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UN AÑO DESPUÉS DEL ATENTADO

Un testimonio del 17-A: "Cogí la escoba y salí corriendo detrás de la furgoneta"

Aquel 17 de agosto, Miguel barría en la calle Pelayo esquina Rambla y fue uno de los primeros en acercarse a atender a las víctimas

Begoña González

Miguel Martín trabajaba en La Rambla en el atentado del pasado 17 de agosto de 2017. 

Miguel Martín trabajaba en La Rambla en el atentado del pasado 17 de agosto de 2017.  / ALBERT BERTRAN

Hace casi un año, el pasado 17 de agosto, Miguel Martín, un empleado del servicio de limpieza de Barcelona, estaba barriendo en la calle Pelayo esquina con la Rambla. Sobre las cinco de la tarde de aquel caluroso jueves de agosto, a Miguel le cambió la vida. "Estábamos barriendo y vimos que una furgoneta hacía una parábola extraña. Pensamos que se había equivocado de carril y había hecho una maniobra brusca, pero a los pocos segundos vimos que no. Estaba cogiendo fuerza para entrar en La Rambla", explica Miguel sin poder evitar desviar la mirada hacia donde ocurrieron los hechos mientras lo recuerda.

"¡Kamikaze!, ¡furgoneta blanca!, ¡kamikaze!", recuerda Miguel que chilló al ver cómo la furgoneta aceleraba Rambla abajo. "Me vinieron estas palabras a la cabeza. No sé ni por qué ni con qué intención las chillé. Solo recuerdo que cogí la escoba y salí corriendo detrás del vehículo", explica.

Al ver que por mucho que corriera no podía alcanzar la furgoneta, Miguel decidió cambiar su estrategia y pararse a ayudar a la gente que iba cayendo con las embestidas del vehículo. "Había muchísimos heridos, y yo me quedé a hacer lo que creí correcto, que era ayudar a la gente", explica el empleado de los servicios de limpieza.

Imagen mediática

Miguel protagonizó una de las imágenes más vistas durante los momentos posteriores a los atentados. Ataviado con su uniforme verde lima y amarillo neón del servicio de limpieza municipal, no dudó en poner en práctica sus conocimientos de primeros auxilios y fue inmortalizado atendiendo a múltiples heridos aquel 17 de agosto del 2017. "Hace unos años fui voluntario en Protección Civil. Allí me enseñaron los conocimientos que pude poner en práctica en el ataque, aunque en realidad uno nunca está listo para afrontar estas cosas", explica Miguel.

La tristeza fue una de las sensaciones que Miguel recuerda con mayor claridad una vez pudo marcharse a casa, pero no fue la única. Reconoce que lo que vivió le ha cambiado por dentro y que ha tenido efectos en su carácter. "Ahora me siento un poco más arisco, más reservado. Pero es lo que me tocó vivir. No podemos hacer nada más que seguir adelante", se resigna a pesar de que asegura que hasta hoy día aún no ha llorado suficiente por lo que pasó.

"Pasear por la Rambla es muy duro. Pero después del ataque, el siguiente servicio lo pedí aquí, a pesar de que desde la empresa me dieron todas las facilidades. Sabía que si no volvía en seguida, este lugar se me iba a volver conflictivo", explica Miguel. "Todos sabemos que esto podría volver a ocurrir. Aunque no fuera aquí en el centro o no fuera con una furgoneta, pero el miedo es normal, porque el daño, si se quiere hacer, siempre se puede hacer", explica Miguel, que recuerda que una de las cosas que pensó después del atentado es que falta preparación ciudadana para afrontar estas situaciones.

Grabar con el móvil

"Había muchas personas heridas en el suelo, todo el mundo podía echar una mano, aunque no tuviera conocimientos de primeros auxilios. Solo con cogerlas de la mano, tranquilizar a la gente o ponerles una sombrilla ya hubiera bastado. Hacía muchísimo calor. Pero en lugar de eso mucha gente se dedicó a grabar con el móvil", explica visiblemente decepcionado. Y reconoce que una de las cosas que más le impactó de ese día fue la reacción de la gente. "No es normal que a un minuto del atentado corrieran vídeos por internet", sentencia.