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TENSIONES EN LA FORMACIÓN CONSERVADORA

Aznar y el síndrome Justin Bieber

Con su renuncia a la presidencia de honor del PP, el exlíder ha propinado el enésimo golpe maestro a Rajoy para recordarle quién sigue siendo el rey

Antón Losada

Aznar y Rajoy cierran el curso de verano de la FAES, en julio del 2015.

Aznar y Rajoy cierran el curso de verano de la FAES, en julio del 2015. / JUAN MANUEL PRATS

Mientras Mariano Rajoy se aprestaba a presidir el último Consejo de Seguridad de la ONU, reclamaba una solución humanitaria para Alepo, recetaba estabilidad para ganar en el gran juego de la seguridad mundial y le tiraban unos selfis paseando en plan 'casual' por Manhattan, José María Aznar planeaba su enésimo golpe maestro para robarle los titulares al día siguiente y recordarle quién sigue siendo el rey. Podía haber dejado su renuncia a la presidencia de honor del PP para el día 22, pero ni siquiera él se ha atrevido a competir con la Lotería de Navidad.

Cuando las grandes estrellas se quedan sin inspiración o sin producto, les falta un buen disco que cantar, un libro interesante que promocionar o una película espectacular que protagonizar tienen que recurrir al golpe del efecto grosero, a la polémica oportunista o al escandalo más rústico para hacerse un hueco en las portadas y asegurar que su marca siga visible. Es el síndrome Justin Bieber, así llamado en honor al ídolo adolescente que se quedó en macarrilla poligonero de instituto. Aznar acredita todos sus síntomas.

Hace tiempo que Aznar se quedó también sin producto. Pero ahora opera como una marca global. Necesita mantenerse en el mercado de la actualidad y tener notoriedad para facturar esas sustanciosas conferencias y asesorías. Solo puede hacerlo si conserva la apariencia de una cierta influencia en la política de su país. Mariano Rajoy inició en el 2011 una enmienda silenciosa, pero a la totalidad, a su canción del milagro económico y la recuperación, su libro de la reformas institucionales y hasta a la superproducción de aventuras patrióticas españolas que pretendía rodar en Catalunya.

A Aznar solo le ha ido dejando el recurso al desplante y la explotación del morbo. Comenzó así una carrera que conduce irremediablemente o a la irrelevancia, o a protagonizar algún 'reality show'. Lo peor del síndrome Justin Bieber reside en que cada vez exige ir más lejos, ponerse un poco más en evidencia, para retener la atención de un público que se aburre con facilidad. Cuánto más le critica, más sereno y sosegado luce Rajoy mientras más marciano e inquietante resulta Aznar.

EN ESTAMPIDA

El expresidente de honor no dimite, sale en estampida. Después de haber convertido la FAES en una subcontrata y haber externalizado sus servicios como fundación, el presidente Rajoy encara un congreso popular en febrero que celebrará la mayor exaltación del marianismo vista por los tiempos. Supone demasiada humillación. A Aznar no le ha quedado más remedio que poner tierra de por medio ante la dolorosa realidad de constatar cómo su legado se deteriora cada día entre casos de corrupción y chistes sobre la boda del Escorial, mientras el designado Rajoy sobrevive al cataclismo electoral del 20-D, consigue acuerdos con los socialistas o los nacionalistas, o se encamina a dejar en la historia una huella de reformas económicas y sociales bastante más profunda y duradera que la suya; empezando por el mercado laboral y siguiendo por las pensiones o la educación.

El aznarismo ya solo vende realmente entre la izquierda y el nacionalismo. Los votantes progresistas han resultado ser su público más fiel. Siempre están dispuestos a escandalizarse con su penúltima boutade y parecen ser los únicos que realmente le toman en serio. En el PP ya no quedan muchos que le hagan caso. Están todos demasiado ocupados jaleando al inquilino de Moncloa o intentando descifrar sus legendarios silencios. A Aznar ya solo le aplaude la cofradía de damnificados por el temible abrazo Rajoy --ni una mala palabra, ni una buena acción-- y un puñado de fieles y 'grupies' que afirman ver a un heredero de Friedrich Hayeck o el mismísimo Ludwig Von Mises en la caricatura de un expresidente que lleva una década repitiendo la misma exigua colección de lugares comunes y media docena de supercherías económicas pseudoliberales.

UN DESCUIDO FATAL

Aznar ha aprendido poco durante estos años. Sigue cometiendo el mismo error que cuando abandonó el planeta Tierra para convertirse en un gran líder mundial con Tony Blair y George Bush y nombró a Mariano su representante en España: subestimar a su sucesor. Es el mismo descuido fatal propio de todos los integrantes de la larga lista de víctimas políticas de un depredador con una habilidad mortífera: todos ellos murieron convencidos de que era Rajoy quien estaba en peligro, cuando, en realidad, Mariano es el peligro.

Donde había la estrategia calculada de un aspirante a la sucesión conocedor de que la mejor táctica de supervivencia en la corte es hacerse 'un Yo, Claudio' --jamás parecer más listo que el emperador y tartamudear cuando te pregunta--, Aznar solo vio a un registrador incapaz de cumplir otro destino que no fuera preservar su legado. Aznar creía entonces que el Partido Popular era él y siempre lo sería. Lo sigue creyendo. Rajoy sabía entonces, como sabe ahora, que tú no eliges al partido, el partido te elige a ti. El PP es un partido a la vieja usanza. No perdona a quien siempre quiere salvarse él primero.

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