30 mar 2020

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INVESTIGACIÓN

Junqueras, antes del 1-O: "Así no se puede seguir"

Las dudas de parte de los 'consellers', todos del PDECat, pusieron en peligro el referéndum

El 'sanedrín' externo al Executiu fue ganando peso y chocó con miembros del Govern

Xabi Barrena / Fidel Masreal

Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Jordi Turull, durante el pleno de la ley de ruptura en el Parlament

Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Jordi Turull, durante el pleno de la ley de ruptura en el Parlament / JULIO CARBÓ

A poco más de tres meses para el 1-O, con agosto de por medio, la posibilidad real de llevar adelante el referéndum eran mínimas. De hecho, se cumplían en julio los augurios que parte del Govern había hecho meses atrás y que llevaron al vicepresidente Oriol Junqueras a sentenciar, ante propios y extraños: "Así no se puede seguir". Junqueras era el encargado por el ‘president’ Carles Puigdemont de llevar a cabo el referéndum. Y es que con la crisis de Govern del 14 de julio, explotó una situación que llevaba meses larvándose, en un ambiente de reproches mutuos entre posconvergentes (que acusaban a Junqueras de no querer mancharse las manos) y republicanos (que apuntaban a los ‘consellers’ del PDECat de no estar alineados con el 1-O).

Ya antes, alrededor de Semana Santa, en un almuerzo entre Puigdemont y Junqueras, se resolvió la creación de un 'sanedrín' externo. En ese almuerzo participaron los tres principales integrantes de ese núcleo impulsor del referéndum, con plenos poderes. Se trataba de David Madí, exmano derecha de Artur Mas en el Govern y en Convergència, un hombre liberal con fama de tomar decisiones ejecutivas e imperativas; Oriol Soler, exjefe de campaña de Junts pel Sí; y Xavier Vendrell, el todopoderoso exsecretario de organización de Esquerra.

Junto a ellos, en ese ‘consejo de notarios’ que debía de velar por el cumplimiento de los planes, se sumaron en ocasiones los líderes de las entidades sociales del independentismo, Jordi Sànchez (ANC) y Jordi Cuixart (Òmnium), así como Mas y los dirigentes de ERC y PDECat Marta Rovira y David Bonvehí. Es en ese abril cuando ERC impone celebrar un acto en el Pati dels Tarongers del Palau de la Generalitat en el que todo el Govern se conjurase públicamente, mediante firma, para sacar adelante la consulta.

Govern dividido

Pero el quid de la cuestión es que casi la mitad del Executiu no veía claro realizar un referéndum fuera de la legalidad. Casi todos los ‘consellers’ del PDEcat, a excepción de Josep Rull, abogaban por unas nuevas elecciones de carácter plebiscitario, como las celebradas en el 2015. Y eso, en julio, ponía en riesgo la logística del 1-O.

En el bando republicano, como lo atestiguan las grabaciones de la Guardia Civil, en concreto una a Marta Rovira en que exclama que ERC "está sola" al cargo del referéndum, cunde el desánimo y la indignación. Esquerra, y también el ‘sanedrín’, consideraba que los tibios con el 1-O no podían controlar dos áreas tan sensibles como los procesos electorales y los Mossos. Incluso Mas secundaba la idea de la remodelación del Govern.

Críticas de Vila

Los choques entre algunos miembros del Executiu y el ‘sanedrín’ estaban a la orden del día. Se daban órdenes explícitas para sacar adelante la consulta. Como explica el 'exconseller' Santi Vila, en los meses finales de la legislatura había dos espacios de decisión: uno vinculado al Govern y un grupo de impulso del referéndum al margen de todos los estamentos reglados.

En el Consell Executiu de los martes se despachaba, y muy por encima, lo que llegaba desde estos espacios de influencia. Vila revela que "estos espacios de decisión no reglados tenían más poder de lo que algunos imaginábamos e influencia sobre las decisiones que se tomaron". El ejemplo gráfico de ese malestar es la trifulca entre el secretario del Govern, Joan Vidal de Ciurana, y el 'sanedrín', durante un cónclave en el que no estaba Puigdemont.

Uno de los principales puntos de fricción era el duelo entre la ‘consellera’ de Governació, Meritxell Borràs, y Junqueras por ver quién tenía que comprar las urnas. En una reunión del Govern, el vicepresidente aprestó a Borràs, pues la competencia de procesos electorales dependía de ella. El debate encendido y el cruce de recriminaciones entre los dos bandos continuó en los días siguientes.

Una entrevista del entonces ‘conseller’ de Empresa, Jordi Baiget, el 2 de julio, abrió la caja de los truenos. En ella se mostraba escéptico sobre la posibilidad de que se realizara el referéndum. La crisis se saldó con su cabeza, pero fue solo un parche. Finalmente, Puigdemont decidió acometer la renovación que le reclamaban sus socios republicanos y el 'sanedrín'. También Mas.

Reunión uno a uno

El ‘president’, que siempre remó decididamente hacia el 1-O, aunque titubeó a la hora de mantener o no a los díscolos, se reunió con los ‘consellers’ de su partido. Uno a uno. Tomó la decisión de centrar la depuración en los 'consellers' posconvergentes, lo que generó el enfado monumental de la entonces líder del partido, Marta Pascal.

Pascal exigió entonces que a los nombres de Neus MuntéJordi JanéMeritxell Ruiz Joan Vidal de Ciurana se sumasen uno o dos republicanos. Para más inri, Borràs perdió las competencias de procesos electorales, aunque se le permitió seguir. Igual que Santi Vila, una de las cabezas más reclamadas por los más hiperventilados, pero cuya área de gestión era estanca con el 1-O. Quiso Puigdemont, así, marcar perfil y no dar una imagen de sumisión ante ERC.

También Junqueras se reunió con sus ‘consellers’ para saber el grado de adscripción al 1-O. Les dijo que si alguien dudaba, ese era el momento de salir del Executiu, porque la exigencia de Pascal les daba una coartada honorable para abandonar. Nadie quiso.

El mismo día en que se comunicaron los cambios, Puigdemont y Junqueras se citaron. Sobre la mesa, el nombre del republicano a expulsar. El vicepresidente se niega y, solo al final, se abre a dos nombres. A los dos únicos miembros del partido. Él mismo y el ‘conseller’ de Justícia, Carles Mundó. Puigdemont, que tampoco atornilló al republicano, al final, opta por no hacer dimitir a nadie de ERC.

Junqueras se refugió entonces en su despacho del Palau de la Generalitat, con los suyos. Temen que la cólera del PDECat fuerce a Puigdemont a rectificar y los republicanos cortan toda comunicación telefónica. Incluso hacen oídos sordos a alguna llamada a la puerta. Dejan correr el reloj hasta la hora de la comparecencia ante la prensa, que comparten ‘president’ y 'vicepresident' para evitar reabrir el asunto.

Las consecuencias

Las consecuencias de esa crisis son varias. Así, por ejemplo, el ‘sanedrín’ cobra mayor poder. Las reuniones se prolongan hasta el 30 de septiembre, la víspera del referéndum. En esa reunión, por ejemplo, se decide aplicar el censo universal, es decir, que cualquier persona pudiera votar en cualquier colegio.

La entrada en el Govern de Jordi Turull y Quim Forn, firmes partidarios del 1-O, cohesionaron el grupo y todo empezó a fluir. Las etapas se fueron quemando. Un particular compró las urnas, algo que ERC estaba dispuesta a hacer por ella misma ("Si no podemos gastar 60.000 euros en eso, vamos mal", dijo un alto cargo republicano), y una red ciudadana las distribuyó. Para sorpresa de todos, Govern y ‘sanedrín’ incluidos, la Guardia Civil no aprehendió ni una.

Y Puigdemont, hasta ese momento un ‘outsider’ en el PDEcat, emergió como el nuevo líder posconvergente. Se concentraron todas las energías en el 1-O. Tanto fue así que nadie se cuidó de responder una pregunta: después del 1-O, ¿qué?