Ir a contenido

VERANO

¿Como eran las vacaciones de los niños Errejón, Rufián, Levy, Cantó y Lastra?

Aquellos veranos en el "paraíso": los diputados vuelven a la infancia

El de ERC quería ganar un Tour de Francia y el de Podemos marcar en un Mundial

El Periódico / EFE / Madrid

Errejón y Rufián, con Domènech.

Errejón y Rufián, con Domènech. / AGUSTIN CATALAN

Mucho tiempo antes de la política, el niño Íñigo Errejón soñaba que metía el gol decisivo en la final del Mundial desde un pueblo de Madrid y el infante Gabriel Rufián quería subir al podio de los Campos Elíseos de París. El "paraíso" de los diputados son los veranos de su infancia. Rescatar las vacaciones de cuando éramos niños es irse de excursión a la montaña y pintar las piedras de la playa de Cadaqués. Cuando los diputados recuerdan sus veranos, les salen relatos que podrían ser nuestros.  

Las vacaciones de Errejón (Madrid, 1983) se bañan en el Cantábrico y juegan al fútbol en la sierra sur de Madrid. Por la orilla de la playa, el hoy diputado de Unidos Podemos daba larguísimos paseos con su padre, y bajo las montañas madrileñas detenía el tiempo en la piscina, antes de tirar penaltis junto a su hermano, antes de ganar el Mundial. Los sonidos veraniegos de la niñez de Errejón mezclan los balidos de las ovejas que cruzaban el pueblo con la musiquita de la máquina de vídeojuegos del bar, frente a la que pasaba algunas tardes con un primo suyo. Por entonces, su devoción ya despuntaba: "En estos veranos mi madre me enseñó a batir récords de horas leyendo", dice.

La infancia estival de Gabriel Rufián (Santa Coloma de Gramanet, 1982) circuló sobre las ruedas de la Derbi Rabasa a la que se subía nada más terminar la etapa del Tour de Francia para correr más rápido que nadie y enfundarse un imaginario maillot amarillo. Años más tarde, se compró en un hipermercado de Montigalá (Badalona) una bici mejor.

Sus recuerdos, según cuenta el diputado de ERC, están plagados de los nombres de esos amigos con los que competía para ganar el Tour y con los que disputaba "pachangas" de fútbol de uno contra uno, en la plaza de la Villa de Santa Coloma. A Rufián, como a Errejón, le resultaba imposible no emular a sus ídolos después de verlos. Precisamente es en esta plaza de su localidad natal en donde reside gran parte del verano del parlamentario catalán, pero no sólo: "También en los olivos y casas blancas de Jaén, y en las playas de Palma", afirma.

El 600 de Cantó y Levy en Cadaqués

Toni Cantó (Valencia, 1965) se apretaba en el 600 de su padre para viajar hasta sus "larguísimos" veranos de Las Playetas, en Oropesa del Mar, o de El Perellonet, cerca de su ciudad natal. Al llegar, las familias se repartían en varias casas y frecuentemente se reunían para comer en la de los abuelos. Era fácil que se juntaran más de 20 personas. El diputado de Ciudadanos experimentó entonces que su verano empezaba y acababa en el cristal del 600. Empezaba con la cara de alegría que ponía en la ventana del coche nada más llegar y terminaba con la cara llorosa que se le ponía, pegado a la ventana, cuando había que volver.

Por otro cristal, Andrea Levy (Barcelona, 1984) observaba la carretera sinuosa que terminaba en Cadaqués (Girona). El fin de las curvas era el comienzo del verano. Veranos que buceaban para darle "tesoros" que aún conserva y que estiraban los días en la playa para que pintara piedras con paisajes de su imaginación; luego, le regalaron una caña de pescar y los días se estiraron más. En Cadaqués, la política del PP, de niña, escribía cartas a sus amigas y amigos del colegio para mitigar el temor a que les cambiaran de clase; en Cadaqués, recuerda, llamaba a su padre con las fichas que le daba la antigua Telefónica. Para Levy, el paso del tiempo se refleja en el contraste entre esas fichas y su inseparable móvil. Al fin y al cabo, como asegura Cantó, el "paraíso" está en aquellos veranos.

A la vicesecretaria general del PSOE, la asturiana Adriana Lastra (Ribadesella, 1979), el verano le devuelve montones de risas y de voces, entre ellas la de su abuela cuando jugaba a asustarlas con el muñeco maragato que mamporreaba la campana de la iglesia de Boñar, rememora con una carcajada. Eso hacía si Adriana y sus cuatro hermanas volvían tarde a casa, ya de noche, pues en esta localidad leonesa, como en tantos pueblos de nuestra infancia, no había horarios. La energía de los veranos de la diputada asturiana debe mucho a su abuela, porque era ella la que se llevaba a las nietas a la "casa de Benjamín" en Boñar, en donde coincidían con animales de granja. El ritmo de sus vacaciones era el de las carreras en la antigua riega del pueblo y el de las excursiones al pinar, en donde las tardes se iban entre tortillas de patata y escondites.