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El incomprensible 21-D de Pedro Sánchez

El Consejo de Ministros era evitable e innecesario, ha encrespado más la situación y no producirá resultados positivos, como demostraron las declaraciones de Artadi

Torra, que asume sin rebozo la suplencia que ejerce, es el peor interlocutor posible porque no actúa institucionalmente y carece de aptitudes para desempeñar su cargo

José Antonio Zarzalejos

Pedro Sánchez y Quim Torra, el pasado diciembre en Barcelona.

Pedro Sánchez y Quim Torra, el pasado diciembre en Barcelona.

El filósofo Daniel Innerarity acaba de publicar el ensayo 'Comprender la democracia' (editorial Gedisa). En la página 34 del opúsculo escribe: "Cuando los ciudadanos o electores están desbordados y no consiguen comprender lo que está en juego, entonces la libertad de opinión y decisión pueden ser consideradas un reconocimiento formal irrealizable". Y añade: "Una opinión pública que no entienda la política y que no sea capaz de juzgarla puede ser fácilmente instrumentalizada o enviar señales equívocas al sistema político. Esta confusión explica buena parte de los comportamientos políticos regresivos: la simplificación populista, la inclinación al decisionismo autoritario o el consumo pasivo de una política mediáticamente escenificada".

El académico bilbaíno no ha redactado esta reflexión pensando en la crisis catalana, pero le viene como anillo al dedo y sirve como herramienta dialéctica para reprochar a Pedro Sánchez la ininteligibilidad de sus decisiones, comportamientos y gestos durante sus últimas 36 horas en Barcelona. El mismo hecho de que el 21-D se haya producido como jornada conflictiva, a un año de las elecciones catalanas convocadas al amparo del 155, carece de explicación. El Consejo de Ministros en la ciudad condal se entendió en su momento como un hito en el progreso hacia una normalización de la situación en Catalunya, pero nunca como una "provocación" que exigiese la "bunkerización" de la ciudad con 9.000 efectivos de tres cuerpos policiales. O la reunión del Gobierno resultaba balsámica en el contexto catalán y español, o debió haberse aplazado o eludido.

Desde que en julio pasado el presidente del Gobierno recibiese a Quim Torra en la Moncloa hasta este viernes, los síntomas de deslealtad por parte del responsable vicario de la Generalitat han resultado inequívocos de su voluntad dinamitera hacia cualquier consenso o entendimiento. De tal manera que el presidente de la Generalitat -que asume sin rebozo la suplencia que ejerce- se ha mostrado como el peor interlocutor de todos los posibles, tanto porque no actúa con el mínimo sentido institucional  como por sus obvias carencias técnicas e intelectuales para desempeñar su cargo.

El insólito comunicado

Sus apelaciones a que los CDR "aprieten" y su invocación a la vía eslovena o sus actitudes desafiantes a la legalidad y el buen sentido, exigían a Sánchez el discurso que pronunció el pasado día 12 en el Congreso de los Diputados y debieron descartar la 'minicumbre' del jueves en Pedralbes y el insólito comunicado conjunto entre el Gobierno de España y el de la Generalitat que compra el lenguaje del independentismo, incurre en una ambigüedad resistente a cualquier interpretación jurídica coherente y omite la mención expresa a la Constitución, esa que el Ejecutivo aseguró asir en una mano mientras en la otra exhibía su voluntad de diálogo.

La nota conjunta omite la mención expresa a la Constitución cuando el Gobierno aseguró que con una mano la asiría y con la otra enarbolaría el diálogo

El grave problema del presidente del Gobierno es su incongruencia con respecto a la crisis catalana, sus bandazos, sus tránsitos fulminantes de criterio. Lo son pasar de considerar a Torra como "el Le Pen de la política española" (mayo del 2018) a interlocutor válido; de mantener que el catalán "miente" y que el independentismo utiliza "falacias, ilusiones falsas y trampas dialécticas" (12 de diciembre) a reunirse con el representante de esa impostura y pactar los términos de un texto que esconde la otra realidad que pesa como una losa: la presunción vivísima de que los políticos independentistas presos pudieron cometer delitos de rebeliónsediciónmalversación y desobediencia por los que van a ser juzgados de inmediato por el Tribunal Supremo. Sí, hay un conflicto político en el problema catalán; pero también -y es determinante- unos hechos definitivamente insurreccionales.

Todas estas circunstancias y muchas otras de larguísimo enunciado (la más importante, la obviedad de que la política institucional en Catalunya está dirigida desde Waterloo por un fugado de la justicia) arrojan una desoladora confusión sobre la intencionalidad real de las políticas del presidente del Gobierno. Es legítimo preguntarse si lo que Sánchez pretende es driblar la coyuntura y obtener el respaldo independentista a los Presupuestos Generales del Estado y así concluir la legislatura, o si su intención consiste en avanzar en un arreglo de fondo de la crisis catalana. Lo primero es improbabilísimo, aunque Sánchez haya comprado tiempo hasta la primavera para evitar así el 'superdomingo' electoral del 26 de mayo que aterroriza al PSOE; pero lo segundo es imposible por falta de voluntad negociadora de sus interlocutores y por la carencia de recursos propios: 84 diputados en el Congreso, un desgaste electoral que se ha mostrado muy peligroso para los socialistas en Andalucía y la emergencia de una extrema derecha que ha tomado impulso en el hartazgo de la cuestión catalana como causa sistémica de la desestabilización del Estado.

Un bastión policial

Este 21-D, con todo lo que ha comportado, era evitable, ha resultado por completo innecesario, ha encrespado todavía más la situación y, a la postre, no producirá resultados positivos. Un Consejo de Ministros a contrapelo, precedido de una surrealista escenificación bilateral en Pedralbes, y un comunicado conjunto insólito y ambiguo, han ofrecido la oportunidad de mostrar a la opinión pública catalana y de toda España cómo la ciudad de Barcelona se convertía en un bastión policial para proteger la celebración de un Consejo de Ministros. Un despropósito que Elsa Artadi se encargó de subrayar, vengativamente, a primera hora de la tarde de este viernes. Vuelvo a Innerarity: "El ciudadano corriente vive hoy la política como un exceso de ruido que no le orienta, pero sirve para irritarle". E irritados, en fin, están los unos y lo están los otros.