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contracrónica

Turull le lee 'El gran Gatsby' a sus señorías

Con la votación perdida de antemano, el presidenciable desempolvó un discurso ochentero y autonomista que descolocó a propios y adversarios, como Kaufman

Carles Cols

Turull, camino del atril desde su escaño.

Turull, camino del atril desde su escaño. / FERRAN NADEU

Esta era la x elevada n jornada histórica del Parlament de Catalunya. Los parlamentólogos han perdido la cuenta. No lo ha sido, sea esto ya aclarado antes de llegar a la última línea, y eso que la categoría de lo que es histórico, desde que a Edward Gibbon le dio en el siglo XVIII por establecer un nuevo canon sobre lo que es o no historia, es un concepto muy amplio. Fue capaz de dedicarle merecidísimas páginas de su obra cumbre, 'Decadencia y caída del imperio romano', a personajes y etapas hasta entonces orilladas. Por ejemplo, al convulso año de los cinco emperadores, que dio comienzo tras la muerte de Cómodo el 31 de diciembre del año 192, y en el que llegaron a gobernar, a veces solapadamente, Pertinax, Didio Juliano, Pescenio Níger, Clodio Albino y Septimio Severo. También hubo un año de los cuatro emperadores, el 69. D. C., y, atención con el récord, un año de los seis emperadores, el 238. Un buen Gibbon le iría muy bien a esta duodécima legislatura de la Cámara catalana, la de los tres presidenciables ya, todos fallidos, para sacarle punta al desconcertante discurso con el que Jordi Turull ha optado al cargo, sin ánimo de ofender al gremio charcutero, un chopped de decenas de aquellos discursos que pronunciaba Jordi Pujol desde ese mismo atril cuando la mayoría absoluta convergente convertía los plenos en un concierto monocorde.

La expectación era de boli desencapuchado, por ver qué decía, pero a medio discurso el público estaba como en el metro, con la mirada en el móvil

He aquí un par de apuntes al natural, tomados desde el interior de la sala de plenos, a un par de metros de las hijas de Turull y no más de cuatro de Artur Mas y dos expresidentes de la Cámara catalana. Ellos y ellas, como el resto del público, atienden con expectación las primeras palabras del presidenciable. Se sabe ya de antemano que no dispone de los votos suficientes. Para la CUP, Turull es como para Mafalda un plato de sopa. Se sabe que en menos de 24 horas le espera un juez que ríete tú de Dredd. Los bolígrafos, vamos, están descapuchados, a punto para esa frase de titular. Y, sin embargo, no dice nada. Pujolea. Pasados 15 minutos, con el boli ya encapuchado, toca levantar la vista y mirar alrededor. Vista orbital, por decirlo moderno. La mayoría de los presentes están como en el metro, con la vista fija en la pantalla del teléfono. Mas y las hijas de Turull, también.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué este inesperado déjà vu ochentero y noventero de lo que fue la política catalana antes de que el independentismo pidiera paso y diera pie a vibrantes sesiones de debate? Pues que venga Gibbon y lo aclare, pero Turull, por ejemplo, no solo no ha pronunciado el palabro independencia en su intervención, sino que ni siquiera ha dicho república. No parecía Turull.

En una ocasión, el inclasificable cómico estadounidense Andy Kaufman, con el auditorio lleno a rebosar para  reír sus gracias, se limitó a leer de la primera a la última página El gran Gatsby. En el recomendable biopic The man on the moon se recrea con acierto aquel suceso real. Pues eso ha hecho el candidato, pero no con un ejemplar de la novela de F. Scott Fitzgerald (más provechosa hubiera sido la tarde), sino con un refrito de aquellos tomos que siempre estaban presentes en la estantería del despacho de cualquier conseller o director general de años haParaules del president,  y que, ¡oh, sorpresa!, se venden en Amazon a más de 300 euros el lote.

Con la cárcel tal vez a  la vuelta de la esquina, es comprensible que Turull no fuera el de otras legislaturas. Solo en las réplicas mostró su vis más peleona

Sí, es cierto, Turull puede que en cuestión de horas reingrese en prisión y, con ese horizonte, es comprensible que el ánimo no sea el de ser el Turull de otras ocasiones, (el del verbo afilado, no el que acompaña a Oriol Pujol a los juzgados), pero (y esto es solo una teoría incontrastable del que firma) por momentos ha parecido que el discurso como candidato no solo no lo había escrito él mismo, sino que ni siquiera lo había leído pacientemente primero. Le delataban los tropiezos. Solo en el turno de réplicas se vislumbró un poco ese  diputado voraz de otras legislaturas. Poco.

La cuestión es que este 22 de marzo del 2018 no ha tenido los mimbres de fecha para recordar, no ha sido un 1-O, un 3-O, un 27-O, un 21-D, fechas de quesito del trivial indepe. No ha sido, como se anticipaba en el primer párrafo, una jornada histórica. Eso sí, este es el año de los tres presidenciables. De momento, tres.