una mirada al vuelco político

Revolución feminista

El éxito electoral de tres mujeres de izquierda en las tres principales ciudades españolas abre un panorama inédito. La autora de este artículo considera que no estamos ante una revolución democrática y social, sino que el peso del feminismo marcará las políticas del futuro.

Revolución feminista

JOAN CORTADELLAS / MIGUEL LORENZO

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JENN DÍAZ

La gran triunfadora de las municipales en Barcelona saltó a la política desde la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Activista social de largo recorrido, su irrupción en Barcelona en Comú impulsó el vuelco.

Si hace unos años alguien me hubiera dicho que habría acabado escribiendo sobre política, no me lo habría creído. Yo, que casi nunca sé a quién votar. Yo, que tardé mucho tiempo en saber qué significaba ser de izquierdas o de derechas. Yo, que tardé más tiempo aún en saber que llamar rojo a una persona tenía un matiz escondido. Yo, que siempre he dicho que el escritor debe dejar la opinión política para su deber ciudadano y no ir opinando por ahí de todo como si fuera un experto. En las anteriores elecciones municipales me llamaron de un periódico para preguntarme qué opinaba, ya que había publicado un libro, y yo sinceramente no lo sabía -cómo voy a hacer un análisis político solo por ser escritora. Se empieza a escribir sin saber que la condición de intelectual, o como se le quiera llamar, va a ser motivo suficiente para preguntarte sobre cualquier cosa sin ser un entendido en la materia. Pero aquí estoy, el mismo yo de hace unos años no se lo creería, pero aquí estoy para hablar de una revolución que la mayoría cree democrática y social. Se equivocan: ésta es la revolución feminista.

No me atrevería a hablar de política si no estuviera hablando a la vez de feminismo. Mi compromiso con el feminismo es mucho más consciente y firme que mi compromiso con la política -por desconocimiento. Si en las últimas elecciones municipales no hubieran llegado tan alto Ada Colau, Manuela Carmena y Mónica Oltra, yo no estaría aquí diciendo las cosas que quiero decir. Simplemente porque no tengo las herramientas suficientes para comentar nada relacionado con la política pero sí sobre la mujer, el feminismo y el techo de cristal.

La otra noche, viendo los resultados, me di cuenta de que nunca antes me había divertido tanto con un tema tan serio. Creo que solo sentí tanta emoción cuando fui a votar con mi familia en el referéndum catalán: porque sentía que había ganado el sentido común y el ciudadano. La sensación, al ver a tres mujeres como Ada, Manuela y Mónica era la misma: la de que habíamos ganado todos, independientemente del partido político al que pertenecen. Visto así, lo que más me emociona de la política no es la política, así que pido disculpas ahora, que estoy a tiempo, por lo poco formal que va a ser este texto.

Ganábamos los buenos

Cuando ya se sabía que Ada Colau había ganado, y mientras escuchaba su discurso en directo, iba consultando qué pasaba en Madrid y en Valencia y celebraba en mi casa lo que estaba viendo. Si se me permite la frivolidad, me sentí como cuando mi equipo marcó un gol en el Vicente Calderón y en Cornellà había un empate a cero -ganábamos los buenos, había un equilibrio entre ciudades. ¿Por qué hasta entonces la política había sido algo que no parecía pedir mi participación? ¿Por qué el primer año que pude votar no lo hice? ¿Por qué hasta que no empezaron a crecer movimientos sociales como CUP no me atreví a ir a mi colegio electoral? Muy sencillo: porque la política no me necesitaba, permanecía en un movimiento estancado que estaba de espaldas a la ciudadanía y, por tanto, a mí. Nunca he sentido que la política me solicitara y si me planteaba votar, aunque no supiera a quién, lo hacía con una única convicción: se lo debo a todas aquellas mujeres que con su lucha me permitieron tener el derecho al voto. Pero ahora es distinto, porque me siento interpelada por la política, se me pide opinión, se pueden cambiar ciertas cosas. Y una de las cosas que se pueden cambiar es el género de la política, del poder: ahora las mujeres, las mandonas, también tienen algo que decir.

En mi casa, la niña (apenas 6 años) lo primero que preguntó fue si quien había ganado las elecciones era una chica. Cuando su padre le dijo que sí, se alegró. Unas semanas atrás había preguntado por qué no había una presidenta del Gobierno, si solo había presidentes, y tuve que decirle que no, no las había -mandar es cosa de hombres. Pero ahora ya puedo cambiar mi discurso, ya puedo decir que también hay mujeres que llegan al poder, y que llegan a pesar del techo de cristal, y que llegan sin necesidad de abrirse camino a codazos, y que llegan después de hacer un gran trabajo y que se espera de ellas que sigan haciéndolo. La mirada femenina en la literatura, según Alice Munro, es darle prioridad a aquello marginal, mirar el mundo con piedad. Ada, Manuela y Mónica han estado del lado de Alice Munro, han mirado aquello que el político había olvidado ya -el lado de la normalidad. Y han mirado ese lado conmovidas, sin compasión ni condescendencia, con misericordia. ¿Y qué ocurre cuando el ser marginal se siente prioritario? Que se compromete. Así que puedo hablar, por primera vez en público, de política -porque estoy hablando del compromiso, del feminismo y del objeto secundario que es el ciudadano.

El mundo de Lou May Alcott

Cuando leí Mujercitas, el libro de Lou May Alcott, en clave feminista, di con el principio de todo lo que hoy tenemos. La autora, aunque en el libro lo hace pasar desapercibido porque debía mantenerse dentro de los márgenes de su sociedad, era una gran feminista, y como feminista vivió en un mundo absolutamente hostil. La mujer debía engañar y usar todo su ingenio para poder llegar allí donde el hombre ya llegaba. Así, las mujeres de la época de Alcott exigieron poder acceder a la educación no por ellas, sino por sus hijos: si debían formar a los futuros americanos, debían ser personas cultas, no iletradas. Y así es como la mujer de entonces pudo dejar de ser una analfabeta -por y para el hombre, para poder ser una buena compañía del marido y poder preparar a su hijo. Es todo cuanto podía hacer: educar tan bien a su hijo que, cuando se convirtiera en hombre, volviera la mirada como lo haría Munro -hacia lo marginal, que era la mujer, que era su madre. De aquel trabajo hemos recogido algunos frutos, pero no todos los que cabía esperar. Por eso ahora la mujer no puede contentarse con ese trabajo indirecto, no puede seguir instruyendo a hombres con la esperanza de que recuerden que fue en lo doméstico que aprendieron a manejarse después en la sociedad. Necesitábamos que la mujer escalara ella sola, sin ayudas, o con la ayuda de otras mujeres.

No podemos bajar los brazos

Ahora que podemos respirar con tranquilidad, ahora que puedo decirle a la niña que la mujer también puede ser alcaldesa de una ciudad como Barcelona, ahora no podemos bajar los brazos. ¿Qué ocurre cuando una mujer lidera? Que sigue siendo una mujer. Porque Ada Colau ha tenido que aguantar que Alfonso Rojo le hable de su aspecto físico. Y ha tenido que aguantar que Xavier Vidal-Folch, para hacerla más cercana, hable de su ropa holgada y de sus cejas pobladas y de su edad y de si pasa o no pasa el aspirador en su casa. Ada ha tenido que aguantar que Xavier Trias le diga que es una mandona. Y no podemos ni imaginar las cosas que Ada tiene aún que aguantar.

Hubo un momento en que la mujer pudo acceder a los libros con la excusa de los futuros americanos, futuros hombres de la patria. Ahora vivimos un momento en que la mujer ha podido acceder a la política, al escalón más alto, y ha tenido que ayudarse del marginal, de aquel que necesitaba una mujer como Ada que los salvara de su propio infierno -la precariedad extrema. La mujer ya podía leer, pero tuvo que seguir trabajando para que leer no la enfrentara con el resto de leídos. La mujer ya puede liderar, pero tiene que seguir trabajando para que los hombrecitos de turno no la amenacen hablando de su aspecto físico, su normalidad y su capacidad de ordenar. Aún queda trabajo por hacer, pero sin duda hemos avanzado: ahí están, arriba, Ada Colau y Manuela Carmena y Mónica Oltra. Y no están ahí arriba con un rol masculino, y no están ahí arriba menospreciando el trabajo de los demás, y no están ahí arriba sobornando, y no están ahí arriba por méritos de otros. Están arriba porque han trabajado, están arriba para trabajar.

Estas tres heroínas

¿Por qué esto es una revolución feminista más que una revolución democrática y social? Porque el trabajo no es únicamente un cambio político. Muchos otros partidos hacen una gran labor social y no han tenido el éxito que han conseguido estas tres mujeres, estas tres -si se me permite- heroínas. Lo importante de estas elecciones municipales no es solo que el país parece girar hacia la izquierda, el país parece haber despertado después de que los partidos de siempre nos hayan abandonado a nuestra suerte.

Ahora lo que queremos es que algo cambie, porque si llevamos años obteniendo los mismos resultados y ahora queremos obtener otros, se debe empezar por el principio. Mover una ficha distinta, o mejor -cambiar esa ficha por otra, por la reina. Por lo que veo, el hombre -que tiene una gran capacidad de liderazgo pero no es mandón, que es cercano pero nadie sabe si pasa el aspirador en su casa, que abraza a niños en campaña pero desconocemos si lleva a sus hijos al colegio, que nadie se fija en cómo lleva las cejas- tiene miedo de que una mujer como Ada, Manuela o Mónica ocupe su lugar, porque quizá ya no vuelva a estar disponible para él. Por lo que veo, el hombre no está cómodo con una mujer al mando que no juega con las mismas reglas que él, que son unas reglas que hasta ahora reconocían en el ámbito personal, doméstico, cotidiano -en lo particular, y no en lo universal-masculino.

Luchando con esa sombra

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Pero la mujer lleva años y años liderando en la sombra, luchando con esa sombra y la sombra de quien intentaba taparla. La mujer, aunque por primera vez llega al poder, no es una novata en el empoderamiento. Llevamos toda una vida, incluso más de una vida, preparándonos para cuando llegara nuestra oportunidad, para mirar el mundo como dice Alice Munro que lo miramos: y para dejar de mirarlo desde una única perspectiva -ya no solo lo miraremos desde abajo, ahora también podremos hacerlo desde arriba.

Hay muchas preguntas que aún no nos habíamos hecho y que ahora tenemos oportunidad de empezar a contestar. Muchas situaciones hasta ahora desconocidas que por fin despejarán la incógnita. Eso es lo que se celebra en mi casa -la pregunta distinta que nos obligará a una distinta discusión. ¿Qué pasaría si la mujer encabezara y gestionara el poder de una ciudad? ¿Y de un país? Nunca lo hemos sabido, pero estamos a punto de dar con la respuesta. Estamos a punto. Y yo, atea en lo político, no pienso perdérmelo.