Ir a contenido

PASEOS ELECTORALES: NAUT ARAN

Las aguas volvieron a su cauce en Arties

JOSEP SAURÍ

Mario Martín, residente en el Vall dAran, comenta los puntos fuertes y débiles del lugar donde vive. / ANA MENESES / VÍDEO: P. VERA / M. TUDELA

«Aquí entraron 1,80 metros de agua. Por esta ventana, que ahora está tapiada. No de forma violenta, sino poco a poco, poco a poco, hasta que se llenó la bodega, de dos metros de altura, y luego aquí, el comedor. Como un acuario. En total, de abajo arriba, 3,80 metros de agua. Y se lo llevó todo. Bueno, no se lo llevó, estaba aquí, pero todo embarrado, todo para tirar. Todas las máquinas, los motores, los muebles, vajillas, ventanas, baños, azulejos, todo. Lo perdimos todo». Han pasado casi dos años desde esa pavorosa noche del 18 de junio del 2013 en que una crecida del río Garona castigó con saña el Vall d'Aran, en el que muy probablemente haya sido el suceso natural más grave ocurrido en Catalunya a lo largo del mandato municipal que ahora termina. Junto al hoy plácido y bucólico río, en el restaurante Casa Tana de Arties -uno de los núcleos del municipio de Naut Aran-, Maider Santiago, de 35 años, nuera del propietario, rememora con  su marido, Fernando España, de 32, esa madrugada agónica y el amargo amanecer que la siguió. Y su relato asombra más si cabe después de haber dado un paseo por el pueblo sin detectar prácticamente secuelas.

«Yo vine cinco o seis días después y la sensación que tuve al dar una vuelta por aquí era como si hubiese habido una guerra. Las casas abiertas, con los muebles puestos a secar fuera...», recuerda Mario Martín, de 55 años, madrileño de origen y aranés «de adopción», dice, quien al prejubilarse se instaló en el vecino núcleo de Salardú y que guía a EL PERIÓDICO en este paseo. «La verdad es que la rehabilitación del pueblo ha sido alucinante. No está al 100%, pero dentro de lo que cabe, lo que falta son pequeñeces. Y lo importante estuvo hecho antes de la temporada de invierno. Aquí vivimos del turismo, y si no habría sido un desastre mucho peor», explica Fernando.

Satisfechos pues del proceso de recuperación y aún conmovidos por el recuerdo de la otra riada, la de solidaridad -«fue muy bonito. Los del pueblo, todos los amigos, vecinos, gente que no conocíamos, personas mayores, chavales; amigos viniendo de Vielha a las siete de la mañana, andando por la montaña con la pala al hombro... Se me caían las lágrimas», relata Maider-, lo que sigue preocupando en Casa Tana es la prevención, y por partida doble: qué puede hacerse para que no vuelva a pasar, pero también qué debe hacerse si pasa: «Sabemos que estamos donde no debemos, que todo esto es zona inundable. Necesitamos instrucciones claras para saber cómo organizarnos en una emergencia. Al principio esto fue un caos. Que si evacuamos, que si no, gente para arriba y para abajo, incluso cruzando los puentes... Estábamos al límite de una desgracia y no nos dábamos cuenta», dice Fernando.

Lección aprendida

Fuentes del Conselh Generau d'Aran explican que se aprendió de la experiencia; están en curso las obras de acondicionamiento y redefinición del cauce del río, así como la implantación de una red de sensores y estaciones meteorológicas. Asimismo, se han establecido protocolos de emergencia y el Conselh Generau cuenta con un responsable de Protección Civil que se coordina con Endesa (responsable de las presas río arriba), la Confederación Hidrográfica del Ebro y los alcaldes y alcaldes pedáneos del valle. De hecho, el pasado día 5 hubo un nuevo episodio (menor) de coincidencia de deshielo y lluvias, la situación que desató el desastre de hace dos años, y se declaró el estado de preemergencia. «Todo funcionó como un reloj», dicen en el Conselh Generau.

Arties, Bagergue, Baquèira Beret, Garòs, Gessa, Montgarri, Salardú, Tredós y Unha son los núcleos que componen el municipio de Naut Aran. En Salardú, el mayor (597 habitantes), Mario y Carmen, su esposa, compraron en el 2008 una casa con imponentes vistas a los colosos Aneto y Maladeta. Aunque su intensa relación con el valle tiene casi 40 años, como organizador de excursiones y experimentado esquiador: «Salardú es mi elección personal. Me encanta, estoy muy cómodo, y quiero seguir viviendo aquí muchos años», explica. «Tenemos que cuidarlo, venderlo y que nos venga turismo», dice Robert Paba, 55 años, dueño del bar y hostal La Montanha, «auténtico centro social del pueblo», según Mario.

Jóvenes que se van

La estación de esquí de Baquèira Beret, a tiro de piedra, marca la vida y la economía del pueblo. Y sí, hasta este rincón idílico también llegaron los malos tiempos: «La crisis ha tenido un impacto notable en el valle. Antes no se había visto un cartel de se vende durante años, los hoteles estaban llenos, la gente hacía cursillos de esquí de lunes a sábado. Ahora viene dos o tres días cuando viene, y todo se vende... La actividad económica ha caído de forma clara», cuenta Mario. «Yo no sabía lo bien que me iba hasta que vino la crisis», corrobora Robert con humor.

Y es que aunque cuando uno se asoma por el túnel de Vielha le pueda parecer que está casi en otro mundo, las preocupaciones ciudadanas son las que son: «Los comercios han ido cerrando, y la proliferación de segundas residencias ha encarecido vivir aquí. Los jóvenes tienen que irse a Vielha, que es más barato, a Bossòst, Les o Francia. En su día no se construyó vivienda protegida, y hoy en Salardú ya casi no hay suelo urbanizable», desgrana Robert. Otra cosa es Ruda, montaña arriba, donde se han construido y se  construyen «viviendas para aburrir», dice Mario, y hoteles de lujo, «quizá más de los que el valle puede soportar».

Con todo, a fin de cuentas Salardú «no tiene grandes problemas», coinciden Robert y Mario. ¿Qué reclaman entonces al ayuntamiento? Sobre todo, que resuelva el déficit de aparcamiento, capital en un pueblo turístico al que solo se llega en coche y entonces uno no sabe qué hacer con él. «Y si la gente lo deja mal aparcado en la carretera y nieva por la noche, las quitanieves no pueden pasar y al día siguiente no se puede salir del pueblo», añade Robert. Y Mario desea que conste «una petición pequeñita»: más dispensadores de sal en las empinadas calles. «Mi mujer se partió el año pasado el maleolo al salir a comprar el pan, después de la primera nevada de la temporada», explica. Dicho queda.

Escribe un artículo sobre las elecciones municipales aquí