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80º ANIVERSARIO DEL 18 DE JULIO

El último suspiro de la República

El fracaso de la gran ofensiva del Ejército Popular precipitó el triunfo de los golpistas en la guerra civil española

Kim Amor

Franco y el general Fidel Dávila, en el Coll del Moro (Gandesa) durante la batalla del Ebro, en el otoño de 1938.

Franco y el general Fidel Dávila, en el Coll del Moro (Gandesa) durante la batalla del Ebro, en el otoño de 1938. / EFE

La Batalla del Ebro fue el último suspiro de la República. El preludio de la derrota final republicana frente a los golpistas del general Francisco Franco. Fue la batalla más larga, mortífera y cruenta de las libradas en la guerra civil. Un cuarto de millón de hombres combatieron en un espacio de 800 kilómetros cuadrados durante 115 largos y dramáticos días, del 25 de julio al 16 de noviembre de 1938.

Más de 25.000 soldados murieron y cerca de 70.000 resultaron heridos. Un auténtico infierno en el que se combatió cuerpo a cuerpo. Muchos de los supervivientes recordarán décadas después con voz trémula los gritos desgarradores de los heridos de muerte llamando a sus madres en el campo de batalla. Algunos eran chavales de 17 años, los de la Quinta del Biberón, nacidos en 1920, reclutados por el Ejército Popular a toda prisa para participar en la ofensiva.

Y es que en el verano de 1938 la situación de la República era más que preocupante. Las tropas franquistas habían conquistado Teruel, primero, y Castellón, después. Una derrota que aisló a Catalunya del resto del territorio republicano. Hay que recordar que por aquel entonces Barcelona era la sede del Gobierno, dirigido por el socialista Juan Negrín, y de la presidencia de la República, ocupada por Manuel Azaña.

Para revertir la situación, el jefe del Ejército Popular, el general Vicente Rojo, diseñó un plan audaz y de alto riesgo. Más de 130.000 hombres cruzarían el río Ebro desde Mequinenza, al norte, hasta Amposta, al sur, para arrebatar a los rebeldes las poblaciones de la orilla oeste. Era necesario recuperar la iniciativa militar. 

Tras la pérdida de Castellón, Catalunya quedó aislada del territorio republicano y era urgente frenar a los franquistas que ya estaban a tiro de cañón de Valencia

El objetivo del golpe de fuerza era hacer retroceder al enemigo –que estaba a tiro de cañón de Valencia–, reconectar Catalunya con el resto de territorio republicano, levantar la moral de la tropa y la de una población exhausta y, de paso, demostrar a las democracias europeas que la República todavía estaba viva.

El principal valedor del plan de Rojo era Negrín, no así Azaña que, desde un principio se mostró receloso. Hombre pragmático y de espíritu más bien pesimista y derrotista, el presidente republicano era más partidario de aunar esfuerzos para buscar una paz negociada. 

FACTOR SORPRESA

El éxito del plan dependía en gran parte del factor sorpresa. La operación se puso en marcha el día de Sant Jaume, de madrugada y al grito de “¡Adelante hijos de Negrín!”. Los soldados de Rojo salvaron el río en silencio y al amparo de la noche, apiñados codo con codo en pequeñas barcazas, mientras el Cuerpo de Ingenieros levantaba las pasarelas y los puentes necesarios que debían usar horas después los camiones, tanques y piezas de artillería.

La mejor defensa es un buen ataque. El golpe dejó aturdido al enemigo. Una voz despertó al general franquista Juan Yagüe, responsable de la custodia del río, al grito de “¡Los rojos han pasado el río!”. Los soldados republicanos avanzaron rápido y en pocas horas reconquistaron gran parte de las poblaciones de la otra orilla y en las zonas más altas del campo de batalla, los macizos de Pàndols y Cavalls, se plantó la bandera republicana. 

Todo había ido sobre ruedas, excepto en Amposta, donde el paso del Ebro fue un fracaso. “Muchas unidades enemigas, incapaces de resistir nuestro violento ataque, han huido en desbandada”, telegrafíó un eufórico Negrín a Azaña al final de la jornada.

Un voz despertó al general Juan Yagüe al grito de "¡los rojos han pasado el río!" y Franco no tardó en poner en marcha su maquinaria de guerra, superior a la republicana

Pero el entusiasmo duró poco. Franco puso en marcha con rapidez toda su maquinaria de guerra, muy superior a la republicana y empezó por bombardear sin descanso, con ayuda de la Legión Cóndor de la Alemania nazi, los pasos del río, lo que ralentizó la llegada de suministros y armas pesadas a los diferentes frentes. También arrasó por completo el pueblo de Corbera d’Ebre, la plaza más avanzada de las tropas republicanas que intetaron sin éxito hacerse con Gandesa, la capital de la comarca.

Una semana después del inicio de la ofensiva, el Ejército Popular perdió la iniciativa. Los rebeldes se habían rehecho gracias a la llegada de refuerzos, unidades de choque con gran experiencia. La batalla se enquistó en los diferentes en frentes abiertos. Un escenario ideal para Franco, amante de la guerra de desgaste, la que le permitía cumplir su máxima militar: no hay victoria sin la aniquilación total del enemigo.

GOLPE DEFINITIVO

Negrín mantuvo su estrategia de resistir con la esperanza de que la belicosidad de Adolf Hitler arrastrara a Europa a una nueva guerra mundial, lo que forzaría a los gobiernos del Londres y París a aliarse sin vacilaciones con la República para luchar juntos al fascismo. El Fürher ya se había anexionado Austria y pretendía hacer lo propio con la región de los Sudetes de Checoslovaquia. Lo que consiguió tras la firma del pacto de Múnich, a finales del mes de septiembre.

A la cumbre, además de Hitler, participaron el dictador italiano, Benito Mussolini, y los primeros ministros del Reino Unido, Neville Chamberlain, y francés, Edouard Daladier. El acuerdo, que supuso el golpe definitivo a la República, coincidió con la retirada de los campos de batalla de la guerra española de las Brigadas Internacionales, que entonces estaban combatiendo en el Ebro.

Franco tuvo todo a su favor y lo aprovechó. Pàndols y Cavalls fueron pulverizadas por la aviación y la artillería rebelde. “Apenas podíamos levantar la cabeza. Nada se podía hacer ante la lluvia de fuego que caía del cielo. Cuando se hacía de noche, llamabas a gritos a tus compañeros para saber quién quedaba todavía con vida. Yo no vi morir a nadie, pero la gente desaparecía”,  recordaba décadas más tarde  el excombatiente republicano Francesc Morera.

El pacto de Múnich, que permitió a Hitler anexionarse los Sudetes, con el beneplácito del Reino Unido y de Francia, supuso el golpe de gracia a la República.

Y en el valle del Río Sec se afianzó la cruenta guerra de trincheras. La cota 424 se hizo famosa porque en un solo día cayó en manos de un bando u otro varias veces. “El terreno se va conquistando palmo a palmo, trinchera a trinchera, de las que es necesario desalojar al enemigo con bombas de mano”, escribió en su libro de memorias el teniente coronel republicano Pedro Mateo Merino.  

Desde la firma de Múnich, la resistencia republicana en el Ebro aguantó dos meses más. La última acción militar del Ejercito Popular fue la voladura de puente de Flix. «Los rojos se nos fueron de noche», alguien escribió en el parte de guerra de los golpistas.

El campo de batalla quedó sembrado de cadáveres y de toneladas de desechos de guerra, de cuya venta vivió la población de Terra Alta durante años. Hay hijos y nietos que aún buscan a sus combatientes desaparecidos.

* Kim Amor es autor del libro 'La última batalla: derrota de la República en el Ebro' (Oberon, 2004)

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