Ir a contenido

JUICIO AL 'PROCÉS'

Trapero ajusta cuentas en el Supremo

El mayor de los Mossos advirtió de "conflictos graves" antes del 1-O y trazó un plan para detener al 'president' y a su Govern

Llama "irresponsable" a Forn y dice que dejó claro que la policía catalana no apoyaba "el proyecto independentista"

Daniel G. Sastre

El major Josep Lluís Trapero, a su llegada al Tribunal Supremo, este jueves. 

El major Josep Lluís Trapero, a su llegada al Tribunal Supremo, este jueves.  / JOSÉ LUIS ROCA

Qué jornada en el Tribunal Supremo. Tuvo de todo, como los mejores partidos de fútbol: ataques a tumba abierta, defensas vehementes y controvertidas decisiones arbitrales que estuvieron a punto de privar al público de una parte del espectáculo. Pero sobre todo tuvo un arreón en el último minuto que lo cambió todo, un monólogo en el que el protagonista de la jornada, Josep Lluís Trapero, se convirtió en la estrella de lo que llevamos de juicio. Para defender al cuerpo policial, el mayor de los Mossos d’Esquadra dejó al desnudo el abismo que siempre le separó de los dirigentes políticos que impulsaron el referéndum del 1 de octubre y la declaración unilateral de independencia.

Trapero, que fue durante unos meses –entre los atentados de agosto y la DUI- el héroe indiscutible del soberanismo, no pudo ser más lacerante contra quienes durante aquel tiempo le presentaban como el último dique de contención frente al poder del Estado. Sucedió cuando el mayor de los Mossos narró la última reunión que mantuvo la cúpula del cuerpo, tres días antes del 1-O, con Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Joaquim Forn. “Ya habíamos recibido la orden de la jueza, y vemos que eso [el referéndum] no se estaba parando. Iba a haber en la calle dos millones de personas y 12.000 o 15.000 policías, y eso iba a ocasionar conflictos graves de orden público y de seguridad ciudadana”, empezó Trapero, cuestionando la versión de los acusados de que en ningún momento se previó que hubiera violencia durante la votación.

La segunda parte de su arenga a la cúpula del Govern fue una advertencia en toda regla. “Les emplazamos al cumplimiento de la legalidad y de las órdenes judiciales, les dijimos que no se equivocasen con nosotros porque nosotros las íbamos a cumplir. Que no íbamos a quebrar con la legalidad y la Constitución, que no acompañábamos el proyecto independentista. Les dijimos que deberían ser conscientes de que estábamos notificados personalmente por el Tribunal Constitucional, y que corríamos riesgos personales”.

Lo mucho que había sucedido hasta entonces en la jornada del juicio del ‘procés’ quedó en segundo plano. Y eso que no sería extraño que la Generalitat se estuviera planteando conceder la Creu de Sant Jordi a Javier Ortega Smith. Por la impericia del secretario general de Vox, el mayor de los Mossos d’Esquadra tuvo que dejar a medias en primera instancia la aclaración de qué pasó en las trascendentales reuniones que mantuvo, el 26 y el 28 de septiembre, con la cúpula del Govern para pedirle que desconvocara el referéndum. El presidente del Supremo, Manuel Marchena, se puso al mando, y por primera vez en lo que va de juicio hizo uso de la prerrogativa de preguntar él mismo al testigo. Fue cuando Trapero explotó.

Las ganas de Trapero de desmarcarse del Govern que lo embarcó en un proyecto que rechazaba y que le ha valido una acusación por rebelión en la Audiencia Nacional –que podría costarle 11 años de cárcel- ya habían encontrado algunas vías de escape. Como cuando llamó "irresponsable" a Forn por decir antes del 1-O que los Mossos ayudarían a que hubiera votación. O como cuando, sin que nadie le preguntara en concreto sobre ello, el mayor confirmó que, desde dos días antes de la declaración unilateral de independencia, los Mossos tenían “preparado un dispositivo para la detención del ‘president’ y de los ‘consellers’” si la justicia se lo ordenaba.

El olvido de Vox

Un Trapero locuaz y muy convencido de que los Mossos cumplieron la ley en todo momento anunció que iba a contestar a todo. Pero, de forma incomprensible, Ortega Smith se olvidó de preguntarle por las dos reuniones que mantuvo con la cúpula del Govern en los días previos al 1-O. Las precisiones sobre esas citas eran cruciales, pero cuando el mayor de los Mossos intentó abordarlas no pudo hacerlo, porque Javier Melero, otra vez el más listo de la clase, le interrumpió y recordó a Marchena que, por ley, el testigo no podía hablar de ningún tema por el que no le había preguntado la acusación popular, que lo había propuesto. El juez le dio la razón, pero se guardó en la manga la potestad de hacer él mismo esas preguntas, que ejerció en el último minuto.

La declaración de Trapero se convirtió en un ajuste de cuentas contra Puigdemont y los suyos, pero además intentó apuntalar la versión de que los Mossos se limitaron a cumplir órdenes durante el 20-S y el 1-O. Distribuyó culpas entre cuerpos policiales cuando recordó que el dispositivo del día del referéndum era “conjunto” –con la Policía Nacional y la Guardia Civil- y que los Mossos “no tenían otra finalidad” que impedir la votación.

"Incomodidad" compartida con Jané

También constató de nuevo la enorme distancia entre lo que decían en público los dirigentes independentistas y lo que sucedía en privado. El malestar del mayor de los Mossos venía de lejos. Subrayó, por ejemplo, que cuando el antecesor de Forn en Interior, Jordi Jané, dimitió dos meses antes del referéndum por la “deriva política” del Govern, él también estaba ya “incómodo” por la situación.

De hecho, Trapero acusó a Forn de “confundir” a los ciudadanos con la idea de que la policía catalana era cómplice con sus planes. Sus declaraciones acerca de que la labor de los Mossos era propiciar que el 1-O se votara “con normalidad” sentaron “muy mal” en el cuerpo, sobre todo cuando “ya había órdenes judiciales” de impedir un referéndum “ilegal”. “Hubo un comunicado en el que expresábamos nuestro desacuerdo con lo que decía el ‘conseller’”, recordó el mayor.

La imagen que transmitió el mayor de los Mossos fue la de un hombre leal pero harto de ser utilizado como peón en un tablero político en el que nunca se sintió cómodo.