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CONTRACRÓNICA DEL ONZE DE SETEMBRE

El Sísifo feliz

Los que llenaron la Diagonal no parecían, a simple vista, dispuestos a asaltar las cárceles para liberar a los presos

Ningún observador ecuánime y sensato podría afirmar que estamos al borde de la revolución o de un estallido social

Josep Maria Fonalleras

Momento en el que la ola de voz llega al escenario principal de la manifestación.

Momento en el que la ola de voz llega al escenario principal de la manifestación. / RICARD CUGAT

En su discurso al final de la concentración en la Diagonal, Elisenda Paluzie cita el mito de Sísifo, el pobre hombre que empujaba una piedra hasta la cima de la montaña y luego veía irremisiblemente cómo la piedra volvía a deslizarse ladera abajo, día tras día. “No queremos ser el mito de Sísifo, no queremos que nos enviéis donde estábamos”. Igual la presidenta de la ANC no contaba con la revisión de Camus, que no veía en Sísifo a un desgraciado que nunca conseguía lo que pretendía, sino a un hombre que no juzgaba como “estériles o fútiles” sus trabajos cotidianos. “Cada uno de los granos de la piedra”, dice Camus, “cada estallido mineral de la montaña repleta de noche, conforma un mundo; la lucha dirigida hacia las cimas es suficiente para llenar el corazón de un hombre; así nos imaginamos un Sísifo feliz”.

Los que llenaron la Diagonal no digo que sean felices del todo, pero lo parecen. No están dispuestos a ser 'una nació oprimida', como reza la canción, pero no parece, a simple vista, que después de este 11-S vayan a asaltar las cárceles y a abrirlas unilateralmente para que escapen los presos, uno de los lemas que veía escritos en las pancartas. Todo parece igual que en otros onces. Es cierto que se oyeron muchas proclamas de libertad para las “personas presas” y que en los carteles hechos a mano se tiraba de referencias orgánicas para demostrar que 'en tenim la pixa plena' (con perdón) o que 'n’estem fins als ovaris' (con perdón) de todo lo que ha pasado en el último año.

Pero cualquier observador ecuánime y sensato sería incapaz de asegurar que estamos al borde de la revolución o de un estallido social. Los bares y restaurantes siguen llenando los dos turnos de comidas y en las terrazas se sirven gintónics y horchatas, como cada 11. La gente llega irritada de casa, pero sigue siendo una concentración humana pacífica y festiva. Hay gigantes y cabezudos, y el sonido irritante de las 'gralles' (“Dios, los sacrificios que exige la república”, dice uno) y niños 'castellers' que montan su 'castell' y una variedad de tipos que se juntan para reclamar, para exigir, para gritar, pero con la contención de quien se sabe inflamado tanto de conciencia patriótica como de sentido común.

"The another 11"

La muestra, un grupo de Whatsapp que el año pasado se apellidó 'The last 11 before indy', que este curso se ha bautizado como 'The first 11 after indy', y que, en un momento dado, pasó a ser 'The another 11'. Otro más. Como el Sísifo que sube la piedra sin descanso. Y que no cede, porque sabe (lo dijo Camus) que su felicidad está en llevar la piedra hasta la cima, pase lo que pase después.

Y ya que hablamos de cimas, un poco de sentido del humor, que tampoco falta en la Diada. Esta vez triunfó como nunca el color coral, el de las camisetas que son la novedad de la temporada. Se vieron más que otras veces, que otros modelos de otros 11. Puede que fuera por su impacto chillón y un poco fluorescente o porque esta vez se adaptaron a la fisiología femenina y las hay con tiras y con escote, más interesantes que el uniforme habitual y neutro de otras Diades. Es un arrecife de coral que homenajea a las bridas de las urnas del 1-O, un guiño que viene coloreado por la imagen del Pedraforca y con el lema 'Directe al cim'. Pero las camisetas son lo que son y la gente es como es y la tela se adapta al cuerpo de cada uno. Es decir, que los había que parecían embutidos mallorquines. Debe ser por eso que yo no las compro. Uno de ellos tuerce el lema y dice: 'Directes al Gym', que es un deseo oculto de la 'rentrée'.

Estuve cerca de la Sagrada Família, donde los japoneses seguían fotografiando esa cosa horrible en la que se ha convertido el templo (llevaba días sin pasar por ahí y casi me mareo). En la confluencia de Sardenya con la Diagonal me encuentré, por este orden, a un señor que iba a la concentración con su bombona de oxigeno a cuestas, a una chica que lleva un tremendo lazo amarillo a cuestas, a otra chica que lleva las uñas de color amarillo y a un argentino que le dice a su yerno: “Tenéis que aprovechar el momento en el que el España esté débil y ahí le pegáis”.

Una película de Fellini

Después pasaron por ahí unas letras enormes que a mí me parecen que dicen DNI pero que en realidad son la D, la N y la I de 'INDEPENDÈNCIA'. Llegaban una a una, transportadas por esforzados voluntarios, y la visión era casi como de película de Fellini: letras que vuelan sobre la muchedumbre. La más difícil, la N, que necesitó a cinco personas que la lleven a cuestas. En estas, ya casi dieron las 17.14 y se produjo un silencio que no fue "ensordecedor" ni nada por el estilo, pero que sirvió de antesala al grito que a mí me pareció que venía de Francesc Macià, pero resulta que procedía del mar.

“El mar es chaprichoso”, decía uno de los manifestantes, y nunca se sabe de dónde provienen las olas. Un niño llevaba escrito en al antebrazo 'Em dic Martí, truqueu a la mama', con un número de teléfono por si se perdía. Sonó un chupinazo y todos gritaron. Y después, después de haber subido a la montaña y de haber visto cómo la piedra volvía a resbalar, nos alejamos tranquilamente, y éramos como esas hormigas que en verano acechan en la cocina y no sabes de dónde salen, pero resulta que se expanden por todas partes. Un arrecife de coral en movimiento.

Vi a una señora que lucía una camiseta con tiras y escote (pero esta vez hechos en casa, con tijeras) y que en la mochilla lleva dos banderas francesas, que ya me dirás qué demonios tienen que ver con la independencia. Pero bueno, todo ha sido siempre muy raro, muy volàtil y muy disperso. Catalunya y yo somos así. Lo cuenta mi amiga y fenomenal escritora Lolita Bosch en el Facebook: “Yo me voy a la calle a pedir la república, pero este año mi hija no viene. Se queda en casa de unos buenos amigos de Ciudadanos que se ofrecen a cuidarla porque no van a la manifestación. Me desean feliz Diada: 'Disfruta mucho, y no te preocupes si llegas tarde que aquí la cuidamos. Así las cosas en Catalunya'”. Así las cosas, amigos.

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