Un súbito ataque de mal de altura

Más de 1.000 periodistas acreditados y, llegada la hora de la verdad, desconcertados ante la frase elegida para proclamar y desproclamar la independencia

La bala que mató a Kennedy dio menos giros inesperados que el 'procés', el último de los cuales ha corregido su dirección a ojos de medio mundo

Una mínima porción de los 1.000 periodistas acreditados en el Parlament.

Una mínima porción de los 1.000 periodistas acreditados en el Parlament. / ALBERT BERTRAN

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Carles Cols / Barcelona

El Parlament estaba ya desde dos horas antes del pleno más lleno que la ruta suroeste de ascensión al Everest. Más de 1.000 periodistas acreditados. No se veía el mármol del suelo. El pleno estaba anunciado para las seis de la tarde. La Rahola, a 10 minutos de la hora prevista, lo decía entusiasta desde la tribuna de prensa del hemiciclo, “¡faltan 10 minutos!”, vamos, como Mallory e Irvine a 100 metros de la cima del techo del mundo en 1924. A su lado, un corresponsal extranjero preguntaba por cómo iba a suceder lo que estaba previsto que sucediera. “¿Entonces no habrá votación?”. Un par de entusiastas del ‘procés’ trataban de convencerle de que no era necesario, que el resultado del 1-O era más transparente que el agua mineral. La conversación, interesantísima, y la cuenta atrás de la Rahola quedaron súbitamente interrumpidas por lo que, ya que la cosa va de escalada, pareció un súbito ataque de mal de altura.

Tras siete años de 'procés' cabía esperar al menos una frase de declaración de la independencia como mínimo de póster

Tan lleno estaba el Parlament que en esa interrupción de una hora no fue fácil ver entre la multitud el ir y venir de los diputados de la CUP, que fueron de visita a los despachos de Junts pel Sí, justo al otro lado del edificio. Iban con cara de pocos amigos. Perdón, amigas. Seguro que no fue una reunión con pastitas de té.

La catáfora

Al parecer, les dieron a leer el texto que llevaba preparado Carles Puigdemont. Total, que con ese suspense se reinició el pleno y, con ello, la espera de ese instante en que Puigdemont iba a proclamar la independencia. Tras siete años de ‘procés’ se supone que iba a ser una frase de póster, para decorar la habitación de futuras generaciones. El general Pierre Cambronne no necesitó ni un par de minutos para acuñar una suya propia con la que ha pasado a la historia, “la guardia muere, no se rinde”, aunque de ella se haya borrado el “¡merde!” con el que la encabezó. La del ‘president’ no fue fácil de cazar. Había que estar atento. “Asumo el mandato del pueblo de Catalunya para que sea un Estado independiente”. Eso dijo. La colocan para analizar en la próxima selectividad y suspenden más alumnos que con la definición de la catáfora. La CUP no aplaudió.

Luego vino lo que vino. Sin tiempo a identificar si aquello era ya la proclamación formal de la independencia, dijo que quedaba en suspenso. La bala que mató a Kennedy dio menos giros inexplicables que el ‘procés’.

Fiel a su estilo 'Madelman oposición, Arrimadas exhibió esta vez su pasaporte en el pleno

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Tan desconcertante fue la sesión que la oposición que hace un mes salió del pleno en comandita cuando se aprobaron las leyes del referéndum y de desconexión, le respondió al ‘president’ como si hubieran asistido a sesiones plenarias distintas. Miquel Iceta no se ensañó, no practicó lo que en argot militar se conoce como ‘explotación del éxito’, es decir, perseguir y barrer al enemigo en retirada. Inés Arrimadas, sí, bastante, pues había acudido al Parlament con su cada vez más recurrente aunque siempre eficaz ‘kit’ de ‘Madelman oposición’, ya saben, todos aquellos complementos que el juguete estrella de Industrias Madel, allá por los años 70, incluía en la caja. Mostró su pasaporte, el que dijo que no quiere tener que usar para ir a ver a su familia en Andalucía.

Catalunya es un país extrañamente sentimental. Guarda objetos raros. La pluma con la que Artur Mas firmó la convocatoria del 9-N la conservan en el Museu d’Història. Los zapatos que llevaba Jordi Pujol cuando juró el cargo por primera vez están en algún lugar del hoy inexistente Museu del Calçat. Una lástima que no esté claro por dónde andan, por cierto, porque como escribió Harper Lee para ‘Matar a un ruiseñor’, “nunca conoces realmente a una persona hasta que te has puesto sus zapatos y has caminado con ellos”. Una lástima, efectivamente, pero esa es historia para otra ocasión. La cuestión es, ¿qué guardar del pleno del 10 de octubre?