30 oct 2020

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Adiós al interregno

El último pleno del Congreso antes de la investidura de Rajoy empieza con alboroto podemista y termina sin acuerdo sobre el fin de ETA

Las polémicas extraparlamentarias opacan las reformas aprobadas

Iolanda Mármol

Aunque no comparte la forma en que se realizó, critica que haya quienes sacan pecho con el terrorismo de Estado / JOSÉ LUIS ROCA / VÍDEO: ATLAS

Irrumpió Pablo Iglesias en el hemiciclo con tal determinación y ánimo de protesta que algunos sonrieron, irónicos, apuntando que el líder podemista parecía dispuesto “cavar trincheras” ya no solo en la calle, como reivindica, sino también en las historiadas alfombras del Congreso. Eran las nueve de la mañana. Era el último pleno antes de la investidura de Mariano Rajoy (si es que el PSOE o parte de él opta la semana que viene por la abstención). Era la última vez que sus señorías se sentaban en los escaños para un pleno ordinario en el periodo del interregno, ese limbo de casi un año sin Gobierno a los mandos. Y era tan plúmbeo el debate que los diputados se dedicaron más a reaccionar ante las cámaras a cuanta noticia se iba produciendo que al meollo parlamentario.

Iglesias se enzarzó con la presidenta, Ana Pastor, que no le permitió dar un discurso en favor de los derechos humanos. Como los miembros del Ejecutivo ni siquiera habían llegado, un grupo de diputados de Podemos colocó octavillas en los escaños azules que los populares encontraron al llegar, horas más tarde. El PP lamentó “el circo”. Albert Rivera reprochó a los podemistas que lleven sus guerras internas al Parlamento. El propio Iglesias, que a su entrada había dicho que el escrache contra Felipe González es de "salud democratica", salió a matizar, y las puertas del hemiciclo comenzaron a girar a ritmo de batidora.

Muchos en el Congreso asumen con disgusto que el calendario político devorará el puente de Todos los Santos

Pastor salió a entregar al Rey la lista de portavoces que acudirán a las consultas previas a la investidura. Volvió con una noticia exigua y un jarro de agua fría. Esta vez subirá al palacio de la Zarzuela un representante más, de Equo, a hablar con Felipe VI, del que los parlamentarios esperan un gesto de diligencia para comprimir todas las conversaciones en día y medio, y poder convocar, de una vez, el pleno para votar a Rajoy. El disgusto fue saber que habría que esperar hasta el viernes para conocer los horarios decididos por el Monarca, que condicionan el resto. En el Congreso todos esperaban que fuese inmediato: hay un ejército invisible de funcionarios, periodistas, ujieres, taquígrafos, letrados, personal de servicios y agentes de policía pendientes de una fecha que todos asumen, resignados, devorará el puente de Todos los Santos. “El de los muertos”, se burlaban algunos en pasillos. 

IGLESIAS APLAUDE A MADINA

A mitad de pleno, se conoció la sentencia del Tribunal Constitucional que anula el veto catalán contra los toros. Los diputados se organizaron para dar reacciones a los medios. Al rato se hizo pública la imputación de Rita Barberá. Y hubo nuevas ausencias en los escaños. Su señorías seguían la sesión a trompicones. Íñigo Errejón se quedó atrapado en un ascensor con diputados del PP pero no logró convencerlos en ese confinamiento de un cambio de voto. El Congreso aprobó la reforma de la ley de estabilidad presupuestaria y la ley electoral, con retoques mínimos: se reducen el techo de gasto de los partidos y las subvenciones cuando haya repetición de comicios.

El derecho de sufragio a los 16 años o eliminar el voto rogado fueron propuestas rechazadas. No hubo acuerdo, tampoco, para firmar un documento por el quinto aniversario del fin de ETA, en una negociación improvisada en el mismo hemiciclo, de pie. Cuando le preguntaron sobre esa conversación a Iglesias no citó el motivo del desacuerdo, entre PP y Bildu, pero se deshizo en elogios al socialista Eduardo Madina. Dicen los suyos, que lo querría como nuevo secretario general del PSOE. Pero nadie acierta a augurar si nombrándolo le hace un favor. O no.