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Memoria Histórica

Nietos de republicanos y nacionales recuerdan a sus antepasados a las puertas del Valle de los Caídos

Esperan conseguir exhumaciones "que sienten un precedente"

Juan José Fernández

Rosa y Héctor Gil, descendientes de Pedro Gil, soldado del bando franquista enterrado sin permiso de la familia en el Valle de los Caídos.

Rosa y Héctor Gil, descendientes de Pedro Gil, soldado del bando franquista enterrado sin permiso de la familia en el Valle de los Caídos. / JOSÉ LUIS ROCA

Puede que Pedro Gil Calonge, natural del pueblecito soriano de Tajahuerce, se creyera afortunado cuando, en 1936, lo movilizó el ejército franquista y, en vez de destinarlo a primera línea, lo puso a cavar trincheras. En el frente de Tardienta, ese era el privilegio de los casados y con hijos. Pero una bala perdida le alcanzó en la cabeza el 1 de julio de 1937. Cuando llegó al hospital de Zaragoza, apenas vivió media hora más.

Su familia estuvo siempre convencida de que Pedro tenía tumba propia en el cementerio zaragozano de Torrero. Pero hasta 2008 no supieron que su cuerpo había sido exhumado y llevado al Valle de los Caídos. Ahora sus nietos Rosa y Héctor Gil empiezan a ver posible recuperarlo, llevarlo a la sepultura familiar, cumplir con el deseo de Silvino, padre de ambos, "que aún vive, y que nos ha ayudado en estos 12 años de búsqueda de cosas del abuelo", cuenta Rosa.

Estos descendientes de un soldado ‘nacional’ han conocido este lunes a parientes de asesinados del bando republicano que comparten con Pedro Gil la enorme tumba que construyó el franquismo. Antes, solo sabían unos de otros por la prensa. Este lunes, tras un viaje agotador para todos, han comido juntos en un restaurante de la localidad madrileña de Guadarrama.

Fosa vacía

La sobremesa se ha llenado de las mismas historias que por la mañana, impactados por la afluencia de tantas cámaras y micrófonos, los familiares han ido desgranando a la puerta del monumento.

Entre ellas, las de Purificación Lapeña Garrido. Puede que, de todas las humillaciones que tragaron sus parientes, quizá la que más le duele es saber que, durante lustros, por el día de difuntos han estado llevando flores a una fosa vacía.

Los hermanos Manuel y Ramiro Lapeña y el soldado Pedro Gil. / EL PERIÓDICO

Por orden del gobernador civil franquista de Zaragoza, los cuerpos de su abuelo y su tío abuelo Manuel y Ramiro Lapeña Altabás, militantes de la CNT en Villarroya de la Sierra (Zaragoza), fueron extraídos en 1959 –el del primero, de un barranco de Calatayud; el del segundo, del cementerio de la ciudad aragonesa– y llevados juntos con los de millares de "caídos" (o más bien derribados) hasta Cuelgamuros, término de El Escorial, una atalaya de granito que mira hacia la ajetreada ciudad de Madrid y su persistente nube de dióxido de carbono.

Abrir camino

"Hoy también se abre un camino para los demás", dice Purificación. Se refiere a los que no han conseguido aún permiso judicial de exhumación. Como Silvia Navarro, portavoz de la Asociación de Familiares pro Exhumación de Republicanos del Valle de los Caídos, que aún busca los restos de José Antonio Marco, su abuelo, y que espera que los trabajos iniciados "sienten un precedente".

Purificación Lapeña, descendiente de los hermanos Lapeña. / Juan Medina

O como Francisco Cansado, sobrino nieto de Antonio y José Cansado, ‘los Cachupitos’. Con ese mote, en Ateca (Zaragoza) se conoce a una familia famosa por sus desaparecidos. Antonio, concejal de la UGT, fue llamado al Ayuntamiento en septiembre de 1936. "Le dijeron que cenara antes en casa, y que llevara una manta, pues pasaría allí la noche –relata Francisco–. Ya no volvió. A la mañana siguiente, cuando su hermano José fue a preguntar por él, lo metieron también en el camión". Los dos hermanos fueron fusilados en Morata de Jalón un mes después.

Jesús Cansado, hermano de los asesinados, habría querido estar este lunes a la puerta del Valle de los Caídos, asistiendo al pequeño triunfo de que unos técnicos evalúen la posibilidad de exhumar, pero se lo impide el peso de su edad, 85 años.

La dureza del prior

En este pulso de seis años ha destacado la férrea resistencia del fraile Santiago Cantera, prior del monasterio aledaño al monumento. A su comunidad benedictina encargó Franco la custodia de la basílica excavada en la roca y de las tumbas que alberga el templo, con los restos de 32.000 personas, 22.000 de los cuales fueron republicanos.

Argumentando que se trata de enterramientos intocables, pues están dentro de un templo y no fuera, y yendo más allá que su propio obispo, Cantera –como su predecesor, Anselmo Álvarez– ha respondido con silencio o negativas a peticiones de familiares y organizaciones de la Memoria Histórica, ha recurrido o dilatado las decisiones judiciales, y, más recientemente, se ha negado a comparecer en el Senado.

Preguntada por EL PERIÓDICO, Silvia Navarro envía un mensaje al clérigo: "Nos hubiera gustado que no hubiera llegado al extremo de hacernos esperar tanto tiempo. Dos años son mucho tiempo para nuestros familiares".

Lo dice aludiendo al caso de Guadalupe Garrido, la madre de Purificación Lapeña, que murió el pasado mes de diciembre "con la pena de no ver reconocido ni siquiera que su suegro Manuel y el hermano de éste murieron víctimas de un golpe de Estado", dice la hija. Aún vive Manuel Lapeña Lapeña, su padre, que sufrió la guerra y la dictadura, se ilusionó con la transición y se decepcionó con la democracia, y que "ve una primera luz a sus 94 años", añade Purificación. El anciano ya había arrojado la toalla en su pelea por recuperar los cuerpos.

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