17 feb 2020

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INVESTIGACIÓN

"Guardamos 22 urnas y no sabíamos qué teníamos que hacer con ellas"

Las cajas llegaron a los colegios mediante una pirámide de desconocidos unidos por una confianza ciega

Diferentes protagonistas de la jornada relatan a EL PERIÓDICO cuál fue su papel en el referéndum del 1-O

Júlia Regué

Llegada de las urnas, a primera hora de ayer, a la Escola Industrial.

Llegada de las urnas, a primera hora de ayer, a la Escola Industrial. / FERRAN SENDRA

Las urnas se convirtieron en el emblema del referéndum. El tesoro más buscado por los cuerpos de seguridad que se abalanzaron sobre centenares de personas que las custodiaban en los puntos de votación. La Guardia Civil requisó miles de papeletas, pero ni rastro de las cajas de policluro de vinilo (PVC). Y el 1 de octubre del 2017, estas se abrieron paso entre improvisados pasillos, envueltas en grandes bolsas de basura.

Un engranaje clandestino se organizó para lograrlo. No se conocían unos a otros, solo les unía una ciega confianza y las indicaciones de algún allegado que, a su vez, recibía instrucciones de otro extraño. Forjaron una pirámide de desconocidos encabezada por Lluís (nombre ficticio), el encargado de diseñar, comprar y gestionar las 10.000 urnas. Según explicó en TV-3, las encargó a una empresa de China en el mes de junio y amarraron en el puerto de Marsella, desde donde fueron transportadas hasta la Catalunya francesa. Allí, las dividieron en ocho almacenes para distribuirlas por todo el territorio catalán.

Llamadas intempestivas

Carme y Albert no se acordaban que se habían alistado a la web de voluntarios para el referéndum, un dominio digital que fue capado y mutado varias veces por el Govern ante el cierre de estas páginas por orden judicial, cuando dos semanas antes del 1-O fueron citados por un hombre que no se identificó. Mantuvieron una conversación informal, sin instrucciones. Solo cabía saber "si querían formar parte del 1-O". Asintieron entregados y conscientes de su enorme desconocimiento.

Su móvil no volvió a sonar hasta el miércoles 27 de septiembre. Fueron citados, esta vez juntos, a una nueva convocatoria. Todo parecía mucho más serio pero no por eso menos misterioso. A su llegada al local debían confirmar sus datos personales y abandonar su teléfono móvil. Se sentaron junto a otros sesenta desconocidos. "Pese al anonimato, sentíamos que había un lazo de confianza. Esa era la clave del operativo", relatan. "Y es que en ningún momento nos dijeron que había urnas. Solo que estuviéramos pendientes de nuestro teléfono". Se fueron con el típico manual electoral para figurar en las mesas y una copia de la ley del referéndum bajo el brazo.

El viernes al mediodía recibieron otra llamada: "Te llamo por la fiesta del domingo", entonó una voz, según explica Carme, y le indicó que debía subirse inmediatamente a su coche, borrar ese número e ir a por el "confeti". "Llegué a un callejón. Había un almacén con la persiana bajada y una mujer bastante nerviosa. Cotejó mis datos y me dijo que diera una vuelta a la manzana. Al volver, levantó un metro la persiana y metió 13 urnas, papeletas y bridas en mi maletero. Ni bajé del coche", explica. Lo mismo le sucedió a Albert. "En total, guardamos 22 urnas en casa pero no sabíamos qué teníamos que hacer con ellas".

No recibieron noticias hasta dos días más tarde. Les agregaron en grupos de Signal. Descubrieron entonces que tenían distintos coordinadores y que debían llevar las cajas a colegios diferentes: él a la escuela de la Concepció y ella a la de Els Encants. "Hicimos una segunda reunión el viernes en ‘petit comité’, muy individualizada, y nos dijeron que éramos los Representantes de la Administración (RA). Pregunté qué tenía que hacer con las urnas y me respondió que él no sabía nada de eso, que ya me enteraría. Era un nivel de incógnita y nerviosismo brutal", confiesa Carme.

"El sábado, por la noche, me avisan de que ya saben lo del censo y quedamos. Me dijeron que sería universal y me dieron las últimas indicaciones: que las urnas se llevaban el domingo a las 7 de la mañana, no antes", prosigue Albert.

Y así lo hicieron, cargaron las cajas en distintos vehículos a las 5 de la mañana con la ayuda de algunos amigos. "No nos preocupaba si podía pasarnos algo a nivel judicial, sino errar y que miles de personas no pudieran votar", aseguran. Las trasladaron sin contratiempos. 

La llegada del confeti

"Bajaron dos chicas de una moto. Fueron a hablar con el primero que encontraron y este me señaló. Se acercaron y, sin intercambiar saludo ni nombres, me dijeron: "Pronto llegará el confeti. Eres el encargado de organizar un pasillo rápidamente cuando aparezca un coche con la matrícula indicada", explica Marcel, que gestionó la votación en la escuela Ramón Llull: "Fue muy disimulado".

A Mayka la despertaron a gritos de '¡Llegan las urnas!'. Descansaba un rato después de dos días clausurada en la escuela Collaso: "¿Cómo van a llegar si no me han llamado?", espetó. No había compartido con nadie que ella era el contacto para entrar las cajas de PVC. Desconfiaba del resto, y el resto de ella. Hasta entonces. "Me ofrecí voluntaria para una mesa. Cuando la Guardia Civil cerraba una web nos facilitaban unos códigos nuevos", recuerda. "Teníamos el coordinador, en contacto directo a través de Signal, y un teléfono de una central donde había los informáticos", añade Carme.

La imágenes de la intervención policial acrecentaron los nervios. "La consigna era garantizar los votos que teníamos. Si pasaba algo, había que esconder las urnas", coinciden. Todos tenían preparada una guarida o habían ideado un plan de evacuación. 

Roger también fue RA pero es mucho más rezagado a explicar su historia porque cree que puede poner en peligro a terceros. "Nuestra tarea era que entrasen las urnas, organizar las mesas y transmitir los resultados. Éramos un apoyo, teníamos los contactos y sabíamos cómo funcionaba todo. Dirigíamos la votación", asegura, y añade: "Sin la confianza nada de esto hubiese salido adelante. Todos pusimos nuestro pequeño grano de arena".

¿Y qué pasó con las urnas? Permanecieron en los centros y algunos responsables de la votación quisieron llevarse una como recuerdo. "Hay que guardarlas, quién sabe cuando las volveremos a necesitar", espeta Albert.