PERFIL

Iglesias, sin el mono blanco

Es un seductor televisivo que nos invita al cambio, hablando rápido para ahuyentar fantasmas venezolanos y con un deje castizo para minimizar contradicciones ideológicas

Pablo Iglesias durante un mitin en Vitoria, en la campaña del 26-J. 

Pablo Iglesias durante un mitin en Vitoria, en la campaña del 26-J.  / ANDER GILLENEA / AFP

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Pablo Manuel Iglesias tiene lo que hay que tener para triunfar en política. Es un seductor televisivo de sonrisa peligrosa que nos invita a correr el riego de apostar por el cambio, hablando rápido para ahuyentar a sus fantasmas venezolanos y con un deje castizo para minimizar las contradicciones ideológicas acumuladas en el viaje hacia el poder, exhibiendo la sabiduría innata del político, la rectificación.

 "Es difícil enfriar la cabeza después de la batalla de Praga", escribía el joven Iglesias en el diario digital 'Rebelión', relatando su participación en los enfrentamientos del movimiento antisistema con la policía checa en la cumbre del FMI y el Banco Mundial. La crónica de una victoria: los dirigentes del capitalismo marcharon de la ciudad si poder completar el programa protocolario de despedida para evitar la prolongación de la batalla campal. Tenía 22 años cuando participó en este episodio de "política grande", la que definiría en su tesis sobre la desobediencia civil como aquella que concierne a los asuntos del planeta, su campo de batalla es el mundo posnacional y el adversario ya no son los estados sino las entidades de carácter global y capitalista.

El profesor de Ciencias Políticas, en su etapa de movientólogo, dio por superados a "los sujetos de emancipación domésticos centrados en la problemática nacional y las luchas internas", apostando por los 'tute bianche' del movimiento internacionalista que ya no necesitaban ni siquiera un estado mayor de la revolución porque Lenin había sido superado por la eficacia de la red. Experto en la comunicación política en tiempos de desobediencia, pronto descubrió la verdadera fuente de la visibilidad: colgó el mono blanco para lucir camisa blanca y coleta en los platós televisivos de la casta mediática. Pero el pasado siempre está al servicio de los adversarios, especialmente si se arrastra una leyenda negra como la suya, actualmente investigada por la Asamblea de Venezuela, que considera su Centro de Estudios Políticos y Sociales como "aliados naturales de la mal llamada revolución bolivariana".

ELECCIONES AL PARLAMENTO EUROPEO

"No hemos nacido para ser una fuerza testimonial", dijo al poco de la creación de Podemos, hace dos años. "Nosotros -explicó a Jordi Évole- no somos el resultado de nuestros aciertos, sino de un desastre generalizado. Los padres de Podemos son el PP y el PSOE". Para quienes no seguían La Tuerka o las tertulias políticas de 13 TV, La Sexta Cuatro, su eclosión se produjo en las elecciones al Parlamento Europeo. Desde su primer millón largo de votos sus expectativas electorales no han hecho sino crecer, hasta el punto que hoy podría ser vicepresidente del Gobierno si Pedro Sánchez hubiera atendido su sugerencia.

Aspira a ser presidente  y para eso juega al ajedrez. "Si para hacer mate hay que sacrificar a la reina, claro que sí", afirma, sin desvelar la identidad de la reina

Iglesias viaja hacia el 'sorpasso' en volandas de su guardia digital, que le cuida la americana mientras él habla al público en mangas de camisa y ellos divulgan sus palabras en directo por las redes sociales. Desde el escenario, declara su amor por la vieja socialdemocracia, "la principal alternativa al gobierno del PP"; sin darle mayor importancia a su giro ideológico porque "los significantes son lo de menos". Marx y EngelsAnguita y Zapatero, las bichas de sus teóricos aliados socialistas, comparten protagonismo en su discurso actual con la apelación a los axiomas del parlamentarismo burgués para sumar mayorías. A punto de ser cuarentón, coaligado con los comunistas de siempre, Izquierda Unida, les endulza el pacto proclamando su patriotismo, que no es, advierte, el de las pulseras rojigualdas, sino el de la patria formada por la gente, la que hace un siglo se conocía como la patria de los trabajadores, el socialismo.

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Habla a menudo del honor, como el alcalde de Zalamea, de nación de naciones, como Anselmo Carretero, y de fraternidad para elogiar los gobiernos de izquierda a la valenciana, que no hace tanto rechazaba, cuando creía posible "patear el tablero, para crear un escenario diferente, en el que se sitúan los de arriba y los de abajo", para acelerar la "desintegración del régimen", aprovechando "la decrepitud de los partidos dinásticos". Entonces, la batalla era la de la casta versus una mayoría social por el cambio y por eso declaró en 'Público': "Quien diga que quiere una coalición de partidos de izquierda, se equivoca".

Ahora, rendido a la evidencia de la dificultad de los liderazgos corales -"cuando soy más bueno que el pan, de momento"-, aspira a ser presidente del Gobierno y para eso juega al ajedrez. "Si para hacer mate hay que sacrificar a la reina, claro que sí", afirma, sin desvelar la identidad de la reina. El programa de Podemos tiembla y el referéndum catalán se tambalea ante la sonrisa de futuro. Así deben ser los líderes, según Arthur Miller.