Ir a contenido
El president Carles Puigdemont en el momento de firmar la declaración, tras el pleno.

JULIO CARBÓ

JORNADA DECISIVA

El último dilema de Puigdemont

El temor a la violencia y la recesión económica condicionan la decisión del 'president' sobre la DUI

Josep Martí Blanch

La soledad de la Casa Blanca, de la Cancillería, del Elíseo, de Chigi, de la Moncloa, y sí, también la del Palau de la Generalitat cuando las horas son graves. Y lo son. La firma de Carles Puigdemont dando respuesta este lunes al requerimiento de Mariano Rajoy será el aliento creador que convertirá escenarios imaginados en realidades tangibles. ¿Qué parecido tendrá aquello que hoy es tan solo el último folio de una estrategia de 'power point' con lo que finalmente acontecerá en Catalunya en los próximos días, semanas y meses?

ANC, Òmnium, asesores de todo pelaje y condición, CUP, ERC -ambigüedades al margen- y también la mayor parte del PDECat exigen levantar la suspensión de la declaración de independencia o su proclamación, ya que no está claro qué es lo que se hizo en el Parlament el pasado martes. Los argumentos son archiconocidos: hay que convertirse en sujeto político de inmediato porque se tiene la legitimidad ganada en el referéndum del 1-O y no se puede traicionar la voluntad de quienes acudieron a defender colegios y urnas en medio de una lluvia de porrazos y mandobles ordenada por el Estado. Afirmado esto, hay que sumar los argumentos emotivos de la dignidad ante un Estado autoritario que ya ha decidido ir a por todas para acabar con el soberanismo. No hay matiz que valga, hay que dejar claro que se ha declarado la independencia.

El bloque mayoritario cuenta con una respuesta del Estado a la altura del envite; el 155 y lo que tenga que venir

Se cuenta, en este bloque mayoritario, con una respuesta del Estado a la altura del envite. El tan temido 155 y lo que tenga que venir. Pero, y ahí está la clave, dan por hecho, porque se incentivará, que habrá respuesta y resistencia en Catalunya por parte de sus ciudadanos. Se defenderán las instituciones, se bloqueará el país, se hará lo que se tenga que hacer y el Estado sudará la gota gorda para implementar sus decisiones. ¿Violencia? Naturalmente. La habrá. Brega durante días. La economía en suspenso. Los mercados sufriendo. Las calles en ebullición. Y al final, por supuesto, desestabilizados todos los mercados, que son los que mandan, la llamada de Angela Merkel o quien sea a Rajoy para exigirle una solución de inmediato, don Mariano obedecerá sumisamente tras el tirón de orejas y negociará con los soberanistas el ansiado y verdadero referéndum de autodeterminación de Catalunya. Quienes militan en este razonamiento consideran además que, ya que el Estado ha decidido pasar por encima de Catalunya, no va a existir prácticamente diferencia entre las consecuencias de activar la DUI o no hacerlo. Muera Marta, muera harta. Dignidad. Fin del cuento.

Y, frente a este ejército de 'duistas', los que no lo ven nada claro. ¿Quiénes? Sectores más moderados del PDECat y, en los últimos días, empresarios de todo tamaño -algunos de ellos muy, pero que muy independentistas- y ciudadanos también soberanistas no articulados en ningún movimiento pero que sienten bajo sus pies el abismo y la necesidad de hacer llegar su opinión allá donde se fragua la decisión final.

Oposición a la declaración

¿Con qué argumentos se oponen a la activación de la declaración de la independencia los que tratan de impedirla desde el propio soberanismo?

Son estos: hay que evitar un escenario de violencia en la calle, hay que impedir que no pueda hablarse de Catalunya como 'un sol poble',  es necesario mantener en pie las instituciones porque la resistencia se organizará mejor con la Generalitat funcionando de manera ordinaria, hay que reconocer que la fuga de empresas no es una broma y la parálisis de las inversiones futuras lo es aún menos. Y, por último, en contra de lo que señalan los defensores de la DUI, la comunidad internacional va a dar la espalda por entero a Catalunya porque las simpatías ganadas a base de soportar estoicamente las brutales agresiones de la policía delante de las urnas van a perderse en un pispás en cuanto se visualice que las autoridades catalanas se han rebelado utilizando como paraguas un referéndum heroico pero no homologable y, a ojos del mundo, fuera de la ley. Vamos, que los próximos mandobles van a doler lo mismo pero van a estar justificados a ojos del mundo.

Estos son los argumentos de unos y otros. Y no todos pesan igual. En estos momentos tan solo las consecuencias para la convivencia y la economía de la DUI concentran toda la atención de quien tiene que tomar la decisión. Son preguntas sin respuesta todavía: ¿la violencia solo será ejercida por los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado y los mossos cuando se pierda el control de la policía catalana o no podrá impedirse que los ciudadanos también participen de ella? ¿Todas las agresiones tendrán respuesta pacífica? ¿Qué probabilidades hay de enfrentamientos al margen de la policía entre catalanes de distinta adscripción ideológica? ¿Es conducible la calle cuando se pone en marcha? Y en el plano económico, más allá de la propaganda, ¿cuantos días podrá aguantar el discurso que el proceso no impacta en la actividad de pequeñas y medianas empresas? ¿Cuánto pánico sacudirá al pequeño ahorrador, nacionalista o no, cuando las cosas se pongan extremadamente feas? ¿Cuántos congresos y reservas pueden anularse antes que se imponga la certeza que en un futuro todo irá muy bien pero que ahora va a ir muy mal?

La respuesta

Para lo que no tienen respuesta los contrarios a la DUI es qué respuesta debe darse a un Estado que tiene la proa judicial e institucional puesta contra Catalunya. Sin ir más lejos, mañana los presidentes de ACN, Òmnium i el mayor de los Mossos, Josep Lluís Trapero, podrían dormir en prisión acusados de sedición. ¿Qué hacer ante esta desvergüenza? ¿Rendirse? ¿Dar la vuelta? ¿Marcha atrás?

Podrían responder que quieren mantener en su mano el comodín de ser los ultrajados y maltratados por un Estado que niega el pan y la sal a Catalunya porque eso es lo que hace ganar crédito a la causa catalana y, sobre todo, que no tienen prisa porque lo que quieren es ganar sin perder lo que aún se conserva, llámese Parlament, Palau, TV-3, Mossos o escuela catalana. Y por encima de todo, que no pueden, ni quieren contemplar la violencia y sus consecuencias como parte de la estrategia política como frívolamente hacen otros. Pero tanto tiempo en silencio les ha secado la garganta y ahora, cuando hablan, casi no se les escucha. Aun así, el martes se hicieron oír. ¿Y mañana? Quién sabe.