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VOTO PARTICULAR

Aquí llega el Toga Party

Después de días de morderse la lengua, los abogados de Vox pudieron al fin hacer sus preguntas en la prueba testifical

Rafael Tapounet

Una imagen de la fiesta toga de ’Desmadre a la americana’, con John Belushi dándolo todo.

Una imagen de la fiesta toga de ’Desmadre a la americana’, con John Belushi dándolo todo.

Modere su entusiasmo quien, después de leer en el titular lo de ‘Toga Party’ (y de ver la foto), esté ya pensando en los desfases alcohólicos de la fraternidad Delta Tau Chi, con John Belushi en su mejor hora bailando el ‘Shout’ de los Isley Brothers y aterrorizando a cantantes de folk. Esto no es ‘Desmadre a la americana’, aunque a veces lo parezca. El Toga Party es una expresión (que acabo de acuñar) que designa a esas fuerzas políticas que, privadas de la representación institucional necesaria para tener cota de pantalla en los medios, utilizan las causas judiciales con el único propósito de hacerse ver y oír. El Partido de las Togas. Vox, mismamente.

Recogiendo el testigo de aquel seudosindicato ultraderechista de funcionarios llamado Manos Limpias cuyo máximo responsable acabó procesado por estafa, blanqueo, extorsión y amenazas (y creo que aún me dejo algún delito), Vox ha encontrado en la presentación de demandas una vía formidable para asomar la cabeza y empezar la reconquista de España desde los informativos y las tertulias de televisión y radio. El partido que preside Santiago Abascal se ha querellado ya, entre otros, contra Pedro Sánchez, Susana Díaz, Juan Carlos Monedero, Uxue Barkos, Willy Toledo y, claro, el independentismo catalán en pleno. Y no le va mal.

El 'kit' completo de Vox

Los representantes del Toga Party en la causa especial 20907/2017 son Javier Ortega-Smith, secretario general del partido, y Pedro Fernández. Son dos señores tan de Vox que parecen ir disfrazados de señores de Vox: pelo engominado, mentón erguido, corbata verde (Viva El Rey De España), pulserita rojigualda... Su lenguaje corporal, su manera de ocupar el espacio y de estar en el mundo, le hace a uno replantearse la frase del escritor inglés Charles Lamb que Harper Lee utilizó como cita introductoria en ‘Matar a un ruiseñor’: “Yo supongo que los abogados también fueron niños”. ¿Seguro, Charles?

Pues bien, después de varios días de tener que morderse la lengua por la decisión de los encausados de no responder a ninguna pregunta de la acusación popular (esto es, Vox), Ortega-Smith y Fernández pudieron al fin entrar en acción con el inicio de lo que en el argot se conoce como prueba testifical. Y hay que decir que su actuación resultó algo decepcionante. Es cierto que lograron ser reprendidos por el juez Marchena cuando aún no habían formulado ni tres preguntas al primer testigo, pero sus esperados careos con Soraya Sáenz de Santamaría y, sobre todo, Mariano Rajoy carecieron de verdadero ‘punch’. Aunque no de utilidad, puesto que sirvieron para dejar claro que el principal interés de Vox en este juicio es acreditar que representantes del Gobierno del PP se reunieron en diversas ocasiones con altos cargos de la Generalitat en los meses previos al 1-0 (¡felonía!) y preguntar por qué, con el pitote que se había montado, el Ejecutivo se limitó a aplicar el artículo 155 de la Constitución cuando tenía a mano el 116, que conlleva la suspensión de numerosos derechos fundamentales y la posibilidad de que el Ejército asuma la autoridad.

Soraya y el Código Rojo

Pero el papel de togado estrella de la sesión se lo adjudicó, limpiamente, Xavier Melero, que representa los intereses de Joaquim Forn y que, a diferencia del resto de abogados de la defensa, sí se ajusta a las (altas) expectativas de cualquier buen aficionado a las películas de juicios como el que esto suscribe. Carente de apriorismos ideológicos, claro en sus exposiciones, exquisito en las formas y tenaz a la hora de interrogar, Melero fue el único que consiguió borrar la sonrisa del rostro de Sáenz de Santamaría con sus cuestiones sobre el dispositivo policial del 1-0 (solo le faltó preguntarle si ordenó el Código Rojo). A Rajoy, en cambio, lo dejó marchar. Tal vez se apiadó de él al ver que, después de una hora y tres cuartos de declaración, el expresidente solo parecía pensar: “A ver si vamos terminando que a las nueve juega el Madrid”.