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Rogamos apaguen su sentido de la incredulidad

La calle de la Marina se desborda con quienes el 27 de octubre dieron por real y efectiva la independencia de Catalunya

Carles Cols

Los manifestantes exigen la libertad de los presos.

Los manifestantes exigen la libertad de los presos. / FERRAN NADEU

Fue el poeta romántico inglés Samuel Taylor Coleridge quien por primera vez escribió estas cinco palabras en fila india: suspensión voluntaria de la incredulidad. Bueno, él lo hizo inglés, así que le salieron cuatro, 'willing suspension of disbelief', pero el significado es lo interesante. Se refería a aquello que tan necesario es en la literatura que trata sobre fenómenos sobrenaturales o, actualmente, tan imprescindible es para comprender una película de ciencia ficción, que el lector o el espectador renuncien temporalmente al recelo, al sentido crítico, al análisis racional. Vamos, que 'El sueño de una noche de verano', de William Shakespeare, no funcionaría en escena si no se aceptara previamente a Puck como "pícaro y bellaco duendecillo". Coleridge en la calle de la Marina. De esto va, sin ánimo de ofender a nadie, este paseo por la 'mani indepe' del 11 de noviembre, un éxito de público, como tantas otras anteriores, pero distinta en algunos detalles.

Marina es como la espalda, que pierde su nombre, y pasa a llamarse Alcalde de Móstoles, la calle, no el culo, héroe hispano

La primera diferencia, por ir primero a lo fácil, es la geográfica. La calle de la Marina, plató inédito de manifestaciones, no se llama así solo porque desde ella se vea el mar. Está dedicada, según el nomenclátor municipal, a "las glorias de la marina mercante y la marina militar catalanas". Para bien y para mal, el nomenclátor no entra afortunadamente en más detalles. Sabia decisión. El caso es que la calle de la Marina cambia de nombre como la espalda a partir de cierta vértebra y, zas, pasa a llamarse calle del Alcalde de Móstoles, héroe del Dos de Mayo, así que la organización, muy consecuente, invitó a no llenar Marina más allá de Travessera de Gràcia, y eso que Andrés Torrejón, el edil mostolense, era poco menos que el cabecilla de un CDR de 1808, pero español, claro. El independentismo es muy detallista.

Segunda diferencia. No es posible cuantificar en cifras o en porcentajes cuántas pancartas caseras comienzan a señalar a Europa como culpable de algo en las manifestaciones del 'procés', pero hay ahí una tendencia sin duda. Las traen de casa en inglés. Es obvio que el destinatario de los lemas no es Mariano Rajoy. Si fuera así, mejor en castellano y con la tipografía de portada del 'Marca'.

El Puk del 'procés'

Tercera diferencia. Carme Forcadell, aún presidenta del Parlament, no ha ido a la 'mani' por prescripción de su letrado. Es, parece, un lógico ejercicio de prudencia procesal, pero con ella llegamos por fin (lo prometido es deuda) a Coleridge, porque Forcadell, el pasado 27 de octubre, participó con un papel protagonista en el simulacro de DUI del Parlament. A saber. El diputado de Esquerra Roger Torrent, en un teatral paréntesis que se abrió por aquello de ir a buscar una urna para el voto secreto, le pidió a la presidenta de la Cámara que leyera un fragmento del preámbulo declarativo, un texto sin validez jurídica, en el que efectivamente se anunciaba la república catalana, pero a continuación lo que se votó fueron unas resoluciones, estas sí con validez jurídica, que se limitaban a animar al Govern a rejonear tan difícil toro. Por la tele, la secuencia de los acontecimientos se vivió como una proclamación de independencia en toda regla. Hay que reconocer que no hacía falta mucha suspensión de la incredulidad para dar por real aquella ficción. Hasta TV-3 puso lo suyo de su parte, como ese plano fijo durante toda la tarde en el que una cámara enfocaba la cúpula de la Generalitat a la espera de que se arriara la bandera española. Al Govern, visto cuanto sucedió después, seguro que se le hizo más largo que el plano fijo de la tarta en 'A ghost story'.

El 27 de octubre, TV-3 hizo con la bandera de España de Palau lo que el director de 'A ghost story' con la escena de la tarta

Total, que la calle de la Marina se ha llenado este 11 de noviembre de decenas de miles de personas que hace solo 14 días daban por hecho que Catalunya era un nuevo estado soberano en el mundo y, visto el transcurso de la tarde, con sus pancartas y sus ausencias, es obvio que ya no. La protesta, multitudinaria y pacífica, como siempre, socialmente transversal, también como siempre, tenía como lema principal reclamar la libertad del medio Govern encarcelado y de los Jordis, Sànchez y Cuixart, ANC y Òmnium, respectivamente. No había ni una sola pancarta de autocrítica. Como si el 27 de octubre estuviera aún por llegar.

Eso da pie a recordar aquí una anécdota impagable y poco conocida. Sucedió en 1995 en el Festival de Cine Fantástico de Sitges, la meca evidentemente de la suspensión voluntaria de la incredulidad.

La narrativa 'indepe' a punto está de batir el récord mundial de suspensión de la incredulidad, vigente desde Sitges-95

La cosa ocurrió durante un pase exclusivo para la prensa especializada. Era una proyección de cine portugués de Manoel de Oliveira. El título en pantalla era 'O convento'. Tiene sus fans. La cuestión es que cuando se encendieron las luces de la sala, algunos de los críticos comentaron extasiados el sentido último de aquella alambicada historia protagonizada por John Malkovich, analizaron el propósito del director de que un actor falleciera en una escena y reapareciera tan pancho minutos después. Se alzó una voz tímida que sugirió que tal vez el operador de la sala de proyección se había equivocado al ordenar los rollos de la película. Le miraron como a un aguafiestas, pero efectivamente así era. La organización del festival pidió disculpas al día siguiente. Desde el simulacro del 27 de octubre han pasado 14 días.