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DESDE MADRID

Catalunya, capital: Girona

De los 41 concejales del Ayuntamiento de Barcelona, solamente 15 militan, sin reservas, en el independentismo

La alcaldía de Barcelona trasciende a la ciudad y a Catalunya, pero no es una "operación de Estado" en clave conspirativa

José Antonio Zarzalejos

Ada Colau, este viernes, antes de la rueda de prensa en la que anunció el resultado de la consulta a las bases de los ’comuns’.

Ada Colau, este viernes, antes de la rueda de prensa en la que anunció el resultado de la consulta a las bases de los ’comuns’. / FERRAN NADEU

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, se lo temía. El pasado 21 de mayo en un mitin proclamó que durante el mandato de Ada Colau "Barcelona ha abdicado de ser la capital de Catalunya", una función que habría asumido Girona por su alineamiento institucional con las tesis independentistas, y, especialmente, por el activismo de la alcaldesa gerundense, Marta Madrenas. Este planteamiento es por completo desquiciado, pero, sobre todo, gravemente antidemocrático. La ciudadanía barcelonesa no es mayoritariamente soberanista; podría afirmarse, muy por el contrario, que se expresa en términos electorales como la ciudad -y su área metropolitana- menos adherida a las tesis separatistas.

En las municipales del pasado 26 de mayo, la candidatura de ERC en Barcelona, encabezada por Ernest Maragall, obtuvo 10 concejales con más de 160.000 sufragios, apenas cinco mil más de los que logró la lista de BComú, con Colau al frente, que empató en ediles. La tercera fuerza política fue el PSC con ocho concejales y más de 138.000 votos que superó ampliamente a la lista de Manuel Valls (apoyada por Ciudadanos), que rozó los 100.000 electores y 6 representantes en el consistorio. Y por detrás, JxCat con cinco asientos y casi 79.000 votos y, por fin, el PP con dos escaños y poco más de 37.000 papeletas.

La fotografía de la ciudad condal responde claramente a una mayoría no independentista (de 41 concejales, solo 15 lo son sin reservas) y tiene todo el sentido político y democrático que se aúnen los votos de los 'comuns' y de los socialistas, con la contribución altruista de al menos tres concejales de la lista de Valls, para que Colau repita en la alcaldía de la capital -sí, la capital- de Catalunya, sustrayéndola del mando del independentismo que representa ERC. El 71% de los inscritos que han votado se han decantado favorablemente por la propuesta de Colau: con el PSC y con los votos, sin condiciones, de la plataforma municipal del exprimer ministro francés.

Las bases de BComú avalan mayoritariamente que Colau sea de nuevo alcaldesa con el PSC y los votos de Valls

Barcelona y su área metropolitana se han resistido de antiguo a los planteamientos más identitarios, como es propio de una ciudad abierta. La urbe, con más de 1.600.000 habitantes y un presupuesto de más de 2.700 millones de euros, es con claridad la segunda entidad pública más poderosa de Catalunya, un escaparate internacional formidable, y acapara un simbolismo imbatible de la idiosincrasia catalana. Tradicionalmente, el socialismo del PSC se ha hecho fuerte en los municipios de su área metropolitana. De ahí que, primero el nacionalismo pujolista y luego el soberanista, hayan desarrollado sobre Barcelona y su entorno una fuerte desconfianza política procurando desactivar la articulación políticoinstitucional de la gran conurbación de Catalunya.

Otro desliz de Torra

El secesionismo necesitaba para sus propósitos instrumentales el control de la alcaldía de Barcelona. Ha fracasado en el intento, tanto por su competición interna (ERC y JxCat) como por la conformación ideológica de los votantes barceloneses. Y tratar de descalificar la condición histórica capitalina de la ciudad condal es otro grave desliz del presidente de la Generalitat.  En este mismo espacio, hace un par de semanas, se avanzó la opinión de que el "proceso soberanista entraba en combustión", es decir, que se estaba consumiendo. La pérdida de Barcelona para el independentismo es un tramo más de ese camino sin retorno del 'procés' que sus propios protagonistas han clausurado en el juicio oral ante el Tribunal Supremo: la DUI del 27 de octubre del 2017 habría sido, según sus propias palabras, un hecho simbólico, sin efectos jurídicos y habría decaído por ausencia de voluntad de ejecutar una segregación unilateral de Catalunya de España. Al tiempo, el Tribunal de Estrasburgo ya ha procurado tres reveses a las pretensiones de recurrentes secesionistas sobre supuestas infracciones de los derechos fundamentales y el proceso penal celebrado en el Palacio de las Salesas de Madrid ha concluido sin significativa dimensión mediática y política en el ámbito internacional.

La elección de Colau para continuar en la alcaldía de Barcelona trasciende a Catalunya -también quedó apuntado en este espacio que la entente entre Bcomú, PSC y la colaboración externa de Valls cotizaba muy alto en los círculos de poder de Madrid-, pero no es una "operación de Estado". Utilizar esa expresión como interpretación de una suerte de conspiración contra el secesionismo insiste en el error de considerar que la definición de lo catalán es homogénea, hermética y solo explicable desde la militancia en un independentismo que sigue sin reconocer su minoría social y, especialmente, su desigual implantación en Catalunya. Es cierto que el país interior y más rural responde a unas claves emocionales e ideológicas diferentes al país costero y urbano. Son las dos catalunyas que deben entenderse, acordarse y proponerse una solución que el Estado, España, acogería para articular una solución de "buena política", según dijo en el turno de última palabra en el juicio oral del 'procés' Oriol Junqueras, que él, y otros, no practicaron.

Asumir la pluralidad

En definitiva, la capital de Catalunya no es Girona, sino Barcelona y no dejaría de serlo en ningún caso porque la manifestación de voluntad democrática de los ciudadanos de la ciudad no sea mayoritariamente soberanista. Asumir la pluralidad de Catalunya -algo que a los nacionalistas de toda laya les procura un enorme malestar- es el primer paso para una solución de la crisis de convivencia entre catalanes independentistas, los otros catalanes que no lo son y de entre todos ellos y el resto de los españoles. Y dejemos las teorías conspirativas (esa denominada "operación de Estado" sobre el ayuntamiento barcelonés) que desquician la realidad y enlazan nuestra política con los discursos del peor populismo.