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Tres urnas escondidas

Una votación impuesta por los partidarios de Sánchez sin las mínimas garantías hizo estallar el comité federal y activó la moción de censura de Díaz al ya exlíder

Juan Ruiz Sierra

Partidarios de Pedro Sánchez, el pasado sábado frente a la sede del PSOE. 

Partidarios de Pedro Sánchez, el pasado sábado frente a la sede del PSOE.  / AFP / CÉSAR MANSO

Entre los muchos momentos que desgarraron al PSOE en su comité federal del pasado sábado, que terminó con la salida de Pedro Sánchez tras comprobar que no tenía la confianza de sus miembros, hay uno determinante. Ocurrió pasadas las siete de la tarde, diez horas después de que comenzara la cita del máximo órgano socialista, y estuvo protagonizado por tres urnas escondidas detrás de un panel.

Convocado para determinar el equilibro de fuerzas entre el ya exsecretario general y sus críticos, el encuentro había comenzado mal, peor que nunca, con dos centenares de supuestos simpatizantes (se discute el origen de muchos de ellos) organizando un escrache a los detractores de Sánchez, un grupo en el que englobaron a casi todos aquellos que entraban en la sede socialista. Tanto daba que estuvieran en el bando contrario al del exlíder, caso de Eduardo Madina, como que se hubieran alineado desde un principio con él, su rotundo ‘no’ a la investidura de Mariano Rajoy y su pretensión de conformar un Gobierno alternativo, caso de la presidenta balear, Francina Armengol. Con alguna excepción (el catalán Miquel Iceta) todos fueron recibidos con gritos de “¡golpistas!”, “¡sinvergüenzas!” y “¡fascistas!”.

Era el colofón de una semana en la que el PSOE se había abierto en canal, con el líder aferrándose al cargo y los principales barones señalándole la puerta de salida. Pero la reunión comenzó en un tono educado. Las formas se respetaban, explicaron miembros del organismo, pese a que los dos sectores no se ponían de acuerdo sobre qué habían venido a votar (el congreso exprés diseñado por la dirección o la gestora propuesta por los críticos), ni sobre quién podía votar (el debate se centraba en lo que quedaba de la ejecutiva, que los adversos a Sánchez no reconocían tras la dimisión de la mitad de sus miembros), ni tampoco sobre el método de voto (secreto o no).

Hasta que dejaron de respetarse. Los encargados de organizar la votación eran los tres miembros de la mesa del comité federal, donde los ‘sanchistas’ tenían mayoría: la catalana Núria Marín y el vasco Rodolfo Ares frente a la andaluza Verónica Pérez, autoproclamada “única autoridad” del PSOE. Cualquier entendimiento entre ellos se había mostrado imposible, así que Ares, un dirigente bregado en mil batallas, decidió aplicar su superioridad numérica. Anunció que la mesa había decidido que comenzaba la votación y que esta se hacía tal y como había buscado Sánchez desde el primer momento: sobre el congreso, dejando votar a los miembros de la dirección en funciones y en secreto.

NI CENSO NI CONTROL

Alguien, sigue habiendo dudas sobre quién diseñó las características de la votación, colocó tres urnas, pero no a la vista de todos los dirigentes, sino tras un panel, sin ningún censo ni control sobre los que iban a votar ni el número de papeletas que cada votante podía introducir.

Sánchez, junto a Adriana Lastra, una de sus más fieles colaboradoras, fue el primero en levantarse para acudir hasta allí. Y entonces todo estalló. Hubo gritos e insultos. También hubo lágrimas de históricas dirigentes como Matilde Fernández y Trinidad Jiménez por lo que había acabado convirtiéndose el PSOE. José Antonio Pérez Tapias decidió abandonar la reunión. “El partido está roto”, dijo a la salida. Otros defensores de Sánchez, como Josep Borell Patxi López (el primero de forma más “explícita”, explican varios de los presentes), dejaron claro que no estaban de acuerdo con un proceso que, a su juicio, carecía de mínimas garantías.

La votación se detuvo cuando solo habían participado unos 20 socialistas, pero ya era demasiado tarde para recomponer el encuentro. Susana Díaz, presidenta de Andalucía y cabeza visible de los críticos, activó poco después una moción de censura a Sánchez. La maniobra era contradictoria, porque suponía reconocer que seguía habiendo una dirección liderada por el madrileño, algo que sus detractores habían negado tras las bajas de la mitad de la ejecutiva, pero permitió calibrar el peso de cada sector. Se recogieron cerca de 130 firmas, más de la mitad del total de quienes en ese momento se encontraban en el comité federal. “Pedro, votemos. Votemos lo que quieras”, insistió Díaz.

Se votó. Sobre el congreso que defendía Sánchez y contando las papeletas de lo que quedaba de su cúpula, pero de forma pública. El resultado: 107 votos a favor, 132 en contra, la marcha del secretario general y un partido hecho pedazos.