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CAMBIO DE ETAPA POLÍTICA

Nuevos gobiernos en Catalunya y España: similitudes y diferencias

La corrupción ha cambiado el color de la Moncloa; en la Generalitat hay continuismo

Los virajes en el discurso han permitido la pinza entre independentistas y socialistas

Jose Rico

Los presidentes Pedro Sánchez y Quim Torra

Los presidentes Pedro Sánchez y Quim Torra

La historia tiene a veces llamativas coincidencias. De golpe y porrazo, el mismo fin de semana han cambiado los gobiernos de Catalunya y de España. El pasado sábado asumían las riendas de sus respectivos ejecutivos el presidente Pedro Sánchez y los 'consellers' del 'president' Quim Torra. La casualidad permite esbozar ciertos parecidos y algunas diferencias entre la introducción, el nudo y el desenlace de ambos acontecimientos.

Cambio y continuidad cromática

El Gobierno de España ha cambiado de color; el de Catalunya no. A través de la primera moción de censura exitosa de la democracia, la izquierda ha regresado a la Moncloa seis años y medio después de haber sido desplazada por la derecha. En cuatro décadas de democracia parlamentaria, el PSOE ha gobernado durante 21 años, mientras que en 19 han mandado fuerzas conservadoras (UCD y PP).

En cambio, el Govern repite inquilinos mediante la coalición entre Junts per Catalunya y ERC. La Generalitat ha sido dirigida durante 30 años por 'presidents' conservadores (Jordi Pujol, Artur Mas y Carles Puigdemont), a los que ahora se suma Quim Torra, y solo 7 por 'presidents' de izquierda (Pasqual Maragall y José Montilla). Pero en los casos de Puigdemont y Torra, sus gobiernos han sido compartidos entre la derecha nacionalista de CDC (luego PDECat y más tarde JxCat) y la izquierda independentista de ERC.

Parto relámpago o con fórceps

Los aterrizajes de Sánchez y Torra en el poder no podían ni siquiera barruntarse hace apenas un mes. El primero había perdido las elecciones, fue depuesto en su partido y no tiene acta de diputado porque dimitió de todo para luego reconquistar el poder en el PSOE. El segundo sí gozaba de escaño, pero había sido el número 11 de la lista de JxCat en los últimos comicios. Pese a esta similitud, el cambio de Gobierno central se ha producido en un visto y no visto. Hace solo 10 días, Mariano Rajoy lograba salvar los Presupuestos del 2018, que le garantizaban oxígeno para acabar la legislatura. 24 horas después, el PSOE impulsaba la moción de censura que una semana después le ha echado de la Moncloa.

El parto del Govern de Torra ha sido mucho más doloroso. Tuvieron que pasar cinco meses desde las elecciones y tres candidatos a la investidura fallidos para que el independentismo, y en especial Puigdemont, desbloquease el tablero catalán, tutelado desde octubre por el artículo 155 de la Constitución. El empeño del líder de JxCat por hacer 'president' o 'conseller' a exmiembros del Govern encarcelados o huidos de la justicia española prolongó la inédita suspensión del autogobierno, que precisamente se levantará el mismo día que Sánchez se muda a la Moncloa.

Factura desigual por la corrupción

Se repite mucho, y con razón, que la corrupción apenas desgasta en las urnas a los partidos manchados por esta lacra. En efecto, el PP ha ganado tres elecciones generales desde que estalló el 'caso Gürtel', en el 2009, y en este mismo tiempo le han llovido escándalos que han incluido sonadas detenciones y encarcelamientos de exministros y expresidentes autonómicos. Pese a ello, la espoleta que ha destronado ipso facto a Rajoy ha sido la sentencia que condena al partido por lucrarse como parte de "un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional". Es decir, la corrupción ha hecho caer a Rajoy.

Aquel mismo 2009 se destapó el saqueo del Palau de la Música, y después vinieron 'Pretoria', 'ITV', el '3%' y los tejemanejes del clan Pujol. Nada de todo eso ha impedido en los años posteriores hasta cuatro victorias electorales de CDC o de cualquiera de sus marcas herederas, antes y después del 'procés'. Ni ha merecido moción de censura alguna. Al igual que el PP, la extinta Unió fue condenada en el 2013 como "partícipe lucrativo" por recibir dinero del 'caso Pallerols'. Y Convergència ha sido condenada este mismo año por financiarse ilegalmente durante una década con comisiones de Ferrovial.

Discursos maleables

Dos de los asideros de Sánchez para llegar a la Moncloa han sido ERC y el PDECat. Las ya de por sí tirantes relaciones entre independentistas y socialistas se enconaron con la DUI y el 155, pero el apoyo del PSOE a la intervención del autogobierno no evitó que republicanos y posconvergentes se aliasen con Sánchez para echar a Rajoy, y el nuevo presidente tampoco le hizo ascos a esos votos. Eso sí, ambos han tenido que hacer maleables sus planteamientos y acciones más recientes. Escocido por el 155, el secesionismo huye ahora de todo conato de desobediencia o unilateralidad y propugna la negociación con el Estado mientras insiste en un etéreo compromiso de "cumplir el mandato del 1-O" y "construir la república". Sin concreciones ni plazos.

Sánchez acumula también múltiples virajes respecto a la cuestión catalana. En el 2015 y el 2016 se lanzó a la Moncloa con una gigantesca bandera de España y selló un fallido acuerdo con Ciudadanos. A mediados del 2017 renació abogando por reconocer a Catalunya como nación. A finales del mismo año forjó con el PP y Cs el frente del 155. Y apenas unas semanas antes de la moción de censura había endurecido su discurso con la llegada de Torra: pidió un 155 más "contundente"; una reforma penal para que el delito de rebelión pueda aplicarse al escenario catalán; una iniciativa para que todos los cargos públicos acaten por ley la Constitución... Y llamó a Torra, por su compendio de artículos supremacistas, el "Le Pen español".

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