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PASEOS ELECTORALES: TARRAGONA

El voto en zona azul

JOAN CAÑETE BAYLE

JOAN REVILLAS

Al poco de charlar con ella, resulta obvio que a Ana de la Torre (28 años, estudiante de Comunicación, secretaria en una academia de inglés) le gusta Tarragona, su ciudad («no me apasiona BCN World, me da miedo quién pueda venir aquí a su sombra, y además ¿por qué se tiene que llamar BCN y no Tarragona, si lo van a construir aquí?»). Con soltura, Ana recita los puntos fuertes a su juicio de la ciudad: «La ubicación (tiene mar y montaña, a las playas vas muy rápido); el patrimonio histórico, por supuesto, hay pocas ciudades de España que tengan tanto concentrado; el tamaño es ideal, no es ni muy grande ni muy pequeña; el transporte público ha mejorado muchísimo...» ¿Y lo peor? A Ana le cuesta, pero al final se arranca: «La oferta cultural es mejorable, por ejemplo, aunque a veces es más problema de los tarraconenses, que no nos implicamos tal vez como debiéramos, que del ayuntamiento. Hacer cosas en la ciudad, sí se hacen (el festival Dixieland, el Tarragona de Tapas), pero a veces se echa de menos un poco de actividad». ¿Ya está? «Bueno, el aparcamiento es un horror. El número de zonas azules es excesivo. Cojo el autobús para ir a trabajar y hace poco me cambiaron la parada de sitio para pintar dos zonas azules en un espacio donde solo caben dos coches. No sé si eso es necesario».

Aparcamientos. Zonas azules. Civismo. Limpieza. Sensación se seguridad. Esos contenedores situados debajo del balcón. El estado de las playas. La frecuencia de los autobuses. Los chicles pegados en las aceras. Los ruidos de las terrazas de los bares. La falta de bares donde tomarse una copa tranquilamente a partir de según qué horas. Se da en las elecciones municipales un elemento hiperlocal, de pura calle, en las antípodas de la alta política, que en muchas ocasiones, en la búsqueda de lo general como suma de lo particular, se tiende a menospreciar. Esta convocatoria electoral es un muy buen ejemplo: en toda España, es el primer asalto de los nuevos partidos a la vieja política y así lo leerán muchos; en Catalunya, son muchos también los que la consideran un nuevo jalón en el camino hacia Ítaca. Y sin embargo para muchos ciudadanos como Ana las elecciones van sobre todo de su ciudad. «Hay que votar pensando en la ciudad en la que vives. Para lo demás ya hay otras elecciones», afirma, y añade: «Sea quien sea el alcalde elegido, trabajará para Tarragona, no para el resto de Catalunya ni de España. A los tarraconenses lo que nos importa es que hagan cosas para nuestra ciudad, que nos beneficien a nosotros».

El párking que no fue

Consecuentemente, el paseo electoral con Ana es pura Tarragona: transcurre por el centro, el Serrallo y la Part Alta. Una cita es el aparcamiento supuestamente inteligente de la plaza de Jaume I, un ejemplo para Ana de «lo que no funciona, lo que no debe suceder en una ciudad». La historia es para no dormir: el consistorio actual heredó del anterior un proyecto en el que se han invertido 12 años de trabajo y 26 millones de euros frente a los 4 inicialmente presupuestados. Con un proceso judicial en marcha, el ayuntamiento decidió aparcar el párking que nunca fue y abrir un proceso participativo con los vecinos para sanar esta «herida abierta» en la Part Alta, en palabras de la teniente de alcalde Begoña Floria. Haciendo de la necesidad virtud, este proceso participativo ha sido una de las iniciativas estrella de participación del ayuntamiento (la otra es la encuesta Valora), aunque los resultados han sido discretos: solo 239 personas votaron. Ganó la opción de construir un equipamiento de uso público de carácter cultural, asociativo, educativo y de ocio.

'Equipamientos' es una palabra clave cuando se habla de política municipal a pie de calle. Y 'mejoras'. Y 'proyectos'Desde el Balcó del Mediterrani, Ana muestra el anfiteatro romano y la playa del Miracle: «No nos podemos quejar de las reformas. El barrio del Serrallo ha quedado muy bien, aunque el mercado municipal va con retraso y el proyecto del puerto deportivo no ha funcionado, al menos en términos de locales de ocio», dice. El principal proyecto al que se enfrentará el nuevo consistorio sin duda será el de los Juegos del Mediterráneo. «Los apoyo sí y no -comenta Ana-. Por un lado es una forma muy buena de promover la ciudad y atraer turismo. Pero si le va a costar dinero a la ciudad, no estoy a favor. Si hay patrocinadores, y ayuda de la Generalitat y el Gobierno central, de acuerdo; si no, se pueden destinar los recursos a otra cosa». En esto, Ana no es diferente a muchos ciudadanos de otras tantas localidades: los estragos de la crisis, con sus aeropuertos sin aviones, velódromos sin ciclistas y prisiones sin presos, han creado una mayor concienciación sobre dónde hay que invertir. Es esta campaña electoral, por tanto, austera por necesidad. Una promesa al alza es la de la responsabilidad.

Y otra, la cercanía. Ana acaba el paseo con un rápido chequeo, subjetivo, como el de todo ciudadano, a su ciudad: ¿Gestión del turismo? «Por suerte, el turismo está en el punto correcto. Ves grupos de turistas de día visitando la ciudad, pero no los ves de noche destrozándola. Pero creo que, siendo patrimonio de la humanidad, el ayuntamiento podría hacer más en promoción».

Terrazas nocturnas

Más.  ¿Civismo? «Es una ciudad tranquila». ¿Limpieza? «Se podría limpiar un poco más, quitar algunos chicles de las aceras. Pero en comparación con hace años se ha mejorado». ¿Mantenimiento? «Hay de todo, algunas cosas se han arreglado pero hay espacios que siguen estando un pelín abandonados».  ¿Seguridad? «No es un asunto primordial. Hay presencia policial en las calles, sobre todo coches, se les ve, y eso está bien». ¿Movilidad? «Bien, según mi experiencia». ¿Ocio? «Es verdad que solemos decir que en Reus hay mejor oferta cultural que en Tarragona, en ese pique que hay siempre. Y es una lástima, una ciudad así igual podría hacer más cosas». ¿Horarios de locales? Aquí hay debate. Antes las terrazas podían cerrar a las tres, ahora cierran más pronto. «Lo entiendo, no es plan que los vecinos estén cada fin de semana aguantando el murmullo de 500 mesas hablando, pero claro, está el negocio, también». ¿Aparcamiento? «Mal. La calle se está convirtiendo en un parchís: que si zona azul, que si zona verde, que si zona naranja... Y espérate a que pongan zona azul en las playas. Si hacen eso ahí sí que nos crujen». Ana, como tantos otros ciudadanos, votará el 24-M según vea esta partida de parchís.

 

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