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el retorno de la ultraderecha

Vox obtiene 24 'cruzados', menos de los previstos para iniciar la reconquista

El partido de Abascal es residual en su patria chica y se asienta en Andalucía y Madrid

Carles Cols

Simpatizantes de Vox escuchando las valoraciones de Santiago Abascal.

Simpatizantes de Vox escuchando las valoraciones de Santiago Abascal. / JOSÉ LUIS ROCA

Con un candidato más apuesto que Millán Astray, Vox ni ha convencido ni ha vencido. Entra en el Congreso de los Diputados, sí, pero lejos de ese tercer puesto del podio, en un triple empate con PP y Ciudadanos, que hace media semana llegaron a apuntar algunos sondeos no publicados. A lo mejor aquellos estudios demoscópicos eran solo un engaño de sus adversarios, por aquello de que el miedo a la ultraderecha llenara las urnas, una estrategia reforzada por Vox, que presumía a través de las redes sociales de llenar los mítines como nadie. Llegado el 28-A, el partido de Santiago Abascal ha logrado 24 escaños y no pasa del quinto puesto en ninguna comunidad autónoma electoralmente significativa, o sea, que no hay Covadonga en la que pueda encastillarse.

El respaldo a Vox ha crecido, sin duda. Ya no es aquel partido que sacó solo 9.867 votos en las elecciones municipales del 2015 en Madrid y, con ello, cifras en mano, dejó tal vez a Esperanza Aguirre sin la alcaldía. Esta vez, en toda España, su discurso de cruzado ha convencido a 2,5 millones de españoles. Una cifra notable, pues en las elecciones general del 2016 obtuvo solo 47.182. La ultraderecha española entra con marca propia en el Congreso de los Diputados por primera vez desde que Fuerza Nueva, con Blas Piñar como único representante, perdió su escaño en 1982. Abascal , entonces, tenía solo seis años y era hijo de un dirigente local de Alianza Popular.

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Fueron las pasadas elecciones andaluzas las que pusieron a Vox en el centro del debate. En una comunidad con hondas raíces de izquierda dio el aldabonazo a las puertas del parlamento andaluz la extrema derecha. Fue el invitado que nadie esperaba en la (perdón) fiesta de la democracia. En las elecciones generales, Vox ha consolidado parcialmente aquel resultado. Seis de los 24 escaños que el partido ha obtenido en todas España los obtiene ahí, pero sin mejorar la quinta plaza que obtuvo en las autónómicas.

También despunta como caladero de votos de la ultraderecha la Comunidad de Madrid (cinco escaños) y la Comunidad Valenciana (tres). En Murcia y Castilla y León, el partido de Abascal se ha aupado hasta la cuarta posición, pero lo que ahí está en juego, en cifras absolutas, no decanta la mayorías. Por simple descarte, queda claro ya que el discurso salvapatrias de Vox no ha convencido apenas en las constitucionalmente llamadas nacionalidades.

Catalunya y País Vasco

En Catalunya, solo Ignacio Garriga ha obtenido el acta de diputado. Podrá presumir al menos de que ha empatado con el PP en esta comunidad. El discurso más escorado a estribor ha obtenido en Catalunya solo dos representantes, Garriga y Cayetana Álvarez de Toledo.

Más llamativo resulta el caso del País Vasco, la patria chica de Abascal. Vox ha obtenido en tierra de este profeta apenas 27.000 votos, pero tan monumental descalabro lo podrá disimular en parte si mira a sus vecinos. Si hace dos semanas los astrónomos obsequiaban al mundo con el primer retrato de un agujero negro, el 28-A ha mostrado otra anomalía cósmica. PP, Ciudadanos y Vox, las tres fuerzas que pretendía unidas refundar España, son extraparlamentarias en esa comunidad.

El tercer caso a tener en cuenta es Galicia, donde el apego al PP, una suerte de PRI al otro lado del Atlántico, deja sin oxígeno a toda fuerza ideológicamente cercana. El partido verde chillón ni se ha acercado a un escaño.

Con todo, en la noche electoral, la cúpula de Vox ha echado mano del manual de todo buen candidato que obtiene menos escaños de los que calculaba. Vamos, ha cantado victoria. El primero en acercarse al micrófono ha sido Javier Ortega Smith, al que no le han faltado focos estas últimas semanas como abogado de la acusación popular en el juicio a la cúpula independentista. Ortega Smith ha ofrecido tal vez un aperitivo del tipo de programa político que Vox pregonará desde el atril del Congreso. Ha puesto al público a corear “Puigdemont, a prisión”.