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DESDE MADRID

La legislatura está zombi

Los casos de los másters han mutado y la polémica sobre su doctorado lastra a Pedro Sánchez

Si Casado cae, el PP tiene en la reserva a Núñez Feijóo

José Antonio Zarzalejos

Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez. / PIERRE-PHILIPPE MARCOU

Del cielo (político) con el “gobierno bonito”, al infierno (político) de la sospecha, las contradicciones y los fracasos. La primera idea de Pedro Sánchez –convocar elecciones “cuanto antes”- siempre fue la mejor, y la peor de todas, desecharla e intentar una travesía con 84 diputados y un equipo de gobierno improvisado, heterogéneo y atractivo pero cuyos resultados (malos) se han comprobado en 101 días de gestión: no hay precedente de dos dimisiones de ministros en los tres primeros meses de andadura de un Ejecutivo democrático.

Aunque el presidente resista en Moncloa la embestida mediática que pone en duda su “integridad académica” en la elaboración de su tesis doctoral y el no menor empuje de Ciudadanos y Albert Rivera –que se han revelado como la auténtica oposición- y aunque los acontecimientos no se desborden en Catalunya, la legislatura está zombi.

Llegará temporalmente a donde llegue, pero el irreversible e irrespirable clima de desentendimiento entre todas las fuerzas políticas plantea la realidad de que hemos entrado en un tiempo “basura” que, además, y como era de prever, perjudica ya las expectativas del PSOE.

La dimisión de Carmen Montón como ministra de Sanidad tiene una importancia cualitativa muy superior a la de Màxim Huerta en Cultura y Deportes el pasado 14 de junio. La valenciana formaba parte del núcleo duro del Gobierno. Y el presidente la reservaba para cubrir importante objetivos políticos.

De ahí que el miércoles un desencajado Pedro Sánchez sucumbiese parlamentariamente a la pregunta de Rivera –que podía reglamentariamente haber eludido- y mostrase su rostro más débil: no sólo se refirió a su tesis dando cuerpo a la sospecha que planteó el líder de Ciudadanos, sino que también mostró la herida personal y política que le había causado la marcha de Carmen Montón, mientras tenía que soportar estoicamente que Pablo Casado estuviese presente en su escaño. Y que, en caso de caer ante el Supremo, sería sustituido por Núñez Feijóo. Es el plan B de los conservadores.

Rivera –y  determinados medios en una apuesta al todo o nada- logró convertir el “caso Montón” en el caso “tesis doctoral del presidente”, lo que ha obligado a Sánchez a tomar una buena decisión: autorizar la publicación digital de su trabajo sobre “diplomacia económica”. De los 'masters fakes' hemos pasado a otra dimensión: la corrección académica del doctor Sánchez.

Y aunque, en el mejor de los casos para él, su tesis verificada con algunas enmiendas no menores,  no desencadene una crisis adicional, la teoría de un plagio parcial o de sus intertextualidades ha alcanzado ya autonomía mediática y política. En España, desde Felipe II y Antonio Pérez, la extensión incontrolada y la persistencia de la sospecha contra los titulares del poder es un elemento idiosincrático de la ciudadanía.

En este terreno político tan embarrado las contradicciones del Ejecutivo son muy serias, sea sobre la asistencia letrada a Llarena ante la jurisdicción belga, en la que la ministra de Justicia resultó desautorizada, sea el de la venta bombas a Arabia Saudí, en la que ha salido también malparada la ministra de Defensa, pasando por otros asuntos menores pero muy llamativos en los que la coordinación gubernamental ha brillado por su ausencia poniendo en jaques las cualidades para esa misión de la vicepresidencia, Carmen Calvo, y la idoneidad del director del Gabinete del Presidente, Iván Redondo.

Únase a todo ello el uso intensivo del real decreto ley y se llegará a la desagradable conclusión de que el Ejecutivo no da pie con bolo después de haber generado unas expectativas exorbitantes. Y si aguanta –y, posiblemente aguantará- será más por la extrema debilidad del PP –con Pablo Casado en su particular brete judicial- que por razones de excelencia o acierto en la gestión. Salvo Ciudadanos, no hay partido con hambre de comicios.

Tampoco la cuestión catalana ha mejorado pese a los esfuerzos conciliadores del Gobierno que han comprometido al siempre honrado e ideológicamente íntegro Josep Borrell. La división interna del independentismo y la sucesión de Diadas que se comportan como fases álgidas de una crisis crónica han inmunizado al Estado que esta semana ha protagonizado un expresivo acto de cohesión y fortaleza con motivo de la apertura del año judicial.

La magistratura y la nueva fiscala general, ante el Rey,  defendieron cerradamente el principio de legalidad en nuestro Estado de Derecho. Un principio al que se acogía la proposición inicialmente pactada el miércoles entre los diputados del PDECat en el Congreso y el grupo socialista y que se abortó a última hora, no se sabe bien si por los recelos de una ERC con la brújula alocada o por la presión remota de Carles Puigdemont. La oportunidad se perdió y no parece que regresará a corto plazo.

Sin presupuesto y sin posibilidad de mayorías eficientes para una legislación ordinaria, con el control del Senado por el PP y unas elecciones andaluzas que podrían celebrarse el próximo 25 de noviembre, con Podemos en depresión en Madrid y Catalunya, Rivera vuelve por sus fueros después de la moción de censura a Rajoy, que le descolocó. El presidente de Ciudadanos ha buscado su momento  y se ha convertido en el referente de una situación que ha dado un vuelco y hace agónica una legislatura que, a estas alturas, ya debería haber dispuesto de fecha de caducidad.

Después de la expulsión de Rajoy y del PP, algunas de las características de la avaricia de poder de los conservadores y no pocas de sus malas prácticas se han reproducido. La regeneración sigue pendiente. Ahora todo será esperar a que se pongan las urnas y los ciudadanos recompongan el campo de Agramante en el que se ha convertido la vida pública española.

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