09 jul 2020

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CORRUPCIÓN.CAT

La oligarquía canta en el Palau

Se repite en los Montull la leyenda de Sant Jordi. Un dragón le pide al señor a su única hija y este a cambio le ofrece todo lo que tiene, salvo la hija

Javier Pérez Andújar

Fèlix Millet, Jordi Montull y la hija de este último, Gemma, en el banquillo de los acusados.

Fèlix Millet, Jordi Montull y la hija de este último, Gemma, en el banquillo de los acusados. / EFE / POOL

Resulta que después de tocar en el Palau, ahora van a cantar. 'Montull ofrece al fiscal delatar a Convèrgencia', así decía este miércoles, por ejemplo, el titular de este diario. La posibilidad de tal denuncia era la comidilla entre los periodistas que hacían corro a las puertas de la Ciutat de la Justícia. ¿Por cuál de ellas entrarían Millet y Montull? Lo hicieron por la de atrás, la que da a la avenida del Carrilet. Pero en la Catalunya del oasis y de los espejismos todo ha pasado siempre por la puerta de atrás.

Llegó Fèlix Millet con su americana verde a cuadros de siempre, la bufanda de franela en los hombros y empujado en silla de ruedas, como un pensionista de La Verneda. Un paquete de tabaco en el bolsillo. Pero Millet no tenía esa expresión ausente de los viejos que ya no pueden ir a ningún sitio por sus propias piernas, sino al contrario, su gesto era el de quien ha estado siempre y sabe que no lo van a sacar ni con salfumán. Avanzaba por los pasillos sentado pontificialmente con los dedos de ambas manos entrecruzados, más que como quien reza, al modo de quien dice misión cumplida. La viva imagen del corrupto 'emprenyat'.

Por su parte, Jordi Montull llegó sin el bastón de los últimos tiempos, quizá porque ya ha decidido ponerse a andar su camino, y lo hizo en compañía de su hija Gemma, también inculpada. Sobre el jersey, llevaba la hija el colgante de un corazón azul. Por ella dice Montull que está dispuesto a cantar, para que la libren del marrón de los 26 años que le pide el fiscal Emilio Sánchez UlledFèlix Millet tiene 81 años; Jordi Montull, 77; y Gemma Montull, toda la vida por delante. Se repite en los Montull la leyenda de Sant Jordi. Hay un dragón que le ha pedido al señor a su única hija, y este a cambio le ofrece todo lo que tiene, salvo la hija. El pueblo se indigna y le exige que la entregue en sacrificio igual que todo el mundo. ¿Aparecerá esta vez un caballero que la salve? Tal vez sí, en forma de pacto.

COMO EN UN TANATORIO

La antesala del auditorio, que es donde se celebran las sesiones del 'caso Palau', resulta en todos los aspectos lo más parecido al vestíbulo de un tanatorio. Pues bien, la parte del fondo está aislada por unos biombos de carpintería metálica, y ahí detrás, a minutos del juicio, a centímetros de la prensa, escenificaban una conversación secreta Montull sentado frente a Millet, acompañados ambos de sus respectivos defensores, Gabriela de la Rosa (hija de Javier de la Rosa y a su vez imputada en el 'caso Pujol'), y Abraham Castro, con toga y en cuclillas. También se hallaba presente el chaval que empuja la silla de Millet. Había en ese cuadro, en esa apartada orilla, donde más pura la luna brilla y se respira mejor, algo de escena del 'Tenorio'.

Una vez empezada la vista, el abogado de Convergència, Javier Melero, anunció que renunciaba nada menos que a 36 testigos, muchos de ellos, como Jordi Turull y Felip Puig, dirigentes del finiquitado partido, y así se ha empezado a decretar esta mañana una nueva amnistía política para la corrupción. En eso la oligarquía catalana es como Woody Allen en 'El dormilón' cuando decía: “mi cerebro es mi segundo órgano preferido”. Lo que pasa es que aquí el primero es la cartera.