VOTO PARTICULAR

Y en eso llegó Fidel... al Supremo

La fiscalía exprime la jurisprudencia y el diccionario de sinónimos para emascular a las próximas generaciones del independentismo

Fidel Cadena, miembro del cuarteto de fiscales del juicio del ’procés’.

Fidel Cadena, miembro del cuarteto de fiscales del juicio del ’procés’. / ACN

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Los espectadores más leales del juicio del ‘procés’ y puede que incluso los muy ocasionales se habrán preguntado alguna vez qué hacía el fiscal Fidel Cadena en esa sala, hecho un Bartleby, que cuando tenía que interrogar a alguno de los acusados (horrendo día tuvo con Joaquim Forn) o a alguno de los testigos, solo le faltaba decir, como al personaje de Herman Melville, “preferiría no hacerlo”. Por fin se ha resuelto el misterio. No sabe interrogar, vale, pero nadie domina el pespunte judicial como él. Es el bachiller al que todos pedían los apuntes. Es la jurisprudencia andante. Llegada la hora, ha sido el encargado, en nombre de la fiscalía, de sumergirse en la biblioteca del Tribunal Supremo para sustentar la tesis principal de su compañero de mesa Javier Zaragoza, según el cual el ‘procés’ no fue solo una rebelión, fue un golpe de Estado, no metafóricamente, sino código penal en mano. A lo mejor es ser suspicaz de más, pero por momentos ha parecido que pretendía redactarle a Manuel Marchena párrafos enteros de la sentencia por si el tribunal acepta finalmente por probado el delito de la rebelión.

La fiscalía sostiene que el independentismo merezca tal vez un capítulo en 'Técnica del colpo di Stato', de Curzio Malaparte

En 1931, Curzio Malaparte (nombre artístico con el que él mismo se bautizó, como antítesis de Bonaparte, Napoleón), publicó un librito que le trajo un montón de problemas, ‘Técnica del colpo di Stato’, una análisis de las distintas maneras en que se podía subvertir el orden vigente. Es una obra que mete bajo en un mismo paraguas las fórmulas de asaltar el poder de Trotsky, Napoleón, Primo de Rivera y otros dirigentes europeos, y que en el capítulo final ridiculiza a Hitler (entonces aún no había alcanzado el poder) porque, efectivamente, el ‘putsch’, por su puesta en escena, no era de recibo. Dar un golpe de Estado en una cervecería es poco serio, por muy Hitler que uno sea.

Poco o mucho, el espíritu de Malaparte ha sobrevolado la sesión. La tesis de Zaragoza, Jaime Moreno, Consuelo Madrigal y, por supuesto, Cadena ha sido que no hay un único patrón del golpe de Estado, que este es mutante según las condiciones ambientales y, en el caso catalán en concreto, se caracteriza por lo que el primero de ellos ha definido, se supone que con guasa, como la “violencia pacífica”. O sin guasa. El relato coral de los cuatro fiscales ha sido que no hubo más violencia en septiembre y octubre del 2017 porque el “sanedrín independentista” (sí, han estado muy floridos en el verbo) ya tenía el control del poder.

Esta crónica tenía otro título previsto, 'Cadena, desencadenado', hasta que se ha metido en el zarzal del 23-F

Lo dicho, Zaragoza, Moreno y Madrigal han hecho una descripción más literaria de los delitos cometidos y a Cadena le ha tocado ligar la mahonesa jurídica. El problema es que se ha venido arriba. Cadena, desencadenado. Era otro título posible para esta crónica. Más adelante se explicará por qué. Antes, unas líneas para Zaragoza, el fiscal que pretende pasar a la historia por emascular al independentismo para un par de generaciones como mínimo.

Telechistera

En febrero, cuando dio comienzo el juicio, fue llamativo comprobar como la mayor parte de la cúpula independentista sentada en el banco de los acusados se desdecía de la épica mostrada en otoño del 2017. Se llegó a aceptar que, ‘stricto sensu’, no hubo declaración de independencia, que todo fue un espectáculo de prestidigitación política en la que TV3 fue la gran chistera que escondía el truco. Revisada con la moviola aquella sesión del 27 de octubre en la Cámara catalana, así fue. Nada se publicó en el diario oficial de la Generalitat. La respuesta de Zaragoza a esa evidencia, aunque no con este ejemplo, es que la toma de la Bastilla no dejó de serlo porque no se publicara en el diario oficial de Versalles o donde fuera menester. El propósito de independizar Catalunya del resto de España, ha recordado el fiscal, no fue un plan oculto, sino, sorprendentemente, un proceso televisado y tuiteado en directo durante meses, y con “jactancia” de ello, ha añadido. El clímax hubiera sido, visto ahora con perspectiva, que la secretaria general saliera aquel 20 de septiembre de la Conselleria d’Economia en helicóptero, como alegoría de la evacuación de la embajada de Estados Unidos en Vietnam.

Marchena solo ha reñido una vez al público por murmurar, cuando Cadena ha releído el 'tejerazo'

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Zaragoza, en resumen, se ha gustado. Hasta ha definido a Oriol Junqueras como un gran sofista, no en el sentido original del término, sino en el peyorativo. Pero eso no ha sido la novedad de la jornada. Lo inesperado ha sido, lo dicho, Cadena, Bartleby durante el resto del juicio y este martes, en cambio, todo un Melville, tan exhaustivo en la jurisprudencia disponible para sostener que hubo un golpe de Estado como el escritor estadounidense lo fue para convertir ‘Moby Dick’ casi en una enciclopedia del saber ballenero. Pero se ha venido arriba.

El traspié lo ha sufrido cuando ha buscado similitudes entre la violencia del ‘procés’ y la del 23-F. ¡Ay! A ello ha llegado por su afán de defender que lo juzgado es un golpe de Estado. En el único momento en que Marchena ha tenido que regañar al público por murmurar, Cadena acababa de decir que el uso de la fuerza en 1981 no fue mucho más allá del ‘jiu-jitsu’ de pacotilla con el que Antonio Tejero trató de tirar al suelo del hemiciclo del Congreso al teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, entonces, a unos meses de cumplir los 70. Muy simbólicamente, se mantuvo en pie. Pero reducir a eso el golpe de Estado y orillar la balasera al techo de la Cámara baja y el ‘rally’ militar de Milans del Bosch por las calles de Valencia ha sido, sin duda, un disparate.