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ADIÓS A UNA INSTITUCIÓN

30 años en disolución

El consejo comarcal del Barcelonès llega a su fin tras pasar desapercibido a lo largo de tres décadas

El miedo de Jordi Pujol al contrapoder de Pasqual Maragall le llevó a diluir la realidad metropolitana

Xabi Barrena Júlia Regué

Pasqual Maragall y Jordi Pujol, en una imagen de mayo de 1985. 

Pasqual Maragall y Jordi Pujol, en una imagen de mayo de 1985.  / SANTIAGO BARTOLOME

Una de las principales obsesiones del nacionalismo catalán ha sido siempre acabar o, como mínimo, desleír la división de Catalunya en provincias, por entenderlas como la quintaesencia del centralismo jacobino español. Jordi Pujol, en los 80, echó mano de la división comarcal diseñada por el geógrafo Pau Vila -en los años 30- con ese objetivo. No importó que la Catalunya de 1987 no tuviera nada que ver con la de 1937. Ni que el crecimiento de la ciudad de Barcelona convirtiera la urbe en una mancha que se desparrama por hasta cuatro comarcas. 

El plan comarcal daba respuesta, además y sobre todo, al segundo gran enemigo conceptual del pujolismo, es decir, la Corporación Metropolitana de Barcelona (CMB), el gobierno de la 'ciudad real' que promovió el archienemigo de Pujol,  Pasqual Maragall,  y que el propio 'president', como poco antes había hecho Margaret Thatcher con el Greater London, eliminó de un plumazo. Que la capital del país contara con la mitad de la población del territorio, y además estuviera controlada por el enemigo, era algo que provocaba insomnio a CiU.

Así pues nació la comarca del Barcelonès, con cinco municipios que sumaban apenas 2,4 millones de habitantes de un continuo urbano que superaba los 3,3 millones. Que Barcelona, Badalona, L’Hospitalet de Llobregat, Santa Coloma de Gramenet y Sant Adrià de Besòs estuvieran bajo un paraguas comarcal y, por ejemplo, El Prat, Cornellà y Esplugues, en otro, se demostró rápidamente que era bastante absurdo.

En una comarca al uso, en el ‘rere-país’, el cometido del consejo comarcal es clave, por ejemplo, en materia económica. Y ahí está el trabajo en la Terra Alta en la promoción del vino blanco obtenido de garnacha blanca como pequeño ejemplo. Pero, ¿y en el Barcelonés? Pues básicamente de apoyo. Con un pleno con 39 miembros, un consejo con los cinco alcaldes y una estructura que había contado con hasta ocho vicepresidentes (en el periodo 2011-2015), el consejo comarcal, en estos 30 años de vida, ejerció competencias de ordenamiento del territorio y ha gestionado servicios sociales y deportivos. A través de sus empresas, como Regesa, ha creado vivienda y aparcamientos. Todo ello en competencia, más que en colaboración, con los propios ayuntamientos y la diputación provincial. Entre sus gastos ordinarios, cabe contar que quizá el más relevante fue el del mantenimiento integral de las rondas. En sus últimas cuentas el presupuesto liquidado fue de unos 39 millones de euros. 

Cuando los convergentes, ya sin Pujol, perdieron el miedo a la 'megalópolis' barcelonesa y se reconciliaron con el continuo urbano, algo que debe apuntarse en el haber de Xavier Trias y de su lugarteniente Joaquim Forn, cuajó la idea de reverdecer el gobierno de la 'ciudad real', que no metropolitano por cuanto este último ámbito alcanza a seis millones de personas y centenares de kilómetros cuadrados. En los últimos estertores de la 'sociovergència', PSC y CiU dieron carta de naturaleza a la Área Metropolitana (la AMB) en el 2011. Desde entonces, el solapamiento de funciones entre todas las administraciones implicadas ha sido imposible de esconder. La supresión de este consejo comarcal no lo solventa, pero lo aligera. Y 30 años después da la razón a Pasqual Maragall.  

Temas: Parlament