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80 AÑOS DEL FINAL DE LA GUERRA CIVIL

'Leaving Francoland'

La desolación se extiende en un país que creía haberse inmunizado frente al fascismo

El momento Vox ha medrado sobre la épica de un pasado totalmente inventado

Antón Losada

Visitantes fotografían la fachada del Valle de los Caídos, el agosto pasado.

Visitantes fotografían la fachada del Valle de los Caídos, el agosto pasado. / JOSÉ LUIS ROCA

A muchos españoles les sucede estos días lo mismo que a miles de fans de Michael Jackson tras ver 'Leaving Neverland'. Igual que ellos no dan crédito a que Jacko fuera ese depredador voraz, muchos no pueden creerse que en España, 80 años después del final de la guerra civil, vivan y voten tantos nostálgicos de un franquismo que muchos ni siquiera han vivido. La desolación se ha extendido entre la mayoría de la opinión pública de un país convencido de haberse inmunizado frente al fascismo, tras la amarga lección de 40 años de dictadura.

Xavier Casals

Historiador y profesor de Blanquerna.

Sabíamos que nuestra cultura política estaba empapada de elementos provenientes del franquismo. No éramos conscientes de que había cientos de miles de electores deseando validarlos con su voto. Sabíamos que, en España, la antipolítica vendía porque la política nos parece algo donde es mejor no meterse. En esta visión perfectamente franquista la política no resuelve problemas, la política es el problema y los políticos son el virus. Ahora sabemos que la sacralización de la Transición no se debió a que valoremos el consenso sino a que tememos mucho más la discrepancia. La cultura del pacto nos resulta repulsiva porque, como en todo régimen autoritario, gobernar es ganar y solo ganan los fuertes; los débiles pactan. El único resultado que nos parece decente es la victoria.

La sacralización de la Transición no se debió al valor del consenso, sino a que tememos mucho más la discrepancia

Nada hay que nos desconcierte más que el pluralismo. Desconcierto entre la izquierda bien pensante, tan metida en su papel de defender la Transición frente al adanismo de la nueva política, que se creyó de verdad el relato del entendimiento. Pensaba que podía desenterrar a Franco y apuntarse el tanto entre flores y consenso. Si miles de españoles siguen enterrados en las cunetas es porque lo vencedores quieren que ahí sigan, para que nadie olvide quién ganó la guerra. Aún más desconcierto en la derecha española, que también se había creído lo de su inmunidad frente al populismo de derecha extrema, convencida de que podía quitarles la agenda y luego expulsarles a latigazos del sagrado templo de la democracia.

El padre proveedor y el estricto

George Lakoff argumenta mejor que nadie el ascenso de Donald Trump. Su razonamiento vale para el auge de la derecha extrema. Tendemos a traducir el país y la sociedad a metáforas familiares: la patria es el hogar, un Estado debe ser como una familia y no gastar más de lo que ingresa… El primer gobierno que conocemos es el de nuestra casa. Nuestro conocimiento político crece aplicando a las instituciones lo visto en el gobierno de la familia. La visión progresista y la visión conservadora también se reducen a dos simple metáforas familiares: el padre proveedor y el padre estricto

En la visión conservadora, el padre estricto sabe siempre qué debe hacerse porque distingue perfectamente el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto y lo justo de lo injusto. La autoridad del padre no se discute, se obedece y la desobediencia es y debe ser duramente castigada porque su fundamento reside precisamente en esa superioridad moral. Ni Santiago Abascal ni sus votantes necesitan políticas o explicaciones sobre su programa. El padre estricto no tiene por qué dar explicaciones porque él y sus votantes saben de sobra qué debe hacerse: restaurar un orden moral donde quienes siempre han dominado porque era lo correcto deberían seguir dominando: Dios sobre el hombre, el hombre sobre la naturaleza, los fuertes sobre los débiles, los ricos sobre los pobres, los adultos sobre los niños, la cultura española sobre las otras, España sobre cualquier otro país, los españoles sobre los demás, los hombres sobre las mujeres, los cristianos sobre los no cristianos, el torero sobre el toro, el cazador sobre la presa… El orden conocido y castigo para el desorden, música para las masas en tiempos de tribulación.

Pasado 'fake'

Si España ha multiplicado su riqueza y ha triplicado su bienestar es porque la democracia funcionado

El momento Vox ha medrado sobre la épica de un pasado franquista donde todo estaba claro y regía esa jerarquía moral. España era un país fuerte y unido, todos éramos españoles, blancos, católicos, nos gustaba la paella, los toros, poner el Belén y salir de procesión en Semana Santa; todo estaba en su sitio, los niños eran niños y las niñas eran niñas y los desviados se desviaban en privado. Por supuesto, se trata de un pasado 'fake', totalmente inventado al abrigo de la generosidad de un país que prefirió mirar adelante a ponerse en paz con su historia, amantado por la profunda desconfianza hacia a la democracia heredada del franquismo. En libros de Historia de saldo y los mundos ilusorios de WhatsApp y memes se vende un 'Francoland' donde el Estado era pequeño, reinaba el orden, los españoles iban primero e iban primeros en todo, se iba a misa, no se pagaban impuestos, no había paro, había sanidad y educación para todos y Franco sabía qué era lo mejor.

Se nos ha olvidado que España, en 1975, sufría la tasa de analfabetismo más alta de Europa occidental, no existía la sanidad universal, mucho menos gratuita, el PIB por habitante no alcanzaba al 70% de la media europea, la inflación rondaba el 10% y la Seguridad Social funcionaba, en realidad, como el impuesto que pagaban todos los trabajadores para sostener un Estado al servicio de la voracidad de sus elites depredadoras. Si España ha multiplicado por dos su riqueza y ha triplicado su bienestar durante los últimos 30 años no ha sido por casualidad, sino porque la democracia funciona y el mejor sistema, pero eso parece que nos cuesta más recordarlo.