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Joan Francesc Mira: "Imaginar los Països Catalans como Estado es una fantasía"

En 1997, el ensayista Joan Francesc Mira reformuló el nacionalismo valenciano en el libro 'Sobre la nació dels valencians'. Las fuerzas que asumieron sus propuesta gobiernan hoy

ERNEST ALÓS

Esta es la historia de un éxito improbable. En 1996, el nacionalismo valenciano, representado entonces por la muy fusteriana Unitat del Poble Valencià, seguía en un callejón sin salida, con 27.776 votos (el 1,04%). Podía quedarse en la vía muerta del pancatalanismo minoritario o darse un baño de realismo, y eso fue lo que hizo. En el congreso de L'Eliana, en el que se transformó en el Bloc, la ponencia que planteó arrumbar el proyecto político, que no cultural, de los Països Catalans, asumir el término de nación valenciana y utilizar sin complejos la denominación de valenciano para la lengua común estuvo a cargo del catedrático de griego, novelista y ensayista Joan Francesc Mira, que la estructuró al año siguiente en el libro Sobre la nació dels valencians.

Al cabo de 10 años, el Bloc alcanzaba los 195.116 votos (el 8,14%) y en el 2015, con el Bloc integrado en Compromís junto con varias escisiones de EU, la coalición sumó 452.654 votos (el 18,19%), gobierna el Ayuntamiento de Valencia y forma parte del Gobierno de la Generalitat de la mano del ala más valencianista del PSPV. Ahora, Mira ha reeditado ese texto fundacional, con su contenido actualizado y el título de La nació dels valencians (Pòrtic). El libro, y la conversación que mantenemos con él durante una visita a Barcelona, ayudan a entender qué sucede bajo esa frontera tan tenue y a la vez tan real como la que marca el río Sènia.

¿Hasta qué punto se siente ahora Mira reconocido, y hasta qué punto cree que el valencianismo que sorprendentemente ha podido capitalizar el rechazo a la podredumbre de los gobiernos del PP es hijo de sus planteamientos? «Desde todos los puntos, y además de manera expresa y explícita», responde, satisfecho porque «los años de esfuerzos de los que de verdad han trabajado duro hayan tenido frutos» y olvidado ya «el escándalo que levantó el libro  entre la congregación de la doctrina de la fe» del valencianismo catalanista, que lo llegó a acusar de blaverismo.

«Soy profundamente catalanista, dejo claro que Valencia es de origen catalán, de filiación cultural catalana, con una identidad cultural básica y una lengua catalana, con una comunidad literaria compartida, pero si no distingues esto de la identidad política, entonces no entiendes nada». A su juicio, el proyecto político, el proyecto de poder, las estructuras de partido, han de ser valencianos y de obediencia valenciana, porque  «nunca ha existido un proyecto político común entre Valencia y el principado de Catalunya, nunca hemos tenido ni las mismas leyes, ni la misma Generalitat, ni siquiera la misma moneda, y no nos podemos inventar un pasado común, una comunidad política que no ha existido nunca, que no existe y que es muy difícil que llegue a existir», argumenta.

Y ese proyecto común aún será menos viable si llega a existir una Catalunya independiente: «Me la puedo imaginar. Pero no me puedo imaginar de ninguna manera unos Països Catalans como Estado. No existen ni las bases sociológicas, ni ideológicas, ni de identidad. El 99% dirá que no. Es una fantasía y, si quieren, que vayan a una tienda de muebles y se compren una butaca bien cómoda para esperar».

Las palabras

Otra de las claves de ese giro fue no quedar presos de las palabras: catalán, Països Catalans... «Sí, porque las palabras son peligrosas. Aquellos que escribían Xàtiva és Catalunya lo que conseguían es que les llamasen fills de puta. Encerrándote en una esfera ideal y decidiendo que los que están fuera de ella están equivocados y que tú tienes la razón, sumar partidarios de uno en uno y enemigos de cien en cien, no es la manera de ganar una guerra».

«El término Països Catalans tiene sentido cultural, lingüístico y literario, pero ha creado tantos anticuerpos que ha funcionado como una vacuna anticatalana», añade. Avanzar sin decirlo, reconocer la unidad de la lengua sin denominarla catalán de forma cotidiana pero sí cuando se enseña lengua en las escuelas y la universidad, utilizando «un término que se ha utilizado toda la vida como el de valenciano, que no nos hemos inventado y al que es absurdo negar su validez histórica», advierte, también genera reacciones, «porque la gente no es tonta y se da cuenta». Por ejemplo, quizá sea posible que la Academia Valenciana de la Llengua entre en el Institut Ramon Llull junto con Catalunya y las Illes, pero no aún que lo haga la Generalitat.

Optimismo prudente

Por más que sean recientes, los textos añadidos en el 2015 son anteriores al éxito electoral de Compromís. Resulta que en algunos casos pecó de prudencia. «A las pocas notas de optimismo que había en el libro he añadido más, pero de optimismo prudente», dice. ¿Más optimismo o más prudencia? «¿El nuevo Gobierno, y Compromís podrán mantener la coherencia interna? Espero y confío que sí. De momento los primeros gestos simbólicos han sido muy importantes. ¡El reconocimiento oficial a Raimon...!».

En su libro, Mira recordaba que, mientras en Catalunya el adjetivo nacional quiere decir una cosa, en Valencia ha remitido inmediatamente a España. ¿Llegará a cambiar esto? ¿Habrá una politica expresamente nacional, de reivindicar una identidad nacional valenciana diferente de la española? «De este Gobierno no lo espero. Pero incluso en un aspecto simbólico, puede haber una política nacionalmente positiva. Ningún presidente de la Generalitat se hubiese atrevido a cuestionar el primer verso del himno, aquel que habla de ofrenar noves glòries a Espanya, y decir que ya está bien de tanto ofrendar. Eso es muy importante, se aleja de esa postura de adhesión sumisa. Yo no sé si estos gestos renacionalizarán el país, pero hacen país, crean identidad, aunque sea en un proceso lento».

En otros casos, quizá peca de optimismo. Mira sostiene en su libro que el españolismo furibundo que veía en la lengua y la identidad valencianas un engorro obsoleto que liquidar ha muerto, ni que sea sustituido por un valencianismo folclórico pero hostil. Pero después llegó Ciudadanos, y su lideresa local Carolina Punset tildando de «aldeano» hablar valenciano. «Estas frases de menosprecio de la lengua y la cultura que se utilizaban hace cien años no las utiliza el PP». Y considera que una cosa es Ciudadanos, que en Valencia utiliza el discurso de la modernidad pura y dura que usa en el resto de España, y no el del españolismo explícito que practica en Catalunya, «y otra es Carolina Punset, cargada de vanidad como su padre, una marciana llena de estúpida ignorancia que no tiene ni idea de nada ni le interesa, y que a su propio partido les molesta. No es representativa y Rivera se la quitará de encima porque él no es tonto».

Temas: Libros

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