al PP madrileño.

"Encuéntrese a un político que esté dando los pasos, caiga quien caiga, de Cristina Cifuentes [para combatir la corrupción]", decía hace ahora dos años. "Tolerancia cero y sin excusas", prometía años atrás Jordi Turull -contra la corrupción, pero también contra lo que consideraba una "guerra sucia" del Estado-. Y también Miquel Iceta, cuando dos dirigentes socialistas fueron a prisión por el 'caso Pretoria'. Porque casos de corrupción ha habido tantos como colores políticos, pero en los argumentos para responder hay menos variedad.