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REPOSICIONAMIENTO

PP y Cs pugnan por la derecha que quiere mano dura en Catalunya

Casado y Rivera duplican sus propuestas e intervenciones contra el secesionismo un año después del 1-O

Un posible adelanto electoral y el intento de VOX de hacerse hueco reaviva la lucha de ambos por el voto conservador

Gemma Robles

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera (izquierda), y el del PP, Pablo Casado.

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera (izquierda), y el del PP, Pablo Casado. / EFE

Sostiene un dirigente del PP que uno de los pecados políticos del expresidente Mariano Rajoy fue aplicar el 155 en Catalunya sin explicar que lo hacía de forma "blandita" por los "frenos" que introdujeron PSOE y Ciudadanos, fundamentalmente. Y que su partido aún está pagando por ello. "El presidente quiso una operación de Estado con el 155, lo que le honra, pero debió saber comunicar con detalle lo que cedía a la oposición. La idea que ha quedado en los nuestros es que se hizo una cosa muy flojita que no paró a los independentistas y que Albert Rivera hubiera sido más duro, aunque sea falso", apuntan en el partido. 

Eso explica que en estos últimos días de convulsión en el Parlament y las calles catalanas, coincidiendo con el primer aniversario del 1-O, Pablo Casado y su equipo repitan allá por donde van que no fue posible hacer una intervención más efectiva porque los socialistas exigieron que no se tocara TV3 o la educación. O porque pusieron límites de última hora al control de los Mossos entre otras cosas, siempre según su versión, mientras Rivera reclamaba una operación exprés sólo para convocar comicios autonómicos.

Quieren dar a entender a su potencial clientela electoral que de aquellos polvos negociadores que no comparten, los actuales lodos y, especialmente, que Rivera no es la opción "útil" para las próximas generales, esas que nadie se atreve ya a descartar que puedan adelantarse al próximo año. De ahí las prisas del actual PP por mostrarse como un partido "diferente" al que capitaneó Rajoy en la gestión la crisis soberanista, capaz de echarle un pulso a los naranjas para medir quién tiene ahora la mano más dura frente a los secesionistas. Tarea compleja porque Casado pertenía a la dirección popular anterior y no se le conoce crítica interna a la gestión de sus antecesores. Además, el fracaso de los de Rajoy en las últimas catalanas aún es una herida sin cerrar en su organización. 

El fantasma del 21-D y la convención ideológica

Aquellas elecciones catalanas fueron convocadas por Rajoy desde Madrid, en diciembre de 2017. Los naranjas ganaron en votos "por pedir siempre más mano dura que los demás en el minuto adecuado, daba igual sobre qué o si era realista lo que pedían o si la jornada anterior habían dicho lo contrario", concluyen las fuentes del PP consultadas. Los populares pasaron de 11 a 4 diputados. Un resultado terrorífico para sus expectativas en Catalunya y en el resto de España a medio plazo que les hizo entrar en una crisis colectiva, política y emocional, que no supieron entonces combatir (mientras Rivera seguía subiendo en sondeos) y que arrastraron hasta su abrupta salida del Ejecutivo central, vía moción de censura para castigar la corrupción.

Rajoy no solo abandonó la Moncloa, también su sede en la calle Génova. Fue sustituido por Casado, que se comprometió a ser férreo en Catalunya. Su objetivo es que no cale la idea en los votantes más conservadores de que votar a Cs es más efectivo que apoyar al PP para plantar cara a los secesionistas. Se trata de recuperar el ideario ortodoxo de la derecha en éste y otros aspectos dejando el pragmatismo para otra ocasión. En ese contexto se deben entender propuestas como convertir en delito la sola convocatoria de un referéndum; ilegalizar a partidos que alienten la división social o cortarles las subvenciones públicas. Todo un ramillete de medidas de gran impacto y dudosa viabilidad que serán recogidas y ampliadas en la convención ideológica que los populares celebrarán en diciembre.

Vox quiere sumarse a la batalla

Así las cosas Catalunya se ha convertido en el principal terreno de batalla entre el PP y Ciudadanos, dos organizaciones que apenas se dan un respiro en su carrera hacia el trono de la derecha electoral española. Se ha convertido en habitual observar a Casado y  Rivera competir a la hora de ametrallar a la opinión pública con declaraciones y propuestas ligadas a la actualidad catalana. Valga como ejemplo lo que ocurrirá la próxima semana en Congreso y Senado, donde ambos partidos llenarán la agenda de estas Cámaras de cuestiones ligadas al ‘proces’.

 El jefe de Ciudadanos golpea retóricamente con este asunto a diestra y siniestra, por si de paso gana terreno en el centro más indeciso y oscilante. Y no parece que vaya a tomarse un descanso. A siniestra, porque no comulga con que Pedro Sánchez dialogue con los soberanistas. A la diestra, porque recrimina a los populares que no fueran más contundentes cuando tuvieron oportunidad desde el Gobierno. Él receta, y exige ahora, un 155 plenipotencial y sin fecha de caducidad. La posible recuperación del PP, si Casado tiene oportunidad de convencer a los suyos del cambio, y la aparición en el escenario de Vox  -que ha convocado este domingo en Madrid un macroacto y que, según el CIS, podría llegar a tener representación en el Congreso-hacen que Rivera no baje la guardia en la zona derecha del tablero electoral.