01 abr 2020

Ir a contenido

NOVEDAD EDITORIAL

Palabra de Pasqual Maragall

Un libro repasa la trayectoria del 'expresident' a través de las reflexiones y discursos del político a lo largo de cuatro décadas

Neus Tomàs

Maragall, fotografiado con la antorcha olímpica, en 1992.

Maragall, fotografiado con la antorcha olímpica, en 1992.

A veces, solo a veces, hay libros sobre figuras políticas que son interesantes. Algunas obras incluso podrían considerarse necesarias. Es el caso del trabajo que ha coordinado el historiador Jaume Claret y que permite analizar la figura de Pasqual Maragall a través de un ensayo en el que se repasa su trayectoria a partir de las reflexiones y de la prolífica documentación que ha generado durante cuatro décadas. 'Pasqual Maragall, Pensament i acció' (La Magrana) no es una biografía porque no pretende serlo. Es un exhaustivo estudio que permite acercarse al concepto de ciudad de un político que, con todas sus luces y sombras, es el alcalde más carismático que ha tenido Barcelona. El mismo que soñó con una unificación del área metropolitana y fracasó porque Jordi Pujol pensó en él y no en la Catalunya que tanto decía defender. El hombre que hablaba igual con el líder vecinal que con Vaclav Havel.  

La lectura de este libro permite descubrir al Maragall que se formó en el marxismo heterodoxo pero evolucionó hacia un socialismo renovado. A alguien que entiende la política como un instrumento de transformación, también de los partidos. Ahora que tanto se habla de la nueva política, queda claro que hubo quien a su manera ya le encarnó en su momento. Vistas en perspectiva, muchas 'maragalladas' eran más atinadas de lo que parecían. 

Uno de los autores que ha participado en el libro, el historiador Jaume Bellmunt (un sabio y no solo por su aspecto), destaca la figura de un político no doctrinario, el mismo que en sus inicios en el Front Obrer de Catalunya (FOC) descubrió la amistad pero también la miseria de las organizaciones políticas. Podría añadirse que hay cosas que no cambian.  

Para entender el complejo universo de Maragall, nadie mejor que Jaume Badia, que fue uno de los que con maestría intervino en el manejo del caos en el que podía convertirse el día a día de sus colaboradores. Badia es quien la madrugada del 25 de julio de 1992 recibe una llamada de Maragall en el teléfono rojo del ayuntamiento (que existía) en la que el acalde pregunta: «¿Qué haces aquí?». Y él, con su templanza, responde: «Esperar a las correcciones que me vayas a dictar sobre el discurso de mañana». De esa conversación sale el que seguramente es uno de sus mejores textos. Ese en el que Maragall se dirige a los ciudadanos del mundo porque sabe que el mundo mira a Barcelona. No cita a ninguno de los presidentes presentes, solo saluda con el protocolario «señor» al Rey. Porque ese día, después de todas las tensiones acumuladas, empezando por Felipe González, y siguiendo, como siempre, con Pujol, pronuncia un discurso importante por lo que dice y por lo que calla.

En la inauguración de los Juegos recuerda a Lluís Companys para buscar la complicidad no solo de los barceloneses. También del resto de catalanes porque una de sus obsesiones era evitar la fractura entre las ciudades y el 'rerepaís', "la colaboración más allá de los prejuicios", como señala el profesor Joan Fuster-Sobrepere. Otra, la de que el país son sus escuelas y sus barrios. De ahí su insistencia en impulsar el plan de barrios, un proyecto que incluso los detractores del tripartito reconocen que fue uno de sus grandes aciertos en su etapa en la presidencia de la Generalitat.

El idealismo convertido en realidad. Eso es la política. Con P de Política. Con P de Pasqual.